domingo, 10 de agosto de 2014

Si hubiese sabido que el Delirio se escondía detrás de aquella esquina, hubiese borrado todo lo anterior, me hubiese dedicado a nada en la vida, con tal de vivir allí para siempre.

lunes, 24 de febrero de 2014

Luego

Luego pensé que me molestaba olvidar pequeños detalles que surgían en las conversaciones, como si quisiera devenir yo mismo el infalible archivero de estas.

Luego pensé que lo que me hacía incomodarme en general era la sensación de no tener suficiente tiempo para todo.

Luego pensé en que en tanto que toda pequeña o gran cosa tenía algo de bueno o de malo, era esa manchita la que no dejaba ya disfrutarla.

Luego pensé que querría a las chicas de una manera en que siempre me perdería algo en ellas.

Luego pensé en que tal vez no haberles sujetado lo suficiente la puerta a esos chicos pudo haberles molestado.

Luego pensé que era extraño que a pesar de todo eso que había estado pensando a ratos sueltos, ese parecía un día no bonito, sino precioso.

Luego pensé en Daniel Johnston grabando su voz en un magnetófono, y en lo bonito de que hubiese utilizado esa palabra.

Luego pensé que era triste que a veces se me hiciera más bonito el hecho de tener una idea, que la idea en sí misma.

Luego pensé en que realmente me gustaría hacer otra carrera, como Sociología o Filosofía, y dentro de la situación de no hacerlo, en que uno no llegaba nunca a determinar realmente cuáles eran las causas que influían en esa decisión.

Luego pensé en que podría hacer una pequeña locura, como rebatir en un trabajo las ideas que un profesor diese a lo largo del trimestre, todo con citas y lenguaje académico.

Luego pensé que ahí la Idea había vuelto a superar a la Praxis.

Luego pensé en que al tararear ese final de frase mozartiano no pretendía nada en particular, que eso rebatía la idea anterior y que era una pena que nadie fuese a verme tararearlo nunca, al menos en mi "estado natural".

Entonces, justo entonces...

Ella vestía de tulipanes los miércoles. Los jueves de amarillo. Cuando llevaba medias era como morirse. Me preguntó algo y no recuerdo lo que dije. No le importaba estar sentada durante horas, y entrecerraba los ojos intentando ver efectos, o sonreía y decía una frase en voz baja, al ver algo mientras caminaba. "No, no me gusta la hierba, ¿por qué iba a hacerlo", decía, con un tono severo que tenía la contradictoria cualidad de dejar a uno tranquilo, sabiendo que cualquier irritación en ella era siempre inocente. Le gustaban los libros, claro, a pesar de que saltaba con facilidad de uno a otro sin terminárselos, y de que aún no se hubiese atrevido a hacer lo que llamaba afectuosamente "el salto definitivo", que consistía en leer uno de sus poemas en alguna jam de algún bar de la ciudad.

En la mesa tenía mis libros, mi música, mi sentía todo tan mío, y sonreía sin saber muy bien por qué.

Luego, bueno... pasaba la bibliotecaria dejando libros con su carrito, y pensé en disculparme un poco de broma por haber dejado unos libros apilados el otro día, que me había encontrado en su sitio ahora. Pensé que qué mierda de broma era esa, si me creía que era una especie de regalo mío a su día monótono, un éxito comunicativo o algo así. Y qué debía pensar la gente de alguien que pasa tres horas para leer veinte páginas mientras se dedica a otras cosas.

Una persona poco seria y poco preparada para la vida.

Luego la beca, el futuro, y la experiencia.

Y aquello no llegaría a ser ni un relato.

miércoles, 15 de enero de 2014

Vaso

Suspirábamos por dar el salto a una ciudad, echando mano de un imaginario que mezclaba nuestros sueños y aspiraciones con escenas de series, películas y canciones. Ficciones que tenían, sabíamos, verdades, verdades a medias, y verdades que no aparecían porque resultaban directamente inmostrables.

Y bastaba escuchar la presentación de aquel saxofonista, diciendo con modestia "Aquel año que pasé en Brixton...", para imaginar todos los sofás y camas en los que había dormido, las charlas a seis que habría mantenido, todo los cigarros que habría consumido. O aquel camarero que en los descansos hablaba a las chicas en inglés, tan distendido en sus primeras veces; todos sus estudios, sus relaciones, sus placeres sensoriales.

Suspirábamos por todos los abrigos y jerseys y silencios y sonrisas, pelos bonitos, posturas, bromas, nieves y lluvias y soles, paseos de paz improductiva, todos los sombreros y señores graciosos, cruces inesperados, gafas nuevas, rubores. Suspirábamos, en suma, por un armario de mundos posibles.

sábado, 11 de enero de 2014

Recibir

Andy hacía scroll con la rueda de su ratón, haciendo pasar una serie de datos contables por la pantalla de su ordenador. Llevaba cuatro horas sentado en una silla de escritorio, y más de una pensando que podría levantarse para tomarse un café o simplemente tomar el aire. Se frotó el mentón, afeitado hacía tres días, con el nudo de su corbata, sólo inclinando su cabeza hacia abajo. Llevar corbata cada día no dejaba de hacérsele tan gracioso como si le dejasen ir a trabajar en pijama.

Se hirguió, recordándose a sí mismo a un hurón, y miró alrededor para comprobar si seguía sin haber nadie. En ese mismo despacho coincidía algunas horas con otros dos chicos, uno de ellos debía pasar los treinta y cinco años ya. Ellos cobraban tan poco como Andy, pero como le caían bien al jefe probablemente les cogerían con facilidad en un futuro, siempre que no hicieran un estropicio con las cuentas que manejaban.

Se quitó las gafas y se frotó primero la frente y el nacimiento del cabello, pero luego bajó hasta los ojos y se frotó las legañas y su nariz, utilizando el pulgar y el índice de su mano derecha.

- Debería centrarme - murmuró.

Se levantó y se acercó hasta la ventanas cerradas. Era un día especialmente airoso. Se puso a caminar al lado de las ventanas, dando cinco o seis pasos y luego girando sobre sus talones. Mientras tanto, de afuera llegaba el murmullo del viento, apagado y grave a través del vibrar de las ventanas. Las ramas medio deshojadas de los árboles se agitaban mudamente.

Se sentó y volvió a mirar alrededor. A menudo esos dos charlaban con el jefe animadamente en la planta de arriba durante media hora, o tres cuartos. Distraído, Andy accedió a su correo electónico tras teclear la contraseña. Había tres títulos en negrita, indicando los mensajes por leer. Dos de ellos pertenecían al boletín de la empresa en la que trabajaba. El tercero de ellos, recibido hacía dos días, se llamaba Re:Calcetines.

Lo abrió y vio que eran cuatro párrafos, unas veinte líneas en total. Pensó por unos segundos, haciendo un gesto apretando juntos los labios. Comprobó con cierto pesar que del vaso de café que seguía sobre su mesa no quedaba más que el azucar mojado. Se planteó volátilmente la posibilidad de ir a por otro, pero sea porque peligraba el tiempo de intimidad del que disponía, sea porque se dio cuenta de que era un fetichismo prescindible, descartó la idea y empezó a leer:

  >>
Disculpa por tardar tanto en responderte, he estado liada con los últimos exámenes, pero me alegró mucho leer tu último mensaje. Justo lo vi cuando acababa de perder un tren, por lo que pude pasar un buen rato releyéndolo un par de veces.

Yo también creo que los cambios bruscos, incluso cuando salen mal, le ayudan a uno a desperezarse. Y sí, aquella frase era un cumplido, ¿qué te has creído? Además, creo que no he usado un sarcarsmo en meses. No sé si están dejando de hacerme gracia o que yo me vuelvo menos ingeniosa por momentos.

Acerca de lo que dices de la inquietud por todo, es normal, pero intenta no anticipar tanto las cosas. ¿No has probado los paseos de noche? Creo que si uno intenta hacer el esfuerzo de reservarse un poco para sí mismo, luego al estar con gente va mejor. No sé si eso podría ayudarte. Cuando tenga un poco de tiempo volveré a aquella biblioteca a la que fui una vez, que tenía una sección de libros de relatos (aunque no sé si ojeando una hoja o dos de cada uno podré decidir cuál llevarme).

Y sí, los semáforos en rojo a menudo incitan a uno a dar vueltas. ¿No es éste un invierno especialmente aireado? Algunos días pienso que para qué peinarme antes de salir de casa. No sé si eso me haría paracer más aún una loca. ¿Por qué prefieres el autobús al metro?

Un beso.
 >>

Justo terminaba de leer cuando escuchó voces llegar y esperó no encontrarse con la incómoda situación de que entrase el jefe con ellos y le dedicasen a Andy alguna mirada. Estaba buscando ya el ángulo en que podría esconderse tras la pantalla del ordenador, pero por suerte eran sólo ellos dos.  El primero abrió la puerta mirando hacia atrás mientras hablaba.

- Joder, Twitter en tres días ha subido un 15%.

- Y en un mes fácilmente un 100 o 150.

-  Joder. Es que dices, ahora ya no me meto porque va a bajar seguro, y venga, otro día más para arriba, y estará la gente forrándose.

- Aquí hay dos tipos de personas, los que se suben en la ola y los que no.

Andy tecleó algo al azar para finjir que estaba inmerso en algo, y esperó a ellos se sentaran cara a sus pantallas para detenerse y pensar qué tarea podía hacer en ese momento. Se acordó de unos archivos que había dejado por revisar el día anterior. Abrió la carpeta y, aunque permaneció con los ojos fijos en el contenido de esta, realmente se había quedado con la mente en blanco , y necesitó casi cinco minutos para darse cuenta y ponerse a hacer algo.

Miró, pensó, y tecleó, y pasaron dos horas (en las que ellos dos hablaron a ratos sueltos) hasta que empezó a anochecer y pudieron salir los tres hacia sus casas.  Mientras se subía la cremallera de la chaqueta, según salía del edificio, percibió en los árboles que el viento se había calmado un poco. Por el suelo había pequeños montones de hojas repartidos en diferentes lugares. Pensó en si podría cruzar la avenida ahora que que el semáforo acababa de ponerse en verde, o si optaría por caminar un rato más por el mismo lado de la acera, para cruzar en otro paso de peatones, más adelante.

Subido en el autobús, se quedó de pie apoyado contra una ventana cerca de la salida trasera. Junto con él, había otras tres personas que permanecían de pie, a pesar de que había sentada al fondo una mujer con el pelo liso que tenía el asiento de al lado libre, pero era el más cercano a la ventana.

Sacó de su maletín un ejemplar de los Nueve cuentos de Salinger que había encontrado por casualidad en los estantes exteriores de una librería, por un poco menos de lo que valía un café de máquina. Abrió el libro al azar, aunque calculando algo más lejos que la mitad de las páginas. Se había dejado a medias el segundo cuento, y pensó que ya lo retomaría, pero que le apetecía empezar uno nuevo. Leyó dos páginas, pero finalmente tuvo que cerrar el libro y volverlo a guardar.

Andy miró por la ventana, la ciudad llenas de luces, y el azul ya casi negro. Luego miró a los pasajeros del autobús y las franjas de luz que entraban desde afuera que, proyectándose sobre ellos, se desplazaban de izquierda a derecha siguiendo el movimiento del autobús, según este dejaba atrás edificios sucesivos.

Terminado el viaje, llegó a su edificio y subió las escaleras de caracol hasta el cuarto piso. Mientras giraba la llave, intentó recordar cuál era el nombre de la asignatura de la que su compañero dijo que se iba a examinar ese mismo día, para poder preguntarle qué tal había ido.

- Hola. - dijo mientras cerraba la puerta. ¿Qué tal ha ido tu examen?

- Bueno - rió. Nah, yo creo que bien.

- ¿Qué te han preguntado?

- Un problema de desplazamiento de un fluido en un conducto circular. Dos páginas de integrales.

Andy asintió y se puso un vaso de agua del grifo.

- Voy a hacer arroz con salchichas, ¿quieres? - le dijo su compañero.

- Vale, gracias. ¿Quieres que nos veamos alguna peli luego?

