viernes, 24 de septiembre de 2010

Extraño adiós

El cuerpo de nuestro único buen amigo, si es que eso existía para nosotros, yacía inerte al otro lado del cristal. Dani y yo lo mirábamos inexpresivamente, tal vez esperando encontrar unas palabras. Sólo se escuchaba el ventilador en la esquina, emitiendo un ruído monóntono y que casi no aliviaba en aquel horrible agosto. Di un pequeño sorbo al vaso de plástico, arrugando las cejas. El café estaba demasiado caliente, aún.

- Es curioso que haya sido el primero en saltar. - dije, liberado tras tanto tiempo pensándolo. La respuesta se demoró, pero fue certera:
- Das muchas cosas por sentado.
- La eme con la a; ma, querido. Ni a los veinte, vaya.

Dani miró hacia la puerta, diez metros más allá. Sillas vacías a los lados, sólo. No va a venir nadie. Nadie más en el velatorio, siquiera la madre que, puede, estuviese por llegar. Es lo que tiene. Pero el entierro se llenará, eso sí. Al ser pequeña, era fácil llenar la iglesia de gente que ni lo saludaba por la calle, y a la madre luego lo siento, lo que haga falta, todo mierda.

Tenía las plantas de los zapatos todas destrozadas, debería comprar otras. Claro, está el concepto de fracaso. Fracaso en la vida; nosotros tres. Menos social de lo que algunos dirían, porque la vida un año y otro y otro...y no será por no intentarlo. Pero aún con todo éxito, para algunos.

- Veinticinco mil algemesinenses le han rajado los antebrazos.
- Qué dramático eres, Víctor.
Inadaptabilidad, desidia, remolinos a la nada.
- Y tantos otros cómplices. O mi culpa también. Qué puñetas, mi culpa.
- Déjalo. - me dijo, sin entender yo si había molestia en ello. Yo no hablaba por sentirme mal, o culpable, simplemente entendía necesario buscar razones. Aunque no sirviera para nada, encontrar el problema de la gente, así, como gran idea.

Nos quedamos callados un rato y miré el café. La funeraria era de un hermano de mi abuelo. El asunto familiar. De cobardes. Matar suicidarse papá mamá. Acelerador. Papá. Recordaba a papá con los ojos llorosos, sentado con un vaso de ginebra en la mano, apoyándose en las rodillas y explicándome: No lloro de pena, lloro de rabia, de impotencia. Fracaso en la vida. Concepto. Conceptual. Y le he dado algunas vueltas todo este tiempo, creo que almenos he conseguido una certera interpretación de lo que quería decir. Pero a saber.

- ¿Tenemos que ir mañana a eso? - preguntaba Dani, refiriéndose al entierro.
- Yo no pienso ir.
- ¿Y qué le dirás cuando te pregunte la madre, si te la encuentras?
- Que no me gustan estas cosas. Y qué coño, es verdad, a esto hemos venido porque querías tú.
- Era lo que teniamos que hacer,¿no?
- Supongo.

Me acercaba de nuevo el vaso a los labios, pero al darme cuenta de aquello me apresuré en el trago y dije en voz baja:
- Mierda, Dani. Mierda, mierda.
- ¿Qué pasa?
La madre de Roger se acercaba desde el otro lado de la calle hacia la puerta del velatorio. No tenía ningunas ganas de verla y tener que hablar con ella como si... como si algo.

- Rápido, vamos al váter. - le apresuraba.
- ¿Cómo que al váter? - para entonces él ya la había visto y sabía que me refería a ella.
- Sé que tú tienes hasta menos ganas que yo de hablar, así que métete y calla.

Le metí dentro cogiéndole la muñeca para luego entrar yo. Cerré la puerta silenciosamente. Estaba seguro de que no nos había visto, aunque por poco. Jamás he tenido vista para eso de los metros cuadrados, pero aquello qué serían, ¿siete, ocho? Tenía sus vateres de pared y encerrados, sus espejos y picas, lavamanos secamanos.

- Y ahora cómo salimos. Es decir, cuándo. - me inquiría él.
- Se fumará un cigarro y luego se irá, como hacía en su casa. - expliqué con cierto cinismo.
- No creo que pase así.
- No me líes ahora, Dani.

Estábamos encerrados. En el techo había una rejilla de ventilación; huir como en las películas de espías. No creo. Le di un sorbo al café, pero ahora que se había enfríado, descubría lo insulso que era. Agh. Esa máquina sólo tenía hasta nivel 4 de azúcar, maldito montón de chatarra. No tenía ganas de más y aún estaba por la mitad, por lo que lo eché en una pica. Debía estar atascada porque el líquido marrón se quedó ahí. Al intentar echar algo de agua sólo conseguí duplicar el volumen y que perdiera un poco de tono. Da igual.

Entonces me encontré con el espejo, inquisitorial. Los ascensores de los hospitales no tienen espejos; piensan en todo, los cabrones. Pero ahí me veía, con el pelo deshecho y el vaso de no-café en la mano. Y esos ojos. Era un oficinista amargado. Ya lo era, en potencia como decían algunos de estas cosas. Casi podía verme la corbata azul deshilachada apareciendo por arte de magia. Qué asco todo. Cuando la botella se vacía, no vale ya nada.