- No sé cómo estará la cosa, igual se pasan Henry y su amigo en un rato.

Andy se metió en su cuarto. Habiendo llamado ya el día anterior, no debería esperar ninguna llamada de su padre (siguiendo su pacto tácito de llamar cada tres, cuatro, o cinco días, rara vez más). Sin embargo pensaba ya, con una ligera cota de estrés, en qué "cosas que le hubiesen pasado" podría contarle, y en cuáles podría preguntarle también, para poder romper esos silencios extraños que se formaban cuando la conversación duraba poco más de un minuto.

Esuchó cómo llamaban al timbre, y unos segundos después, los saludos animados llegando desde el salón. Se quitó la chaqueta y la dejó colgada en la silla. Hizo arrancar su portátil y esperando, dejó su maletín encima de la cama  y se tumbó boca arriba. Acercó el ordenador estirando el brazo para alcanzarlo en la mesa. El ordenador empezó, según la pantalla, a descargarse unas actualizaciones, cosa que llevaría "dos minutos". Una vez se mostró el escritorio, abrió una carpeta y revisó distraídamente la lista de películas que se había descargado, moviendo el ratón de forma azarosa.

Cuando salió al salón de nuevo, su compañero de piso, Henry y su amigo estaban fumando hierba, los dos invitados sentados en el sofá y el compañero en una silla, con los codos apoyados sobre las rodillas, inclinado hacia delante.

- ¿Los animales sueñan? - preguntó uno de ellos.

- Sí, leí un artículo que decía que soñaban. Además mi gato un día que estaba durmiendo empezó a hacer gestos y se levantó de un salto como asustado, así que estaría soñando algo seguro.

- ¿Qué soñará un gato? - preguntó uno de ellos.

- Seguro que sueña con que es una persona.

- No, no  - dijo otro entusiasmado - soñarán con que son una persona que está desnuda a cuatro patas, haciendo de gato.
Los demás se pusieron a reír.

- Soñarán con que se los come un ratón.

Le ofrecieron fumar a Andy, quien dio un par de tímidas caladas.

- O un gato que sueña que tiene a un humano de mascota - dijo.

Los demás rieron ruidosamente, aunque ni más, ni menos que con las otras bromas. Dio una calada más y pasó el cigarrillo a uno de los chicos. Esperó unos segundos de pie, y mientras seguían riendo, fue a la cocina y tras coger su plato se metió en su cuarto sin decir nada, aunque algo más lentamente de lo que lo hubiese hecho normalmente, dejando tiempo a que alguien le dijese algo si lo deseaba.

Cerró la puerta detrás de él. A través, escuchaba apagado y grave el murmullo de la voces en el salón, acompañado por momentos de risas y aplausos histéricos. Dejó el plato en el escritorio y estando de pie se encorvó para dar tres tenedorazos. Dejó el tenedor en el plato y se volvió a tumbar en la cama, soltando aire con fuerza por la nariz, como un suspiro mudo.  Alli, tumbado sobre su pierna derecha, cogió su portátil y lo apoyó al lado de su cabeza, que reposaba cómodamente sobre la almohada. Y así ladeado entró en su correo con un par de clics, y volvió a leer el mensaje:

>>
Disculpa por tardar tanto en responderte, he estado liada con los últimos exámenes, pero me alegró mucho leer tu último mensaje. Justo lo vi cuando acababa de perder un tren, por lo que pude pasar un buen rato releyéndolo un par de veces.

Yo también creo que los cambios bruscos, incluso cuando salen mal, le ayudan a uno a desperezarse. Y sí, aquella frase era un cumplido, ¿qué te has creído? Además, creo que no he usado un sarcarsmo en meses. No sé si están dejando de hacerme gracia o que yo me vuelvo menos ingeniosa por momentos.

Acerca de lo que dices de la inquietud por todo, es normal, pero intenta no anticipar tanto las cosas. ¿No has probado los paseos de noche? Creo que si uno intenta hacer el esfuerzo de reservarse un poco para sí mismo, luego al estar con gente va mejor. No sé si eso podría ayudarte. Cuando tenga un poco de tiempo volveré a aquella biblioteca a la que fui una vez, que tenía una sección de libros de relatos (aunque no sé si ojeando una hoja o dos de cada uno podré decidir cuál llevarme).

Y sí, los semáforos en rojo a menudo incitan a uno a dar vueltas. ¿No es éste un invierno especialmente aireado? Algunos días pienso que para qué peinarme antes de salir de casa. No sé si eso me haría paracer más aún una loca. ¿Por qué prefieres el autobús al metro?

Un beso.
 >>

Cerró los ojos y se quedó así,  con el lado derecho de su cabeza hundido  en la almohada mientras seguía recibiendo la tenue luz de la pantalla a través de los párpados. Luego los abrió, parpadeando varias veces y miró a su alrededor. Era como si no recordara qué hacía en esa habitación. Cerró los ojos de nuevo durante un par de minutos, en los que cayó en una sensación parecida al suave ensoñecimiento, pero con la intuición  de que iba a tardar en dormirse aún. Al parecer afuera el viento volvía a golpear vivamente. Llegaban risas también.

"Cuando hice aquel viaje a Hamburgo..." , murmuró.

Andy estiró por unos segundos los músculos de su espalda. Entonces se levantó de su cama y volvió a ponerse los zapatos y luego la chaqueta. Pulsó el botón de apagado del ordenador, que seguía encendido sobre la cama, y revisó que tenía aún las llaves del piso. Salió de su cuarto y, sin decir nada a la gente que había en el salón, abrió la puerta de la entrada y, cerrando con sumo cuidado, se fue.


---
Impromptu no.3 - Schubert

domingo, 15 de diciembre de 2013

La nuit

Al dar las buenas noches a alguien, mi cabeza se concentraba en una esfera de calidez, rebuscando cómo comunicar que le deseaba la posibilidad de un sueño a medio recordar, que llenara de sonriente trascendencia su día siguiente. Como uno de esos Andante de Schubert, en los que modula su desarrollo a un color donde el intérprete no produce un suspiro, sino que la ternura es descubierta sin querer, atónito y abrumado, en un caminito de bosque insondable. Quedaba mirando las baldosas, deseando acariciarlo todo.

Cubierto de mantas, a oscuras ya, pensaba que habría una manera de tocar ese teclado invisible, de crear un acogedor hogar, íntimo y compartido. No le daba las buenas noches, simplemente se las deseaba.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Maníaco 3

Anoche, mientras intentaba dormirme, pensé en la posibilidad de alcanzar la locura misma. Imaginé una historia enorme, como que gradualmente se fuese excitándose en mí una fase maníaca que me hiciese olvidar los estudios y hablar con los demás y cualquier cosa importante, que empezasen a recetarme pastillas porque algún día hiciese algo que fuese "demasiado". Y que mi familia entrase en mi cuarto y hubiese gritos y supieran que eso iba a pasar. Que eso durase mucho tiempo, y que siguiese creciendo y creciendo. Mi cabeza dando vueltas sobre sí misma.

Supongo que todo eso fue como un relato. Hubo un momento en el que algo hizo click en mi sistema neuronal, me dejó en un estado de suspensión, y fue como si fuese real, inevitablemente real por unos segundos, como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento, delante de mí. Como si efectivamente todo fuese a pasar así y no pudiera evitarlo y fuese a la vez trágico y conmovedor, una cinta de casette y una pesadilla metidos dentro de una trituradora. El click se deshizo. Sólo fue una historia tonta en la que yo me había tomado como personaje. No me importaba perder la vida en un remolino, pero unos minutos más tarde temblaba de miedo, luego no supe si ocurriría. Por un momento. Y luego no,  y luego sí, y luego definitivamente no, nunca iba a pasar, qué tonterías.

Luego parecía que no y que me iba a dormir. Escasamente.

Me puse a recordar algo que soñé una vez; que estaba en un bar y que pensaba en explicarle a alguien, sentados ambos en taburetes, que cuando estoy despierto, noto a menudo que en mi cabeza sigo acostado, soñoliento, cansado, con los ojos cerrados incluso, como si en un plano pegado al real cargase con alguien que se cruza perpendicularmente conmigo, acostado y abrazado a una almohada, siendo ese alguien yo mismo. Ese ángulo no es siempre el mismo, cambia a menudo, y es casi medible, una medida que nunca me atrevería a confesar y que probablemente poco importase.

Entonces trataba de explicarle a la persona en esa barra de bar (en la realidad, en mi cabeza, en el sueño, qué más daba ya) que en este momento, en esta turbulenta época mía, sentía que ese cuerpo colgaba a 180 grados, esto es, la cabeza a los pies, los pies en la cabeza, sin almohada ya, y que vivía mis días así, caminando, pensando, hablando, como una sucesión de temerosas comas coladas en mitad de un centenar de acciones cotidianas.

Todo esto lo pensaba en el sueño, como un hilo de lana articulado, difícil de romper o encarrilar. Me di cuenta entonces de que, al recordar las escenas de mi sueño, había vuelto a verlas como imágenes de un film, lo estaba viviendo de nuevo, había caído en él.

Abrí los ojos, viendo sombras en el techo. Rara vez sabía, tras una noche intranquila, si había conseguido dormir, como si un hada pasase y me concediese el cosido neuronal de esas horas perdidas. No sabía cuando sí y cuándo no, llegando a estremecerme pensando que tal vez todo era un sueño excepto los viajes de tren, o excepto los momentos ante el lavabo, acompañando a estos la sensación de aterrizaje.

Caí del taburete al suelo, chocando con un estrépito irreal en relación a la altura, como si fuese lo mejor o lo único que podía realmente decir. Los focos iluminaban, el hombre seguía allí. Como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento.

Abrí los ojos. No sabía qué hora era. Mi mundo mental se alejaba respecto a la forma en la que se organizaba el mundo, incluyendo un injusto, impulsivo desdén hacia todo espíritu práctico, decidido o ambicioso, que intuía temporal, estratégico. Pues algo impulsaba (con la escasa noción de poder realmente controlarlo o decidirlo) a ir hacia delante en este razonamiento, como esperando a la conclusión, a la síntesis de ese caldo primordial, al nacimiento de un pececito que, tras tantos engranajes, poco devolvería al mundo de lo práctico, pero que terminaría con todo este tránsito que suponía pasajero. Esa noche, si acaso hace falta decirlo, tardé mucho en dormirme. ¿Qué ocurriría si esa síntesis no llegaba nunca?

viernes, 18 de octubre de 2013

Maníaco 2

Anoche, mientras intentaba dormirme, pensé en la posibilidad de que fueses la locura misma. Imaginé una historia enorme, como que gradualmente fueses excitando en mí una fase maníaca que me hiciese olvidar los estudios y hablar con los demás y cualquier cosa, y que me empezasen a recetar pastillas porque algún día hiciese algo que fuese "demasiado". Y que mi familia dijera que eres una mala influencia, entrando en mi cuarto y diciéndome  que no debería volverte a ver nunca. Que sacralizase tu piel blanca con un aura de misticismo asexuado y sexual, a tiempos saltarines, como corriente alterna. Que te escribiese poemas de varias páginas y canciones y cortos y pensase qué cosas decirte para crear una situación perfecta. Que eso durase mucho tiempo, y que siguiese creciendo y creciendo. Mi cabeza dando vueltas sobre sí misma.

Supongo que todo eso fue como un relato. Hubo un momento en el que algo hizo click en mi sistema neuronal, me dejó en un estado de suspensión, y fue como si fuese real, inevitablemente real por unos segundos, como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento. Como si efectivamente todo fuese a pasar así y no pudiera evitarlo y fuese a la vez trágico y conmovedor, un sueño bucólico y una pesadilla metidos dentro de una trituradora. El click se deshizo. Sólo fue una historia, yo un personaje y tú otro. Pero que consiguieras eso, llevándome de la mano... no deseaba otra cosa, y no me importaba perder la vida en un remolino. Por un momento. Y luego no,  y luego sí, y luego definitivamente no, nunca iba a pasar, así que me enfadé con mis neuronas y mis hormonas. Quedé desolado, y luego me dormí.

Maníaco 1

Apunta alto
Dispara tus balas
Hasta que las muescas de percutor
Digan basta.

Eso decía mi padre. Sí, mi padre intentaba escribir poemas, a pesar de no haber tocado un libro en su vida. No, qué va. Quería empezar así esta historia, no sé a qué vendría, pero no, mi padre nunca hubiese dicho una tontería así. No sé por qué viene a mí cabeza ahora mismo, en una clase de cómic. De cómic. Un revólver, cómic. No es tan ilógico. Pero quería seguir con ello. El profesor ha pasado un corto de dibujos animados. Y vaya, qué risitas sueltan todos.

Tengo dos teorías:

Efectivamente, ríen con sinceridad. El estado grupal incrementa la suspensión de la incredulidad, y el cine se vuelve verdaderamente cine. Como niños grandes ilusionados, con envidiable actitud de admiración, ríen con la ridiculez de cada gag y cada patada en el culo.

O por contra, es una risa inconscientemente nerviosa, la necesidad de reír por rellenar el hueco social. Corresponde a esa misma tensión, el nerviosismo palpable en las casas en las que el televisior se deja siempre encendido, para que hable un poco por todos, para que parezca que el día está siendo un día en el que está pasando algo verdaderamente.

Pienso con temor, en esos días en los que mientras intento dormir suenan dos televisores o más, en la posibilidad de que en algún momento actúen como dos chirriantes megáfonos de publicidad, trabajando simultáneamente, cosa que ocurrirá inevitablemente en algún momento de la noche, sin que nadie parezca molestarse. Una televisión con el volumen alto no parecía extraño como tercer invitado a una conversación entre marido y mujer.

Yo estudiaba eso, estudiaba el ruido.

Últimamente le doy tantas vueltas a una idea algo tonta. Tonta por irrealizable e idealizadora. Pienso que ojalá hubiese coincidido temporalmente con mi padre de otra manera. Que tal vez si le hubiese dado a leer un poco de Hemingway, al cual yo mismo no llego de a abrazar, y cuya elección sería incapaz de justificar, mi padre se hubiese sentido menos solo. Y esa incomprensible pena en su rostro tal vez hubiera suspirado, melancólicamente aliviado. Pero siendo un niño, qué va a entenderse de un hombre que dice, sentado y lacrimoso: "No lloro de pena, lloro de impotencia" ¿Qué conservaba yo de aquello, de aquello que fue todo menos eso? Una pensión a media vida.

El aula está por debajo del nivel del suelo, si alzas la vista puedes ver las piernas de la gente que pasa por la acera.  Cuando llueve mucho, pienso  que el agua entrará y que ese subterráneo se llenará como una pecera, todos flotando. Dentro de un año, la pecera se vaciará, yo no seré más que un pequeño recuerdo en las cabecitas de gente que tendrán, probablemente, carreras buenas, decentes, brillantes.

Mira tus pies.
Mira tus cordones despasados
Siente la holgura
De tu zapato.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Anhelo

Sentado una de las mesas, tiene la cinta de casette entre las manos, dando sobre ella golpecitos con uno y otro de los bordes, rítmicamente, para tratar de calmarse. Un reloj publicitario colgaba de una pared, que movía su enorme aguja sin hacer ruido. El hueco de la pared tras la barra que no cubría la enorme maquina de café, era un trozo de espejo que reflejaba tras él el tren en uno de los andenes de la estación. Llevaba medio minuto ya sentado y estaba inquieto porque pronto la camarera saldría de la barra para preguntarle si quería tomar algo. Pero allí sería más fácil. Por eso le convenía ir ya.

Se aproximó al mostrador a pasos colgantes, llegó hasta allí, quedándose de pie al lado de un taburete, y con la mirada medio agachada se quedó unos segundos parado. Tamborileó los dedos de la mano con la que no sujetaba el casette (con las falanges más exteriores agarrando un borde y la parte baja de la palma el otro, ejerciendo una ligera fuerza por los nervios).

- Hay una cosa.... Bien.

Ella no vería el cassette, se dio cuenta, hasta que no levantase el brazo, puesto que el mostrador de cristal, encima de la barra, bloqueaba su visión. Se sintió abrumado por la cantidad de cosas en las que tenía que pensar cuando ni tan sólo lo había dicho aún. Pensando en los segundos que había gastado ya, levantó la mano con la cinta impulsivamente.

- Hay una canción que me gustaría... poner aquí. Bueno, sería un favor. Ponerla en el hilo musical. Sé que es..bien, raro. Si no quieres no pasa nada. O puedes escucharla antes si quieres también.

- Vaya. - contestó ella, emitiendo una risa de desconcierto. No sé qué decirte. Aunque quisiera, hace tiempo que ya no tenemos un equipo con casette. De hecho tampoco lee CD's, lo tengo que traer con un pen.

- Yo lo había grabado con... mi grabadora, qué tonto, debería...debería haberlo pensado, sí.

- ¿Es una canción entonces? Yo no te diría que no pero... Vaya, no sé. ¿Qué canción es? ¿Por qué quieres ponerla?

- Sí, es una canción. Piano y voz.

No se atrevió a decir más. La camarera se giró sin decir nada para atender la silbante máquina de café. Aquí tienes, dijo, poniéndole un café al hombre sentado en otro taburete. Mira hacia atrás, al interior de la estación.

- Si me hubieras dicho esto un día con mucha gente igual te habría despachado de malas formas, la verdad. Aunque por lo que dices, tu plan tiene más lógica si hubiera un poco más de gente. Pero no te he visto nunca aquí, has venido sin más.

- Sí, lo sé, es un poco raro. Perdona no te he pedido nada para comer, qué mal. Puedes ponerme lo que quieras. Aunque no tengo mucha hambre.

- No hombre, no voy a hacerte comer si no tienes hambre. No te preocupes.

- Gracias.

- No soy de esas personas amargadas al menos, en cualquier otro bar una perra de esas te hubiera mandado a la mierda de primeras, tuvieran un buen o mal día. La idea del casette es rara de cojones, de todas maneras.

- Pareces hablar bien con la gente, imagino que serás una buena camarera.

- Me lo tomaré como un halago, - dijo ella riendo - aunque ser algo más que una camarera tampoco estaría mal. Pero como nunca he sabido qué estudiar ni qué hacer... Había pensado biología, pero tampoco me gusta tanto tanto.

Ella cogió un trapo y se puso a limpiar el mostrador, y luego un par de mesas. Él se sentía algo molesto a causa de las interrupciones. Jamás se lo hubiera dicho.

- Lo que habías dicho del pen... ¿Traes tú la música? - preguntó él.

- A veces sí hago alguna lista. Pero he de pensar, ya sabes, que no desentone mucho y todo. Así que lo hago alguna vez cada mil. Suelo poner la radio.

-¿Te gusta lo que suena ahora?

- Y... ¿crees que lo he traído yo?

Él sonrió y dijo que no con la cabeza, acompañado de un susurro.

- A mí tampoco me gusta mucho, pero es lo que echan en la radio. Lo pongo bajito y ya está. Ahora que lo pienso, puedes buscar la canción en internet, ¿no? - preguntó Ah, no, espera. - dijo entonces, modulando su voz alegremente- Claro, ahora lo entiendo, ahora lo entiendo. ¡La cantas tú! Mmm. Empiezo a dudar de si la pondría. - Dijo, riendo.
Él se quedó callado.

- Oye, es broma. Si es muy importante esa versión tuya, hay sitios donde te lo pasan a CD. Igual es un poco caro, pero tampoco creo que demasiado.

- Se perdería calidad.

- Noo. No es que lo pongan y lo graben, lo hacen directamente.

- No sé.

Ella se giró, agitándosele la coleta, y entró en lo que parecía ser el almacén. Salió con un par de bandejas, con bollos y bocadillos, que colocó cuidadosamente en el mostrador de cristal.

- Cuando no sé de qué hablar siempre me pongo a hablar de mi último sueño, pero es demasiado fácil, no me gusta.

- Qué más da. Es gracioso, a veces me parece que mientras sueño ya sé el significado de lo que estoy soñando.

Volvió a mirar atrás hacia le estación un momento. Miró el reloj nerviosamente, eran las siete y media pasadas. Un tren salió de la estación y las ventanas vibraron fuertemente. Ella percibió un gesto extraño en su cara, entonces pareció mirarse las manos extendidas y luego empezó también a palparse los brazos.

- Puedo... ir al baño? - preguntó.

- Claro, pero tengo que darte la llave.

Él levantó la mano, después de que ella hubiera dejado la llave sobre el mostrador dejando la mano reposar allí un lánguido segundo. Entró en el baño, llevándose consigo la cinta.

La camarera permaneció en su sitio, el hombre permaneció en su sitio, el reloj permaneció en su sitio. Por descontado, lo hicieron también el mostrador, las mesas y los cristales.
Cuando salió, ella hablaba con el hombre del taburete. La última palabra fue “raro”, lo que al joven le pareció sospechoso y le inquietó enormemente.

- Perdón, dijo. Entonces hubo un silencio cuya duración pareció meditar (o tal vez pensaba en otra cosa). - Perdón.

- Oye, ¿te pasa algo?

- ¿Sabes? Un día vi a un hombre en el tren leyendo una revista sobre trenes. Leí un trozo desde donde estaba yo. Comentaba algo sobre el tapizado de los asientos. Me hizo un poco de gracia.

Ella rió y no preguntó nada más. ¿Alargaría su mano hacia el si no fuera por el mostrador de bollos? ¿Le gustaría que le tocase los pechos más que cuando lo hiciese otro chico? Parecía tener unos pechos preciosos. Claro que le pasaba algo.

- Habías dicho que era piano y voz. Claro, cuando lo has dicho pensaba que decías una canción de la radio. Vaya, qué bonito.

Ella tenía una de las voces más bonitas que había escuchado. Aguda y dulce. Incluso comparada con voces líricas. Pensó que ella sería una alto maravillosa, aunque no se atrevió a decírselo.

- Está en alemán. Es de Schumann. Bueno, el poema es de Heine.

- A mí me haría falta aprender un poco de alemán. Ya sabes, por probar a irme. Tal vez lo haga, pero
tendría que encontrar tiempo.

- Eso estaría bien. Aprendí un poco de alemán leyendo poemas. ¿Quieres... que te escriba la letra?

- Eso seria maravilloso.

El joven sacó una pequeña libreta de su bolsillo y le pidió un bolígrafo. Ella lo suspendió en el aire delante de él, por encima del mostrador. Lo cogió de su mano, fue el único momento en el que levantó la vista, y la vio sonreír. Empezó a escribir la letra. Ella, aprovechando esos momentos, entró en la despensa para sacar un par de bandejas con bollos y bocadillos. Cuando terminó de colocarlas en el mostrador, el ya había terminado de escribir los dos párrafos, arrancó la hoja y la sujetó con el casette.

- Ah, y en fin, no me había contestado. ¿Por qué querías que la pusiera?¿Sólo para que la escuchemos tres personas?

El se quedó callado. Saboreando su silencio, se dio cuenta de que no era un silencio del tipo que esperaba. En el vibraba una inquietud muy ligera. Se sintió animado, más en control de quién era él y lo que hacía, entendió que eso debía ser, no podría ser otra cosa, confianza.

Entonces, entonces, contestó:

- ¿Sabes lo que me gustaría hacer? ¿Lo que de veras me gustaría hacer? Poner la cinta en la estación. Que toda la gente estuviera moviéndose aquí y allá... Me gusta imaginar que se parasen, y que al principio fuera de la sorpresa si, pero que entonces de verdad se parasen por eso. Que vieran que es más bonito de lo que creían que podía ser una música. Que alguien pensara que no importa perder el tren por escucharla. Que todo se detuviera, como si fuera un sueño.

- Mari cóbrame – dijo el hombre desde su taburete.
La camarera estaba pensativa.

- Ma-ri – la llamó, con tono más severo.

Ella se fue hacia el hueco frente al hombre, precisamente al lado de la caja registradora. El chico se incorporó un poco hacia atrás, y las patas del taburete hicieron un sonido chirriante. ¿Les sonreiría a todos? Hacía también un estúpido ventilador que no hacía falta, no hacía tanto calor. ¿Por qué no le había preguntado por la traducción cuando ha visto que estaba en alemán? ¿Por qué NADIE podía pararse a escuchar DOS minutos?