Habían pasado cinco minutos en los que no nos decidíamos por nada. Dani sacó su funda de harmónica del bolsillo y la abrió. Dentro llevaba uno de sus porros hechos de casa.
- Dios, ¿tiene que ser ahora? - le dije.
- Tranquilo, sólo huele a tabaco.
- Pero si alguien te ve eso...
- ¿Y si nos metemos ahí? - dijo señalando los cubículos con váteres.
- ¿Juntos?

Observé para intentar agudizar el ingenio. McGyver, películas de espías. Las puertas tenían el bajo de las puertas abierto, estúpida tradición de discoteca. Sólo que sin cosas escritas, sería grotesco ahí.

- Podemos...podemos fumar pasándonoslo por debajo de las puertas. Así si entra alguien, con que le demos una patada hacia atrás o lo tiremos al retrete, basta.
- Mmm, está bien. Y si entra alguien, ¿salimos o nos quedamos?
- Vaya, no sé. Creo que mejor quedarse.
- Sí.

Había tres, así que me metí en el de la derecha para poder pasar y recibirlo desde la derecha, una tonta preferencia que tenía. El chasquido del mechero varias veces.
Pfff. Esperé pacientemente buscando formas en el mármol, pero me di cuenta de que todas las baldosas eran la misma. Dani exhaló una tercera vez y me lo pasó.

Di una calada todo lo grande que pude. Aún con ello, jamás tenía la sensación de llenarme los pulmones; no tenía esa horrible densidad del humo del tabaco. Era una sensación muy agradable, la de inspirar así, sujetando aquello con la mano. Me preguntaba cuántas cosas y de qué tipo podían cambiar a la larga, aunque fuera en mi cabeza.

- ¿Cómo estás colocado?
- Nada, aún.
- Digo de posición.
- Ah.- comprendió- Sentado, tú?
- Sentado también.
- Ya lo tienes mucho rato.
- Vale, vale.

Pasé el cigarro por debajo de la puerta, dejándolo en el suelo en el espacio entre ambos. Un lugar claustrofóbico este. La Sonata para piano de Chopin. Y el Jazz y todo lo demás. Ya podría quedarme yo el piano, porque desde luego el hermano no lo piensa tocar.

- El otro día me di cuenta de que People are strange va sobre las drogas, es decir, sobre ir drogado.¿No te lo parece? - pregunté, dejando implícito cómo llegué a descubrirlo.
- No lo sé. Tienes que probar a escuchar Not to touch the earth. Bueno, el otro día escuché un disco entero, fue impresionante.

Faces get ugly, when you're alone...


El cigarro apareció de nuevo bajo la puerta. Al recogerlo me vi los brazos, ya desde principios de la adolescencia venosos como los de mi padre. El eterno retorno. Según días parecían geniales, y otros, esqueléticos. Puede que fuera la iluminación, o un trastorno bipolar. Ahora eran mitad y mitad.

- ¿Cuántas has recuperado, Dani?
- No me presenté a los exámenes.
Con el silencio se escuchaba el fluir del agua por las cañerías. Música de cañerías, aquella chica me dijo que lo leyera, no lo hice. Qué guapa era. Pero eran relatos.
- Te podría haber presentado, al menos.
- Ya. -dijo, conciso. -¿Notas algo?
- Aún no.
- Tengo ganas de escuchar música, ¿vamos a tu casa?
- Sí, mejor, antes de que empiece a querer abrazar coches en marcha.

Entreabrimos la puerta para ver si alguien podía vernos hasta la salida. No había nadie. Puede que la madre estuviera en el despacho de mi tío abuelo. O sería el hijo del tío abuelo, que ese caso sería tío..hermano? Cómo puñetas se llamaba. Da igual. Pudimos salir afuera con tranquilidad, dónde dos mujeres mayores cotorreaban, con un carro de la compra reposando al lado como una mascota.

- La señora Encarna dice que vio al hijo de Paqui con esos chicos del parque.
- Aay, eso que parecía un chico bien.
- Pudiendo ser abogado como el padre, y quién te ha visto quién te ve, se ha puesto dónde...
- Se ha echado a perder. Pero mi nieto ahora...

Dos mujeres putrefactas chasqueaban lenguas ensalivadas, metiéndome el sonido en la cabeza. Tcc, tcc, tcc. Sonaban como cucarachas; así encogidas casi lo eran. Como si engullendo el aire que intentaba respirar. Tcc, tcc. Dani y yo cruzamos en rojo cuando dejaron de venir coches de cerca, y nos fuimos a mi casa antes de que se pusiera el sol.


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Probando un poco con esto del monólogo interno, que mola mucho. Y ya empiezo con personal jokes que nadie pillará en la vida. Nah, pero de momento soy bueno /para con el alumno/, como decía mi profesor de matemáticas. Maldito Joyce.

Not to touch the Earth - The Doors
Música bien alta, por favor.

Formspring

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho. Un saludo

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  2. Anónimo15:05

    El párrafo final es muy genial

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