- Amigo. - dijo rudamente el hombre a su lado. - Eh, amigo.

Dejó con un golpe sobre el vidrio del mostrador el casette y la hoja y se levantó airoso. Salió por la puerta que daba a la calle sin mirar a nadie, y la puerta se cerró sola tras de él.

- Si lo pusieran por los altavoces de la estación también se escucharía algo distorsionado -murmuró ella. - Aunque sería más bonito así supongo.

La joven camarera permanecía en su sitio. El hombre, permaneció en su sitio, el reloj, permaneció en su sitio. Por descontado, lo hicieron también el mostrador, las mesas y los cristales. La estación permanecía en su sitio.



Im wunderschönen Monat Mai,
Als alle Knospen sprangen,
Da ist in meinem Herzen
Die Liebe aufgegangen.

Im wunderschönen Monat Mai,
Als alle Vögel sangen,
Da hab' ich ihr gestanden
Mein Sehnen und Verlangen.


En el maravilloso mes de mayo,
cuando todos los capullos se abrían,
fue entonces cuando en mi corazón
nació el amor. 

En el maravilloso mes de mayo,
cuando todas las aves cantaban, 
yo le confesé a ella
mis anhelos y deseos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Motivación

Se calentaba Gabriel unos canelones envasados al microondas, cuando escuchó que alguien llamaba a su puerta. Tres montones de platos sucios se amontonaban sobre la mesa, y uno se había caído al suelo el día anterior y permanecía en varios pedazos en el suelo, esperando a ser recogido. El reloj de la cocina marcaba las 11.50, pero llevaba en esa hora unas cuantas semanas.  Por la luz del sol sabía que eran las 5 o las 6. “¿No era domingo? Joder.” - masculló. Salió de la cocina y entrecerró la puerta para evitar que se viese desde la entrada todo el desorden. Fue hacia la puerta imaginando quién era, y efectivamente, al abrirla, saludó a la mujer y la niña que esperaban allí.

- Hola. – las saludó Gabriel
- Te traigo a la chiquilla. – dijo la mujer, quien hizo una mueca, que hizo poco esfuerzo por disimular, al ver sus mangas largas en pleno mayo, sabiendo qué ocultaban.

Él soltó un bostezo apagado. La niña, que estaba a su lado, llevaba el uniforme de la escuela, que incluía unos mocasines negros en cuyo brillo se fijó Gabriel.

- Ya. Hola Ester – dijo agachándose hasta estar al nivel de la niña, subiéndose las gafas.
- Hola.
- Es lo único que te falla, decir hola y adiós.
- Pero si te he dicho hola! – protestó ella.
- Pero el otro día no dijiste ninguno de los dos.
- Es que… hay una chica de mi clase que no dice nunca hola y adiós.
- Pero si tú intentas decirlo, siempre harás el día de alguien un poco mejor.

Ella dijo que sí con la cabeza y Gabriel volvió a erguirse para hablar con la madre, que le observaba la escena con una fría sonrisa. El timbre del microondas sonó y se hizo un incómodo silencio, durante el cual ella intentó asomar la cabeza con pretendida discreción para averiguar el estado de la casa.

- ¿A qué hora vendrás a por ella? ¿Como el otro día?
- A las 7, sí.
- Está bien, tendremos tiempo, imagino – dijo – pasa Elena, pasa.
La niña pasó hacia adentro.

- ¿Te has tomado las pastillas hoy?
- Sí – contestó él, secamente.
- Lo hago por tu madre, me insistió mucho con que te buscara algo.  Con todo lo que le hiciste sufrir, no eres ni para ir a verla ni nada. – dijo, tras lo que se dio la vuelta un momento para darle al botón del ascensor, que había cogido otro vecino. - En vez de salir y buscar algo. Mi hijo se ha ido a Londres a trabajar en un hospital, le puso ganas y ahí está. Pero claro, esto es más fácil.

Mantuvieron un silencio mientras llegaba el ascensor, en el cual la mujer volvió a estirar el cuello para ver el interior.

- ¿No piensas decir nada?
Él levantó los hombros, mientras pensaba varias contestaciones que no le merecían la pena. El ascensor llegó y ella se metió en él sin decir nada.

“Pelmaza”, dijo Gabriel tras cerrar la puerta.

Gabriel volvió a la cocina y sacó los canelones del microondas. Toda la cocina olía a ellos. Los pinchó con un tenedor y se fue para el salón, tras subirse las gafas. La chiquilla se estaba quitando la mochila contra el sofá. Mientras tanto, fue hacia su habitación y se tomó dos pastillas del frasco del segundo cajón de la mesita. Pensaba en qué tema de conversación darle a la niña antes de empezar a hacer deberes. No tenía ganas de ponerse a hacer con ella sumas o los típicos ejercicios.

La niña ya había venido un día la semana anterior, en el cual repasaron unos deberes de inglés, comprensión de un texto en lengua y matemáticas. No le había parecido especialmente despierta. Tenía una importante dificultad a la hora de enfrentarse a razonamientos lógicos. Pero le había dado una fuerte sensación de que no era algo innato, sino que simplemente no habían sabido enseñarle bien, ya no conceptos, sino relaciones entre ellos.

- Ay, no veo nada. – dijo la niña, refiriéndose a la oscuridad del comedor, en el que estaban las persianas bajadas.

- Sí, perdona, ahora abro. ¿Qué deberes tienes hoy?
- No tengo.
- ¿Cómo que no tienes? – preguntó él. Levantó la persiana y la habitación y sus muebles, la mayoría viejos y en un digno estado, pudieron al fin verse bien.
- Pues porque la profesora se ha puesto malita, y ha venido un chico alto que nos ha puesto deberes pero para clase, no para casa.
- Ah, ya veo, ya veo.  – sonriendo ligeramente.
- ¿Y por qué hace tu madre que vengas, entonces?
La niña subió los hombros.

- ¿Cómo llevas las sumas llevando?
- Bien.
- ¿Y leer?
- Bien.

Gabriel se rascó la cabeza.
- ¿Has dado ya las tildes?
-¿Qué son tildes?

Buscó por su estantería hasta encontrar un título en el cual hubiese una tilde, y señaló donde estaba, encima de una a. Sonrió para si mismo, además, pues se decía desde hacía ya años que quería releerlo porque la había leído una sola vez, a los 15 años, y no lo recordaba casi. Se había hecho muchas veces el recordatorio, en tardes o semanas enteras en las que había terminado por no hacer nada.

- Ah, los acentos, sí lo he dado.
- Vaya, pues déjame pensar.

Gabriel sentía que no era una tarde en la que tuviera ganas de pensar o resultar ingenioso de ninguna manera. En ese momento sólo tenía ganas de meterse en la cama. Quería que fuera ya invierno, dejar abierto para que entrase el frío y taparse con mil mantas y no salir para comer ni para nada. El verano (casi verano, entonces) tenía ese humillante empuje hacia lo agitado. Pero entonces tuvo una idea que le dio energías.

- A no ser… ¿Has dado música clásica en la escuela?
- Sí, Mozart. 
- ¿Y te gusta?
Ella encogió los hombros.

- Mmm, si quieres puedo ponerte un poco de música en vez de hacer deberes. Pero espera que dé un par de bocados. No me gusta comer mientras suena música, ¿sabes? Es como una falta de respeto.

Dio un par de pequeños tenedorazos. Buscó algún disco entre su colección, repasándolos con el dedo. Sintió que era una decisión importante. ¿Qué piezas podía enseñarle? Tuvo una sensación curiosa; de repente, de la supuesta biblioteca musical de su cabeza, sólo le venían un par que pudieran, tal vez, gustarle. Sólo le venían las que había escuchado en el último año, pues en realidad los discos andaban algo escondidos. Y las piezas que pensaba, ni siquiera las sentía adecuadas para ese momento. Tenía que haber alguna que pudiera sorprenderla mucho. ¿La sinfonía número 40? Era demasiado típica.

- ¿Qué autores has dado en la escuela?
- ¿Autores?
- Compositores de música, digo.
- Ah, Mozart!
- ¿Y alguno más?
Ella se encogió de hombros.

Imaginaba la mente de los niños como una cámara con una lente que lo distorsionara todo de manera especial. Imaginaba el impacto de los estímulos en ellos. Un sonido como una substancia fluida, como al apreciar la materialidad de un río que discurre y ver sus pequeños remolinos y texturas. Imaginaba su sorpresa inocente ante lo inesperado.

No había pensado con detenimiento qué pieza poner pero estaba impaciente por ver su reacción. Obviamente no podía ser una pieza que requiriese de demasiado análisis, pero podría intentar...sí, explicarle alguna cosa, claro. Sonrió con la idea. Cogió el concierto para clarinete y lo puso en el reproductor.
Empezaron a sonar los violines. Él veces se había puesto a explicar cosas de las piezas, solo, echado en la cama o sentado, imaginando que se lo explicaba a alguien. Ella estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos bajo el mentón.

- Ves, es muy bonito como entran las flautas en esta parte, escúchalo. – dijo, animado.
- Tú ves Dora la exploradora?
- Shh, escucha.

Las flautas sonaron y él miraba la cara de la niña. No parecía haber demasiada sorpresa en ella. Pensó que tal vez había escogido una versión demasiado lenta, aunque sin duda así era mejor, pero tal vez para ella... Era un trozo que le había provocado unas pequeñas lágrimas inconscientes, hacía años. No había ningún retoque necesario, lo ponía, y la música estaba ahí, daba igual la versión. Dejó la musica un poco más, decidió esperar a la repetición del fragmento tras una frase secundaria. Tal vez la recapitulación le afectaría más. Pensó en el volumen también. Hacía unos años, le parecía que siempre encontraba el punto justo, místico, en el cual debía dejar el volumen en cada momento, ni demasiado fuerte ni demasiado flojito. El año anterior había pasado a ponerla fuerte, hastas sentir las vibraciones en la piel. A veces a las 8 de la mañana, o a las 10 de la noche. Y entonces desde aquello la ponía más bajita aunque últimamente ya no se la ponía mucho. La pieza terminó, ella tenía las manos bajo el mentón, los codos sobre el regazo.

- ¿Te ha gustado?
Ella negó con la cabeza.

- Vaya, pues no sé. - dijo. El reloj sonaba en la cocina. Ester se quedó mirando el ya casi inexistente humo que se elevaba desde los canelones, luego miró alrededor.
- Quiero tocar el piano. - dijo ella señalando un teclado que había en un rincón, con la pieza aún por terminar, exactamente en el minuto dos.
- Es un teclado, no un piano. Pero está bien, claro.

Muchos padres apuntan a sus hijos en el conservatorio cuando son pequeños. A piano o a violín. Casi todos terminan odiándolo. Es importante el principio, las primeras veces que contactan con la música. Es difícil también saber que instrumento coger. Puedes darle una flauta, y amar el violoncello y no saberlo. Ellos no lo saben.

Está un poco desafinado- dijo. - Eso significa que algunas notas no suenan exactamente como deberían- continuó un poco después, mientras la niña jugaba a subirse a la banqueta como si fuese algo imposible por la altura.

La forma en la que la tratase era primordial, Gabriel lo sabía. Sabía que podía sacar algo de ella. No se la veía muy despierta, pero... le podría enseñar, claro, era una chica con energías, eso sin duda. Si le iba contando curiosidad, podría hacer que se interesase. Con la pieza de antes, debía haber escogido mal la pieza, o el momento... Los adultos no saben explicar cosas a los niños, cuando sólo hace falta un poco de empatía, saber que una cabeza puede funcionar de otra manera. Diferente, no peor.

- Mira, hagamos una cosa. Yo toco estos dos acordes - se los mostró - y cuando toque el tercero...¿Puedes hacer así con estos dos dedos?  - preguntó Gabriel, tintineando los dedos índice y corazón. La niña se movía constantemente sobre su asiento,  moviendo sus piernas. Tocó botones e hizo que el teclado sonara a otros instrumentos.

-  ¿Tú sabes hacer esto? – le preguntó ella, pasando la mano por encima de todo el teclado, de las más agudas a las más graves.
- Sí, querida, sé hacerlo. ¿Pero y lo que te he dicho?
- ¿El qué?

Gabriel resopló, y volvió a tintinear los dedos entre dos teclas. Luego le cogió la muñeca suavemente y le puso la mano en esas mismas teclas.

- Entonces, yo toco estos dos, y con este...- le señaló el lugar donde estaban las notas que ya le había dicho antes. Hizo falta que se lo volviese a repetir. Hicieron otro intento y ella lo hizo al fin. A Gabriel ese cambio de acorde le gustaba mucho hacía tiempo."Sólo una vez, metido en el lugar adecuado, puede hacerte llorar" decía. Ahora lo escuchaba casi como quien escucha un ruido.

Ella no dijo nada. Gabriel estaba nervioso. Vio un mechero encima de la mesa y pensó en fumar, pero decidió no hacerlo por si se enteraba la madre. Más que por perder el trabajo, no quería escucharla soltándole todo el rollo, y luego también su propia madre.

- Puedes tocar un rato tú sola, o los dos si quieres.
- No, quiero jugar con el ordenador.

Se quedó tocando un rato el cambio de acorde, a ella la dejó de banda por un momento porque le apetecía pensar en aquello, abstraerse. Ni siquiera a él le gustaba ese cambio de acorde, desde hacía ya tiempo. Se preguntó qué sentido tenía querer enseñar a sentir algo que ni siquiera uno mismo tiene.

Ella se puso a caminar con los dedos por encima del teclado.

- Ya sé, te pondré Jazz. Si no te gusta el jazz, ya nos tiramos por un puente.
- No, déjame estar con el ordenador.
- Espera, espera, te pongo esta pieza cortita de minuto y medio, y si no te gusta puedes estar con él.

Gabriel intentó cambiar de discos rápidamente. Se sentía notablemente más nervioso que antes, pero también estaba convencido de que aquello iba a gustarle a la niña. Ella jugaba a enredarse el pelo con los dedos. No sabía qué disco coger. No le iba a gustar nada. Puso una pieza. Sonó intrascendentemente.

- ¿Puedo estar ya en el ordenador?
Él se quedó en silencio unos segundos, hasta decir en voz baja, derrotado:
- Sí, claro.
La niña corrió hacia él y enchufó el botón de la torre, sentada desde la silla.
- Oye - le dijo Gabriel- si te pregunta tu madre, di que hemos practicado restas, estás ya con eso, no?
- Sí.

Después de enchufarle el ordenador y ponerle alguna cosa de internet, se fue hacia la ventana y allí se encendió un cigarrillo. Cómo podía ser un niño tan inconsciente de una tristeza tan manifiesta y visible. Miró hacia la calle, el pavimento, los coches, y pensó cíclicamente que el mundo le decepcionaba y que el mundo no valía nada. Jugó a aplastar coches con el dedo. Que nadie merecía la pena, él el primero. Tintineó los dedos en el alféizar. Giró la cabeza para mirar a la niña, con la miraba pegada a la pantalla, la cara iluminada fríamente, la falda le caía a los lados de la silla.

- No se me ocurre nada más - murmuró, mientras cerraba la tapa del piano.



--

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Aprendizaje

Llevo dos semanas en la ciudad, siendo esta la primera de clase en París. Estoy de alquiler en una buhardilla en el 20º rondissement, a buen precio puesto que no tiene ascensor. Veinte años, de España. Toco el piano y un poco otros instrumentos también. Podría ser mi presentación con los desconocidos, sí, ¿pero qué más?

He aprendido francés durante medio verano leyendo Le petit prince primero, y a Proust después. Había días en los que aprendía de memoria ("par coueur", como dicen aquí), algunas de las largas oraciones que este último construía en su obra. Trozos de cuatro o cinco frases que me gustan porlo que dicen o por cómo están escritos. He aprendido durante el vuelto, también en París, en mi habitación... bueno, en mi habitación todo lo que he practicado es escuchar. He intentado con dificultad aprender a escuchar, èrp es casi imposible. Tras mi llegada hablé con funcionarios del aeropuerto, del metro, el propietario del piso, y fue avergonzante, haerles repetir cualquier cosa, pedirles hablarme más lentamente, "o "no tan rápido". En clase no entiendo casi nada de lo que dicen los profesores, es como.. cuando entiendo la primera palabra, cuando estoy seguro, el tren ya ha pasado, la frase se me escapa. Sí, entiendo alguna cosa, pero no es suficiente.

Todo no ha sido, no os penséis, estar aquí en mi habitación. Bueno, en verdad no he salido, como quien dice salir, mucho. Me he paseado por casi la mitad de barrios de Paris, de los cuales conozco ya su ambiente, pero si me pidieran una opinion, unas palabras, sabría decir poco más que "très joli", o "magique". He visto los bares y restaurantes, de un estilo reconocible puesto que ya los he visto en algunas películas. Me parecía que cualquier parisino, leyendo su periódico con su café y su perro blanco al lado, era heredero de esas ardientes reuniones artisticas hace un siglo, en los mismos sitios.

He pasado así el tiempo, las tardes marcadas por las puestas de sol. No puedo verlas directamente si no es usando la llave que el propietario me dio para la terraza, cosa que he hecho la mitad de días. Un día me repetía en voz alta: "depuis de...jusqu'a", porque era una expresión que había leído en una historia que había escuchado. Me pasé casi una tarde entera escuchándola, y cuando pensé en qué otra cosa había aprendido esa tarde, no sabía qué decir. Eso me dejó derrotado, y siemplemente me fui a dormir.

La universidad es un sitio maravilloso, con resonancias del pasado. Los pasillos de la universidad son enormes, en los cuales los estudiantes hablaban, más animdos aún tal vez por la llegada del viernes. Había tratado de hablar con alguien preguntando si tocaban algún instrumento o conocían de quien lo hiciese.; tres personas me dijos que no. Eso había sido otro día. El cuarto, un chico que no iba a mi clase y al que le pregunté este viernes, dijo con naturalidad: "Moi-même".

Hablamos un rato, se llamaba Roland, y me explicó que no buscaba tocar con otras personsa, pero que podías ir a tocar un rato después. Acepté y fuimos a uno de los pianos que había por la calle. Me guió y cruzamos un puente que nos ofreció unas vistas deliciosas de la torre eiffel, de los edificios alineados en diferentes alturas... Yo había buscado uno de esos pianos, puesto que el que había comprado por internet no ha llegado aún. El piano parecía medio roto. Me pidió que tocara algo. Perotemnía miedo de no acordarme, precisamente por no haber tocado durante todo un mes. Me acordaba de un trozo de una pieza que era interesante, creo, pero me pareció que no era suficiente para enseñárselo aún. Entonces el se sentó y tocó una pieza magnifica, brillante, conmovedora, saltándose las repeticiones pero tocándola entera, sin ningún error. "No debería estar permitido tocar a Chopin de esa manera", le dije, como había leído en "En busca de", diciéndoselo con cierto aire casual. Él se rió. Me pregunté si lo había leído, puede que por el simple hecho de ser parisino. Pensé acerca de qué más podía decir de ingenioso, o de proustiano, pero no me salía nada.

- Has ido a conservatorio? - le pregunté.
- Claro. - Me respondió. Qué expresión tan bonita utilizó para decirlo, "mais oui"! La había leído, pero no me acordaba. Entonces dijo - Escucha, quieres venir a mi casa esta noche? Vendrán algunos amigos a los que les puedes gustar.

Cómo podía decir algo así, gustarles! Si había hablado con él sólo un momento. De repente, mi corazón batía intesamente pensando la situación; yo no podía con algo así, era demasiado pronto. Pero..qué iba a hacer sino? Acepté su invitación.

- Vienes a comer a la universidad antes de la clase de las tres? - preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.
- No, tengo que..ir a ver a alguien - le dije, sin pensar que ni siquiera estaba en la misma clase.
- Está bien.
- Nos vemos.

No era verdad, obviamente necesitaba practicar intesamente. Me encerré mi habitación con el ordenador, cuatro o cinco horas. Escuché historias y páginas sueltas. Estaba muy nervioso, puesto que entendía algunas frases, sí, pero no era suficiente. Por otra parte, había escuchado la voz del narrados en muchas grabaciones diferentes, y era contraproducente puesto que me había acostumbrado a su voz. Entonces pasó que estaba escuchando un poco de Maupassant, cuando debí caer dormido.

Tuve un sueño en el que me tomaba una cerveza con el narrador en un bar vacío. No había nadie excepto él. Era un hombre mayor, con un sombrero, de aspecto inteligente  pero inexpresivo. Sabía que era el narrador incluso antes de empezar a hablar. Entonces hablamos sin abrir la boca. ¿De qué hablamos? No me acordaba cuando me desperté. De golpe me dio miedo que se me hubiera pasado la hora a la que habí quedado con Roland. Pero el sol no se había puesto aún, por suerte. Quedaban tres horas aún.

Fui al cementerio de Pere Lachaise, para intentar desestresarme. No descubrí mucho más que en mi anterior visita. Partituras encima de la tumba de Chopin, alcohol sobre la de Jim Morrison. Y los besos en la de Oscar Wilde. Toda la extensión de árboles parecía un bosque triste y calmado, a pesar de la gente caminando con sus cámaras y mapas de mano. Durante el paseo, pensaba acerca de qué podía decir, que tema podía sacar, pero sólo me venían  a la cabeza palabras sobre música o piano. ¿Y cuántos serían? ¿Dos, tres? ¿Más? Dios, más. Me vería todo solo allí. Y había leído que los jóvenes juegan con las palabras, alterando el orden de las letras en algunas palabras, o inventándoselas. Al verme en ese estado, intenté distraerme buscando la tumba de Proust usando los mapas.

Su tumba era muy simple, una piedra negra, rectangular, y horizontal. No había vuelto a leer a Proust  desde que empecé a "escuchar" a mediados de verano. Las oraciones largas, ah. Podía leerlas jugando con las subordinadas como un niño. Eran terriblemente difíciles, mas.. tenía todo el tiempo del mundo para recolectarlas, para reconstruirlas, para entenderlas. ¿Es que pensaba que él podía ayudarme, darme frases, recursos? Tal vez. ¿Pero lo había hecho jamás? Me enfadé, de repente, contra yo no sé qué.


Llegó la noche, las campanas sonando y los guardias avisaban de que el cementerio iba a cerrar. En efecto, llegada la hora, caminando por la ciudad hasta la hora en la que "hiciese acto de presencia", como me había dicho para invitarme, me sentí abrumado por el grupito en el que iba a meterme. Al fin nos encontrábamos en su comedor, todos en círculo. Dos chicos y dos chicas me saludaron de formas diferentes, pero las entendí todas.

Roland estaba en la cocina pero no tardó mucho en venir. Bevimos vino tinto y cerveza, y nadie fumaba, pero no sabía si era porque ninguno de ellos fumaba. Hicieron  preguntas simples, pero que me invitaban a hablar extendiéndome lo que quisiera.

Cuando supieron que me gustaba, empezaron a hablar de autores y novelas.  Empezamos a hablar, todo iba sorprendentemente bien, excepto..esa chica. Una de ellas, la que tenía el pelo negro por los hombros, y tapándole las cejas, casi los ojos. Estaba echada como un gato en el sofa, cogiendo sus piernas a un lado. Cuando hablaba con alguien, lo hacía siempre bajado los ojos pero sin tener un aire de sumisión o indiferencia. Ella hablaba dulce y lentamente, con una deliciosa, pero.. no entendía nada, nada una sola palabra! Qué cruel! Me tenía que fijar en sus gestos para intentar entenderla mejor. Observé que cuando sonreía, lo hacía con un gesto ladeado, teniendo un aire casi irónico.

Entonces, por idas y venidas de la conversación, me pidieron que dijera uno de esos trozos proustianos que conocía. Me atreví con uno, lo recité, sin escaparme de repetir y volver de vez en cuando:

""Pour faire partie du “petit noyau”, du “petit groupe”, du “petit clan” des Verdurin, une condition était suffisante mais elle était nécessaire : il fallait adhérer tacitement à un Credo dont un des articles était que le jeune pianiste, protégé par Mme Verdurin cette année-là et dont elle disait : “ Ça ne devrait pas être permis de savoir jouer Wagner comme ça ! ”, “enfonçait” à la fois Planté et Rubinstein et que le docteur Cottard avait plus de diagnostic que Potain. Toute “nouvelle recrue” à qui les Verdurin ne pouvaient pas persuader que les soirées des gens qui n'allaient pas chez eux étaient ennuyeuses comme la pluie, se voyait immédiatement exclue.""

- Un poco recargante, no? - dijo uno de sus amigos
- Oh no (mais non!), yo no lo pienso. - contesté, pero no sabía qué decir. Fue un silencio extraño.

Entonces, ella empezó a hablar con gran naturalidad. No entendía nada de lo que ella decía, pero estaba sin duda contestando al amigo de Roland. Todos escuchaban atentamente. Tras el silencio que dejó su larga intervención, pensé decir:

- Bueno, yo pienso... que tiene una forma de jugar con lo que dice primero y después. Como irónico.
Ella me miró, y entonces rió de una forma que no había visto en ella.

Sin duda, no entenderla frustró mi excitación inicial. Pero de entre el fastadio, que sentía en cierta manera diferente, había un cierto placer en la duda, el aprendizaje, puesto que había empezado a entender las palabras y las relaciones entre ellas. Los seis hablamos durante un par de horas. Me pareció que a veces ella me miraba de forma profunda, miesteriosa, silenciosa, mas no me atreví a mirarla directamente.

Ellos se fueron y yo me quedé un poco hablando con Roland en su cocina. Me pregunto si la noche había ido bien, y tuve que aceptar que sí.

- Estudia historia del arte, es tan nueva como tú aquí.
- Es de otro país? - le pregunté.
- Oh, no, es de Poitiers. La media Francia!
- Oh.

Detesto mis "Oh", ridícula demostración de mi nula conversación. Después de un momento de silencio, me preguntó si "iba a hacer algo", sonriendo. Le pregunté acerca de qué y me dijo "acerca de ella". "No lo sé".
Y eso fue la noche.


De la misma manera en que nos acordamos de nuestos amigos pensando en sus gestos más habituales (como la forma de reírse, o de caminar) me sorprendí recordando exactamente su voz, la inclinación de su espalda... mucho más que el resto de gente que había conocido. Esta ha sido la primera vez que he experimentado esa sensación de impregnación, de recuerdo inintencionado, tras mi llegada a París. La vi ayer, en una calle, caminando un poco más adelante de mí. Parecía triste, ensombrecida.  "Est-ce que vous arrivé qulque malheur?" Esa frase es estúpida, no me sirve. No, ella no estaba triste, sólo pensativa. No lo sé. Y aunque lo estuviese, era una frase completamente estúpida.

Dios, tengo tantas ganas de besarla.






Thelonious Monk - Don't Blame Me



viernes, 7 de septiembre de 2012

Aprentissage

Je suis presque deux semaines a la cité, oui, cette-là etàient ma première ou je donne classe a Paris. J'habit une location vide à une mansarde a le vingtième rondissement, bon marché puis il n'a pas d'ascenseur. Vingt ans, de l'espagne. Je joue le piano et a peu d'autres instruments. Il pourrait etre ma presentation avec les inconnus, oui, mais quoi de plus?

J'ai appris la langue pendant moitié eté en lisant Le petit prince premier, et Proust depuis. Il y avait des jours óu j'ai appris "par coeur", comme on dis, des orations elongés que ce dernière construit a son oeuvre. Morceaux du quatre ou cinq phrases que j'aime par ce qu'ils disent oú comme sont ecríts. J'appris la langue aussi pendant le vol, meme a Paris, a ma chambre... bien, à ma chambre tout ce que j'ai practiqué est l'ecouter. J'ai essayé difficilment m'apprendre à ecouter, mais c'est presque impossible. Aprés mon arrivé j'avais parlé avec functionaires du l'aéroport, le metro, le propietaire du maison,et je me fut honteux, les faire me répéter quelque chose, de les demander de me parler plus lentement., ou "non si vite". A les classe je n'entends presque rien de ce que le professeurs disent, c'est comme... quand j'entend le premier mot, quand je suis assuré de cela, le train a passé dejà, l'oration se m'echappe. Oui, j'entend quelque chose, mais il ne suffit.

Cependant, tout ne fut, ne pensez-vous, être ici dans ma chambre. Bien, en verité je ne suis pas sorti, comme celui qui dit sorti, beaucoup. Je m'ai promené par presque la moitié des arrondissements de París, desquels je connais dejà l'air, mais si je fusse demandait par une opinion, quelques mots, je ne saurais dir peu plus que "très joli", o "magique". J'ai vu les bars et restaurants, d'air reconaissable puis je les avais vu au cinema. Il me parut que quelque parisien, en lisant son journal avec son café et par son grand chien blanc, fut héritier de ces ardants reunions artistiques il y a un siècle dejà, aux mêmes lieus.

J'ai passé ainsi le temps, les jours marqués par les couchers du soleil. Je ne pouvais les voir directement mais en usant la clef que le propiètaire m'avait donné pour la terrasse, chose que j'ai fait la moitié des occasions. Un jour, je m'y repetàit celà, en voix haute:  "depuis de...jusqu'a", parce qu'il fut une expression je l'avais lit à une histoire que j'ai lisait et ecouté. Je me passait presque un jour en la ecoutant, et quand je pensait en quelle autre chose avait j'appris ce jour, je ne savais quoi. Cela me laissait vaincu, et je simplement suis allé dormir.


L'université est un lieu marveilleuse, avec resonnances du passé. Les couleurs de l'université sont enormes, auxquels les etúdants causèrent, plus animés peut-etre, pour l'arrivé de le vendredi. J'avais essayé de parler avec quelqu'uns en demandant s'ils jouait quleque insturment o connasait quiconque; trois personnes m'ont dit que non. Ce fut autre jours. Le quatrième, un garçon que n'allait pas a ma classe et que j'ai pregunté ce vendredi là, disait avec naturalité: "Moi meme".

Nous avons parlé pour un moment, son nom fut Roland, et il m'expliqua qu'il ne cherchait jouer avec autres personnes, mais que nous pouvions le jouer un peu depuis. J'ai accepté et nous sommes allé à un des pianos qu'il y avait à la rue. Il me guia, les deux somme crussés sur un pont qui nous poursuivit ce vistes delicieux de la tour eiffel, des battiments rangées en differents hautures... J'etais a la recherche d'un de ces pianos, puis ce que j'avais acheté a l'internet n'a pas arrivé encore. Le piano avait l'air cassé. Il me demandait que je jouasse quelque chosse. Mais j'avais peur de ne me souvenir pas, precissement par n'avoir jouait pendant un moix. Je souvanais une morceau d'une pièce qui fut interessante, je croyais, mais ça m'eut semblé que ce ne fut suffisante par le mostrer encore.
 Puis il s'assit, et jouat une pièce magnifique, brillant, touchant, elidint des repètitions mais jouant-là toute entière, sans aucun erreur. "Ça ne devrait etre permis jouer Chopin comme ça", comme j'avais lu à "A la recherche", en disant-il avec un air casual. Il ria. Je me demmandais s'il l'avait lu, peut etre par le simple fait d'etre parisien. Ja pensais autant quelle chose povais-je dir d'ingenieuse, o de proustian, encore, mais je ne savait pas.

- Avez-vous allait conservatoire? - je l'avais dit.
- Mais oui. - Il repondu. Quelle plaisanterie, "mais oui"! Je l'avais lu, l'expression, mais je ne le souvanais. Puis il disait - Ecoute, voulez-vous venir ma maison, cette nuit? Il y aura de mes amis, tu peux les gouter.

Comment pouvait-il dir quelque chose, les gouter! si je n'avais parlat avec lui qu'un moment. Tout de coup, mon coeur battait intesment en songeant la situation; je ne pouvais avec çalà, ce fut trop tot. Mais... qu'allais-je faire, sinon? J'ai accepté son invitation.

- Est-vous venant a manger a l'université avant la classe de les trois? - disait-il, entre mon songeament.
- Non, j'ai de...de me recontrer avec quelqu'un. - j'ai dit, sans penser qu'il ne fut même pas a ma classe.
- C'est bien.
- Au revoir.

Ce ne fut pas verité, j'avais obviement d'essayer avec intensité. Je m'ai fermu a ma chambre avec l'ordinateur, quattre o cinc heures. J'ecoutais histoires et pages derangées. Je fut trés nerveux, puis j'entendais quelques phrases, oui, mais il ne suffit.  D'autraires, j'avais ecouté le même narrateur en trop de grabations differents, et ce fut méchant puisque je m'etáit habitué a sa voix. Donc, je fus ecoutant un peu de Maupassant, quand j'ai tombé dormít.

J'ai eu un reve, où je bevais aune bière avec le narrateur a un bar desolé. Il n'y avait personne hors lui. Il fut un homme vieux, d'air sage a sa facette, mais inexpressif. Je savais qu'il fut le narrateur même quand nous ne commençait pas a parler. Puis, nous avon parlé sans ouvrir la bouche. Qu'est-ce que nous parlait? Je ne me souvenait quand je me reveillit. Tout de coup, je fut effrayé d'avoir surpassé l'heure de le rendez-vous. Mais le soleil ne s'avait pas couchée, heureusement. Il restait trois heures encore.


Je suis allé le cementière Sant-Pere en intentant ne pas m'estresser. Je n'ai descubrit beacoup autours mon dernière venu. Partitures sur la tomb de Chopin, alcohol sur Jim Morrison-là. Et les besées avec Oscar Wilde. Toute sa extension poublée d'arbres resemblait un bois triste et calmée, cependant les gens promenaient avec ses cameras et maps de main. Pendant la promenade, je pensais autant qui pouvais-je dir, quelle sujet pouvais les rendre, mais seulement venait a mon esprit des mots autant la musique or le piano. Et combien d'ils en furient? Deux, trois? Plus? Mon dieu, plus. Je me verrait aussi debout tout seule. Et j'avais lis aussi que les jeune jouen avec les mots, en alterant l'ordre de les lettres en quelques mots, ou inventant de nouveaux. En decouvrint moi-meme en ce etat, je suis essayé de me distraire a retrouver la tomb de Proust en usant les maps.

Son tombe fut tràs simple, une pierre noir, rectangulier, et horizontal. Je n'ai lisait Proust des que j'avais commençait "ecoutant" a moyan eté. Des orations elengées, ah. Je pouvais les liser jouant avec les subordinades comme un enfant. Il furent terriblement hardies, mais.. j'avais tout le temps du monde pour les recolecter, pour les rebaittir, pour les entendre. Est-ce que je pensais qu'il me pouvait aider, me donner des orations, des resources? Avait-il fait jamais? J'avais, tout de coup, faché avec je ne sais quoi.


La nuit tombait, et les champagnes sonaient et les guardes avisais que le cementière allait fermer. En effet, arribé l'heure nuit, en marchant par la cité jusqu'a l'heure que je "fut acte de presènce", com il disait pour m'inviter, je me ressentais accablé par cette sort de clique en laquelle je me suffit de mettre. Enfin nous nous trouvons a son salle a manger... touts en circle. Deux garçons et deux femmes m'ont saluté de façons differents, mais je les avait entendu toutes.
 
Roland fut a la cuisine mais il ne restait trop a venir. Nous bevions vine rouge et bière, et personne ne fumait pas, mais je ne savait s'il fut puisque aucun d'eux ne fumait pas. Ils faisaient des questions simples mais que m'invitaven a parler en m'extendant moi-meme comme tout ce que je pouvais.

Quand ils avait su que je l'aimait aussi, ils commençaren a causer autors romans. Nous commençais parler, tout allait surprenantment bien, hors... cette femme. Une d'eux, ce qui avait les cheveux noirs par les epaules, et couchant ses sourcils, presque ses yeux. Elle s'etait assis ou repandu comme un chat, prenant ses jambes a son cotêe. Quand elle parlait avec quelqu'un, elle le faisait toujours baissant ses yeux mais sans avoir l'air d'etre submissive, or indiffèrente. Elle parlait douce et lentement, avec une delicieuse musicalité, mais... je n'entendit rien, rien, un seule mot! Quelle crouauté! J'avais de me fixer en ses manières pour essayer de l'entendre meilleur. J'ai observé que quand elle sourit, elle faisait ce gest acouté a sa bouche, avaient l'air presque ironique.

Lors, par allés et retours de la conversation, ils m'ont demandait que je disait un de ces morceux proustians que je connais. Je me fut hardie avec un, et l'ai recité, sans m'echapper de rèpèter et de retourner:

"Pour faire partie du “petit noyau”, du “petit groupe”, du “petit clan” des Verdurin, une condition était suffisante mais elle était nécessaire : il fallait adhérer tacitement à un Credo dont un des articles était que le jeune pianiste, protégé par Mme Verdurin cette année-là et dont elle disait : “ Ça ne devrait pas être permis de savoir jouer Wagner comme ça ! ”, “enfonçait” à la fois Planté et Rubinstein et que le docteur Cottard avait plus de diagnostic que Potain. Toute “nouvelle recrue” à qui les Verdurin ne pouvaient pas persuader que les soirées des gens qui n'allaient pas chez eux étaient ennuyeuses comme la pluie, se voyait immédiatement exclue."

- A peu rechargeant, n'est-il? - disait un des amis.
- Mais non, je ne le pense pas. - j'ai contesté, mais je ne savait quoi dire. Ce fut un silence etrange.

Alors, elle començait a parler avec un gran naturalité. Je n'entendais point quelque chose qu'elle disait, mais elle etait sans doute contestant a l'ami de Roland. Touts etaient ecoutant attentivement. Aprés le silence qui laissait son elongée intervention, j'ai pensé a dire:

- Bien, je pense...qu'il a une façon de jouer avec ce qu'il dis d'abord et au fin. Comme ironique.
Elle me regardait, et lors elle ri d'une façon que je ne l'avais vu.

Sans doute, ne l'entendre pas tombait mon excitement initielle. Mais d'entre le malheur qui m'avait tombé avant, que je ressentais differente, il y avait un certain plaisir a l'indobteuse, a ce aprentissage, puis j'ait commençe a entendre des mots et les relationes entre eux. Nous six avons parlé pendant un couple d'heures. Il me parut quelquefois qu'elle m'observait de forme profonde, misterieuse, silencieuse, mais je ne me suis atrevit a la regarder directment.

Ils s'ont allé et je restait un peu parlent avec Roland a sa cuisine. Il me demandà si la nuit fout bien, ja l'ai eu d'accepter que oui.

- Elle etudes Històrie du Art, et elle est aussi nouvelle que vous ici.
- Est-elle d'autre paix? - je le demmandais.
- Oh, non, elle est du Poitiers. La moitié France!
- Oh.

Je detèste mes "Oh", ridicule demostration de mon nulle converse. Aprés un moment de silence, il me demandait si "allait-je agir", en souriant. Je le pregunté sur quoi, et il repundú "sur elle". "Je ne sais pas..."
Et cela fut la nuit.


De même que nous nous souvenons de nos amis para songeant ses mes habituelles manières (comme la moyen de rire, o ) je me surpris en souvenant exactament sa voix, l'inclination de son dos...beaucoup plus que la reste du gens que j'avais connu. Cette-là fut la premiere fois que j'avais eprouvé cette sensation d'impregnation, de souvenir desintentioné, depuis mon arrivé a París. Je l'ai vu hier, à une rue, en marchant un peu plus devant que moi. Elle faisait l'air trist, malheureuse. "Est-ce que vous arrivé quelque maheur?" Cette phrase est estupide, ne me serve pas. Non, elle ne fut pas triste, mais pensative. Je ne sais pas. Encore qu'elle en effet l'en fut, ce fut une phrase complètement stupide.

 Dieu, je veux bien la beser.



 Bleeding Hearted Blues - James P. Johnson

miércoles, 26 de octubre de 2011

Incendio

El chico de 13 años, de pelo negro y ojos curiosos e inertes, con problemas de tartamudeo casi resueltos, en pijama y asustado, taquicárdico, vio salir con parsimonia a esa vecina que a veces había visto, la chica a la que calculaba de 20, de su edificio común, que ahora estaba medio en llamas. Él esperaba entre los asustados vecinos, pertenencias salvadas y bomberos trabajando, con las llamas y las luces de los camiones alumbrando en mitad de la noche. El humo y el agua ensuciaban el aire de la noche. Los bomberos hasta el momento habían captado su atención, por la rapidez y la eficacia con la que trabajaban, aunque no entendía por qué un fuego costaba tanto de apagar.

Pero cuando la vio, se le olvidó todo lo que había a su alrededor. Salió del edificio y con lo que a él le resultaron pasos lentos y perfectos, se colocó en la acera enfrente del edificio, justo donde esperaba él entre la gente asustada. Pero ella no parecía asustada en absoluto. Llegó con calma y se colocó a la derecha del chico, con unos pantalones de pijama, y una camisa manchada de hollín bajo la que se ocultaban unormes pechos, de los cuáles él aún no entiendía de tallas, pero en los que en realidad nunca se había fijado, tampoco.

Se puso un cigarrillo en la boca y sujetó el mechero en su mano izquierda, lo que hizo pensar al chico que sería zurda como él. Entonces levantó la cabeza y pareció querer alinear en una misma línea de visión la llama del mechero y la ventana de la que se veía más fuego salir, como disfrutando de ello. El chico quedó fuertemente impresionado, pero se dio cuenta de que su corazón ya no estaba tan agitado como antes, y por extensión podía decir ya no estar nervioso. Se le ocurrió entonces dar un paso del que no se hubiese creído capaz, y le preguntó:

- ¿Has empp-pezado t-tú el fuego?

Ella se quedó mirándole con unos ojos más abiertos de lo normal, durante unos segundos que se le hicieron más largos de lo normal, y entonces rió moderadamente.

- ¿Te gustaría que se quemara todo? I've set my house on fire, eso lo decía una canción. Le he prendido fuego a mi casa, por si no sabes mucho inglés. No me acuerdo del título , si me acuerdo luego lo digo. Luego... también está lo de le rouge et le noir, con la de Brel, que se parece a esto. - dijo, señalando a su alrededor - El rojo y el negro, claro, por si no sabes mucho francés. Y deberías escuchar La mer, también, es muy bonita. Fuego, agua, todo es un poco lo mismo. Espero que no se ponga a llover.

Dijo todo esto muy rápido, más rapido de lo que hubiese escuchado hablar a ninguna persona, casi sin que le diese tiempo de entender qué relación tenía cada frase con lo anterior. Pensó en volver a hacer la pregunta, pero se quedó mirándola impresionado, mientras que ella sólo le miró un segundo y luego alzó la cabeza hacia el incendio. Él se fijó a la luz del fuego en que ella no debía llevar sujetador, porque notaba una pequeña sombra en el centro de ambas, un pequeño relieve. Nunca se había fijado en un detalle así, y en el momento le resultó tremendamente excitante.

- Estas cosas se las fuma el viento, eso lo decía un amigo mío. - dijo ella, levantando un poco el brazo para mostrarle el cigarro, aunque fuera el más cercano a él. Se quedó mirando su pelo negro, ondulando por el viento, pero quedándose en su mismo sitio. Entonces ella señaló a una alcantarilla a donde llegaba un pequeño cauce de agua, y aunque él esperaba que dijesese algo, se queda en silencio mientras los dos miran el agua fluir. Entonces ella miró hacia delante y al chico le pareció que estaba pensando si decir algo o no. Entonces, siguió:

- De pequeña vi a un hombre fumar en un incendio, en nuestro viejo edificio. Yo estaba enamorada perdida de él. Tendrías que ver cómo movía las manos, era maravilloso. No me refiero a eso...- entonces rió, pero el chico no entendió por qué.- Y por eso luego empecé a fumar. Pero tú no fumes, eh. No deberías fumar. Me gusta cómo mueves las manos tú, también. - dijo, señalándoselas. - Distinguished manners. Pero sin punto de comparación, eh.

Él se las miró, pero entiendió a lo que se refería, porque no le había parecido que las estuviera moviendo en ningún momento. Ella se apartó para dejar pasar a un bombero que le había tocado el hombro. Miró el tirante izquierdo de la camisa de ella, y la imaginó a ella dejándole soltarlo a un lado. ¿De dónde había salido una chica tan extraña? Él nunca había visto a nadie hablar ni portarse así.

- Ojalá tuviera una cámara a mano. ¿No te parece bonito? - dijo, señalando el edificio en llamas - Me gustaban las cámaras viejas, así manuales, aunque la mitad de fotos me salían quemadas. Estoy soltando muchas palabras relacionadas con el fuego, ¿no es cierto? Será el subconciente. La diferencia entre una fotografía y un fotograma, eso sí lo di. En el cine hay recursos que a veces los gastan y ni los directores saben qué significa eso. Estaba esta peli de Rosellini, o Pasolini, uno de esos, que salía un chico tartamudo y todos los críticos discutiendo qué significaba, no se ponían de acuerdo y él no lo dijo. En fin. Si me acuerdo la diré luego.

Al chico le extrañó que en ningún momento pareciese querer que él hablase, o que se incomódase al ver que no lo hacía. Pensó en decir algo, pero se sintió mal, porque no creyó que pudiese decir nada tan interesante como todo lo que ella decía, a pesar de que tampoco estaba entendiendo mucho. Se imaginaba besándole la cara y besándole los pechos apartando la tela, como nunca le había hecho a ninguna chica. Se imaginaba dejando toda su ropa en un montón al lado de la cama, como hacía al ir a dormir, pero con ella al lado.

- Sí, ya sé que habló demasiado de pelis y todo eso, es que no sé hablar de otra cosa. No sé, me gusta. El ballet en cambio no, no, nunca le he visto la gracia. Tenía un profesor que decía que no le gustaba porque él no tenía sensibilidad. Fue gracioso. Quiero decir, todos pensamos cosas así pero nunca las decimos. La naturaleza y todas esas cosas, preferimos decir que sí, que nos gustan, pero sabemos que no. Y la gente a la que de veras le gusta no lo dice, es absurdo.

Creía que empezaba a tener una erección. Miró la goma del pantalón de su pijama, descubriendo que no se notaba mucho por el momento, y el de ella, que dejaba ver una marca en su cintura hecha por la presión. Se imaginaba metiendo la mano bajo ellas sin quitárselo, la imaginó a ella dejándole hacerlo. La imaginó diciéndole palabras bonitas y complicadas sólo para él, mientras él la descubría y conseguía hacerla excitarse poco a poco, conmovida con sus tímidos intentos primerizos.

- Los ventiladores en las películas representan el deseo, ¿sabes? Bueno, lo de los objetos representando cosas ya les viene mucho de las novelas del diecinueve. Pero películas, hablaba de películas. Las clásicas en blanco y negro suelen estar bien. Algunas son lentas, pero es falsearlo un poco, ¿no? Quiero decir, nosotros vivimos en un mundo rápido, tropezándonos con todo y se nos olvidan las cosas, no veo por qué hay que hacer películas bonitas. Luego la gente quiere cosas que no existen. Aquello sí fue una película, sí.

Ella dio un suspiro apagado y dio una calada. Dejaba su mano en el aire, a mitad entre ellos dos con el cigarro entre los dedos índice y corazón, y una fina hilera de humo se elevaba hasta torcerse y desaparecer. Se la imaginaba quitándose la ropa delante de él mientras decía todas esas películas bonitas en blanco y negro que aún no había visto. Quería que le susurrase cosas bonitas. La erección le llegó al punto máximo, y no quiso verlo de la verguenza que a él mismo le hubiese dado, así que se giró hacia el otro lado, medio de espaldas a ella, esperando que no lo hubiese visto antes. Ella siguió hablando, y él se preguntó si le estaba hablando a él, si pensaba en si le estaba escuchando o no.

- ¿Sabes cuántas palabras dura un cigarrillo? Según, claro. Pero una vez el las contó. Él estaba sentado en la cama y yo de pie y me dijo que hablara así como estaba y que él las contaría. Dijo que dije 623 palabras. Aunque tenía un poco de frío, y cuando tengo frío hablo más rápido aún. Yo de pequeña es que le hablaba a todo el mundo y ellos no me hacían caso, así que estoy un poco ida, pero sabrás disculparme. Si quieres que me vaya puedes decírmelo. Tenía un juego que era hacer palabras con las letras de los coches, así todo el rato y juntando varias, y hacía frases, pero nadie quería jugar a eso. Creo que me he dejado el diario que había empezado a escribir. Hace años también tenía uno. Está bien eso de capturar el momento, luego te se queda y parece que has vivido mucho.

El chico sintió que hubiera podido meterse entre las llamas para buscar y poder quedarse con ese diario por el que ella no tenía demasiado aprecio. Le gustaría leer todo lo que había hecho en esos años; si sentía algo debajo de ese aspecto seco, si había cometido errores, si alguna vez ella había sido algo parecido a él. Sin embargo se quedó allí quieto, esperando la próxima cosa que saliese de la boca de ella. Ella dio una calada, que retuvo unos segundos, y tras soltarla siguió:

- Y aquel hombre... no sé, me preguntaron todos luego preocupadísimos porque yo era pequeña y qué iba a decirles. Que me había engañado y todo eso. No sé cómo empezó, recuerdo una vez en el ascensor que volvía de la escuela, pero ya no sé si lo estoy mezclando con otras cosas o... Antes creía que no me gustaba o que le había odiado, pero no me acuerdo, ¿cómo me voy a acordar? Pero al final siempre te das cuenta de que eso ya lo sabías. Te atontas con las escenas bonitas, pero también sabes que es lo único que quieres. Todos queremos perdernos un poco, ¿no te parece? Le damos simbolismo a las cosas porque nos aburrimos. Bueno, algunos. Quiero decir, eso de personas buenas o personas malas, todos intentamos apañarnos como podemos, ¿no? No sé, estoy desvariando mucho, ¿no crees?

Se preguntó si todas esas preguntas eran de las que no se esparaba que uno las contestase, o si precisamente era lo único que necesitaba. Se sentía confuso. A ratos le parecía al chico que ella hablaba de algo triste, pero no llegaba a entender nada. Ella no parecía triste. Quería estar con ella aún sin saber qué hacían las personas mayores, aparte de eso en la cama. No sabía si ella podía meterse en un grupo llamado personas mayores. No podía apartar la mirada de ella. Los demás adultos no parecían como ella, ella parecía saber algo que los demás no. Con ella resultándole suficiente que se fijase en ella y sólo en ella. Él sabía que nunca iba a poder resultarle interesante, porque nadie le había enseñado a ser así nunca.

- Y yo hablo tanto. Por eso digo que fumar a mí no me hace casi daño. No le doy casi caladas. Me preguntan por qué fumo, no sé, es una cosa absurda, la haces y ya está. La vida es un cigarrillo, quién decía eso. Si me acuerdo luego lo digo. Ya te había contado lo de aquel hombre. En realidad no recuerdo si era un chico o un hombre, igual eres demasiado pequeño para entender esas cosas que hace la memoria. A la recherche du temps. Hay gente que habla de congelar el momento, pero eso en un poco angustioso, ¿no crees? Yo lo dejaría más en formol, ¿Sabes? Así flotando.

Luego, en silencio, por un momento le pareció que ella iba a llorar, pero se fijó y no le cayó una sola gota. Él quería abrazarla aunque solo le llegase por el pecho y hacer que no pensase más en todo eso. Ya no tenía la erección de antes, ni pensaba en eso siquiera, pero seguía pensando en sus pechos, quería escalarla, quería que ella la albergara y le dijese que podría quererse, aunque fuese algún día. Un hombre salió del edificio junto con un bombero y los médicos le socorrieron, lo cual hizo que el chico se diera cuenta de repente del lugar en el que estaba, ya que escuchándola a ella a hablar se había olvidado de todo lo demás.

- Hacía mucho que nadie me escuchaba tanto hablar - dijo, y luego se quedó mirando el vacío y se le marcó una sonrisa que parecía haberle venido sin querer. - Mucho, mucho. Pero ni punto de comparación. Es una razón fea, en realidad. Todos intentamos sobrevivir. Cuando lo del ascensor volví llorando a casa, tenía rojo en la muñeca, sí - dijo, rodeándose la muñeca izquierda con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.- pero no me hizo daño tampoco. No me acuerdo. No sé por qué lloraba. Creo que entonces lo supe y con el tiempo se me olvidó. Pero él me escuchaba tan bien. Él se agachaba y me miraba detrás de sus gafas, y me decía que le contase más. Aunque lo hiciese por eso, pero no importa, iba a parte. Él me escuchaba maravillosamente.

Ella dio una calada. ¿Por qué no dejaba de hablar de ese hombre que le había hecho algo malo? No llegaba a entender lo que estaba diciendo, pero ella tampoco parecía que hablase para que se le entendiese. Parecía hablar para llenar el tiempo, y al chico le hubiese gustado que se callase, sentía que de alguna manera ella quería que alguien también dijese algo, pero no se sentía la persona adecuada para hacerlo. Sentía que ninguna persona en el mundo podía decirle nada a esa chica.

- Somos un absurdo, ¿no te parece? Si te fijas en todo lo que te va a pasar los próximos años, todo lo bonito que vayas a hacer te lo habrás inventado. Hacer escenas bonitas, eso es todo. Luego haces las escenas feas bonitas también, para que te dure un poco más, pero es lo mismo. Te lo crees, no te lo crees, va por temporadas. Que por qué fumo, yo qué sé por qué fumo, lo hago y ya está. Fumo en balcón por la mañana y tiro el cigarrillo, qué más razón quieres. A veces un cigarrillo es lo mejor que te pasa en todo el día. Anoche le hice un travelling con la mirada a esa farola y ciertamente fue lo mejor que me pasó ese día.

Al chico le entraron ganas de llorar y no sabía por qué. No sabía si quería ser como esa chica, no sabía si quería entender todo lo que hablaba, no entendía por qué no esperaba que él contestase en algún momento, no sabía si él podría ser algo tan bonito como ella. No sabía bien si la pena de ella le importaba o no, como no sabía casi si su propia pena le importaba.

- Oye, estoy desvariando mucho. Pero me alegra ver que no te caigo mal, por lo que parece. En fin, chico, ¿y tú qué?

A él le dio un fogonazo el corazón, y pensó en si sería una de esas preguntas a las que no se esperaba que respondiese, tal vez porque deseaba no tener que responder. Cómo podía acabar pareciéndole bonito llorar. Su casa estaba quemándose, por culpa de esa chica se había olvidado de que su colección de juegos se estaba quemando, a su padre casi le cae un trozo de la escalera encima, ¿por qué se había puesto a hablarle? No quería verla nunca más, le dijo un sorpresivo sentimiento, que fue solapado por su extremo opuesto, rápidamente.

- Todos somos una peli. Una puta peli. Absurdo. No me hagas mucho caso.

Ella miró alrededor en silencio y tiró el cigarrillo al suelo, aún humeante.

--
I'll try anything once - The Strokes

domingo, 25 de septiembre de 2011

Un día y el mar

Hoy Ana se despierta a las 7, como todas las mañanas. Podría darle a Repetir, pero no le importan gran cosa cinco minutos más o menos. Además no ha dormido mucho, lo que le suele quitar todo el sueño, como justo hoy ocurre. Así que no lo hace. Un mosquito le ha picado en el tobillo mientras dormía, y ahora se rasca la zona enrojecida, poniendo cara de fastidio. Camina a través del pasillo hasta el baño, donde se agacha ante la ducha para lavarse el pelo, y de paso, despertarse del todo. Se da cuenta de que el calcetín roza la picadura y le escuece, con lo que no puede evitar volver a rascarse. El champú no sale bien del envase, porque no queda casi, así que lo llena de agua. El agua está fría, y sigue fría por más que la deja correr. Había olvidado anoche enchufar el termo. Últimamente se le olvidan muchas cosas. Debe ser porque no duerme.

Mientras, unas cuantas gotas se deslizan por el cuello hasta su pecho. Con ello le viene un escalofrío. Le entra también agua en un ojo, que aún debe tener un poco de champú porque empieza a escocerle también, y en segundos, unas cuantas lágrimas salen de sus ojos. Las contiene apretando los párpados. Se toma el pulso poniendo la mano sobre el pecho. Le va ligeramente rápido. Piensa en calcularlo exactamente con el reloj de la cocina, pero no tiene ganas de quedarse 15 segundos contando.

Al salir del baño se da con el codo en el marco de la puerta y suelta un alarido. Vuelve a su cuarto donde intenta buscar unos calcetines más pequeños, pero los que encuentra siguen rozándole la picadura. Son las 7.10. Se cambia de ropa sin pensar demasiado. Se da cuenta de que no puede pensar ni concentrarse demasiado en nada. Deja la ropa con la que ha dormido sobre la cama. Debajo de la cama está la ropa de anteanoche, así que se agacha y la pone encima también. La esquina de su cuarto donde reposa el bajo, que hace meses que no toca, tiene mil cortecitos, y parece llora. Le llega un mensaje publicitario de su compañía telefónica. Vuelve a bloquear su móvil.

Da pasos hasta su amplio e iluminado comedor. Le echa de comer a su tortuga, a la que nunca ha puesto nombre. Quita el disco de su equipo de música, para guardarlo en la caja. La cierra y la devuelve a su sitio. Piensa en poner alguna canción, pero le costaría demasiado, y sólo quiere hacer tiempo. Se echa en el sofá y se queda observando su respiración. Mira sus pechos subir y bajar. Espera sentada a la hora de irse, y piensa que debería poner el despertador 10 minutos más tarde. Se da cuenta de que no puede pensar muy bien. Antes ya había pensado eso. El tobillo le pica mucho, vuelve a rascárselo.

Vuelve al cuarto, donde ve un mosquito más grande de lo normal posado sobre la pared. Ana sonríe súbitamente. Coge un libro de la estantería y prepara bien su golpe, intentando poner el libro cerca. Pero al dar el golpe, el mosquito escapara por un costado, y vuela hasta el techo.

- DIOS! – grita, tan alto que la han escuchado varios pisos arriba. Mañana un vecino le regañará por ello, y ella pedirá perdón sin saber qué excusa poner, puesto que le cuesta tanto pensar.

Vuelve al comedor, mira su reloj y son las 7.20. Intenta enchufar la televisión, pero no funciona el mando. Prueba el botón del aparato. Aprieta y aprieta y aprieta el botón varias veces, apretando con fuerza el pulgar hacia dentro. Pero sigue sin funcionar. Golpea el mando en la pantalla y lo deja caer. Se echa a llorar en el sofá, y se recuerda a sí misma a un cuadro famoso que vio hace mucho tiempo. Intenta limpiarse las lágrimas, pero escucharse a sí misma llorar y aspirar le conmueve y llora aún más. Se da cuenta de que la televisión estaba desenchufada. La había desenchufado ella misma hacía un par de días. Se seca las lágrimas con la manga de la camisa e intenta no pensar en nada.

Va a la cocina, donde llena un vaso con agua del grifo y se lo bebe. Prueba el interruptor de la luz mientras mira la lámpara. Funciona bien. Luego, mueve lentamente el vaso sobre la encimera, escuchando el sonido que hace. Se toma el pulso mirando el reloj durante 15 segundos. Multiplica 26 por 4. Mañana contará 29. Una vez un poco más calmada, mira por el ventanal. Suenan pájaros afuera, apagados por los cristales cerrados. Sin razón le viene a la cabeza un verso inventado. Cantan pájaros, resuenan tempestades. Son las 7.26. No desayuna. Se alisa la falda. Abre la puerta para ir al trabajo, cierra, se va.

---

Tiomnaya Noch, Temnaya Noch - Mark Bernes
Formspring
Cajón