jueves, 21 de noviembre de 2013

Maníaco 3

Anoche, mientras intentaba dormirme, pensé en la posibilidad de alcanzar la locura misma. Imaginé una historia enorme, como que gradualmente se fuese excitándose en mí una fase maníaca que me hiciese olvidar los estudios y hablar con los demás y cualquier cosa importante, que empezasen a recetarme pastillas porque algún día hiciese algo que fuese "demasiado". Y que mi familia entrase en mi cuarto y hubiese gritos y supieran que eso iba a pasar. Que eso durase mucho tiempo, y que siguiese creciendo y creciendo. Mi cabeza dando vueltas sobre sí misma.

Supongo que todo eso fue como un relato. Hubo un momento en el que algo hizo click en mi sistema neuronal, me dejó en un estado de suspensión, y fue como si fuese real, inevitablemente real por unos segundos, como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento, delante de mí. Como si efectivamente todo fuese a pasar así y no pudiera evitarlo y fuese a la vez trágico y conmovedor, una cinta de casette y una pesadilla metidos dentro de una trituradora. El click se deshizo. Sólo fue una historia tonta en la que yo me había tomado como personaje. No me importaba perder la vida en un remolino, pero unos minutos más tarde temblaba de miedo, luego no supe si ocurriría. Por un momento. Y luego no,  y luego sí, y luego definitivamente no, nunca iba a pasar, qué tonterías.

Luego parecía que no y que me iba a dormir. Escasamente.

Me puse a recordar algo que soñé una vez; que estaba en un bar y que pensaba en explicarle a alguien, sentados ambos en taburetes, que cuando estoy despierto, noto a menudo que en mi cabeza sigo acostado, soñoliento, cansado, con los ojos cerrados incluso, como si en un plano pegado al real cargase con alguien que se cruza perpendicularmente conmigo, acostado y abrazado a una almohada, siendo ese alguien yo mismo. Ese ángulo no es siempre el mismo, cambia a menudo, y es casi medible, una medida que nunca me atrevería a confesar y que probablemente poco importase.

Entonces trataba de explicarle a la persona en esa barra de bar (en la realidad, en mi cabeza, en el sueño, qué más daba ya) que en este momento, en esta turbulenta época mía, sentía que ese cuerpo colgaba a 180 grados, esto es, la cabeza a los pies, los pies en la cabeza, sin almohada ya, y que vivía mis días así, caminando, pensando, hablando, como una sucesión de temerosas comas coladas en mitad de un centenar de acciones cotidianas.

Todo esto lo pensaba en el sueño, como un hilo de lana articulado, difícil de romper o encarrilar. Me di cuenta entonces de que, al recordar las escenas de mi sueño, había vuelto a verlas como imágenes de un film, lo estaba viviendo de nuevo, había caído en él.

Abrí los ojos, viendo sombras en el techo. Rara vez sabía, tras una noche intranquila, si había conseguido dormir, como si un hada pasase y me concediese el cosido neuronal de esas horas perdidas. No sabía cuando sí y cuándo no, llegando a estremecerme pensando que tal vez todo era un sueño excepto los viajes de tren, o excepto los momentos ante el lavabo, acompañando a estos la sensación de aterrizaje.

Caí del taburete al suelo, chocando con un estrépito irreal en relación a la altura, como si fuese lo mejor o lo único que podía realmente decir. Los focos iluminaban, el hombre seguía allí. Como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento.

Abrí los ojos. No sabía qué hora era. Mi mundo mental se alejaba respecto a la forma en la que se organizaba el mundo, incluyendo un injusto, impulsivo desdén hacia todo espíritu práctico, decidido o ambicioso, que intuía temporal, estratégico. Pues algo impulsaba (con la escasa noción de poder realmente controlarlo o decidirlo) a ir hacia delante en este razonamiento, como esperando a la conclusión, a la síntesis de ese caldo primordial, al nacimiento de un pececito que, tras tantos engranajes, poco devolvería al mundo de lo práctico, pero que terminaría con todo este tránsito que suponía pasajero. Esa noche, si acaso hace falta decirlo, tardé mucho en dormirme. ¿Qué ocurriría si esa síntesis no llegaba nunca?

viernes, 18 de octubre de 2013

Maníaco 2

Anoche, mientras intentaba dormirme, pensé en la posibilidad de que fueses la locura misma. Imaginé una historia enorme, como que gradualmente fueses excitando en mí una fase maníaca que me hiciese olvidar los estudios y hablar con los demás y cualquier cosa, y que me empezasen a recetar pastillas porque algún día hiciese algo que fuese "demasiado". Y que mi familia dijera que eres una mala influencia, entrando en mi cuarto y diciéndome  que no debería volverte a ver nunca. Que sacralizase tu piel blanca con un aura de misticismo asexuado y sexual, a tiempos saltarines, como corriente alterna. Que te escribiese poemas de varias páginas y canciones y cortos y pensase qué cosas decirte para crear una situación perfecta. Que eso durase mucho tiempo, y que siguiese creciendo y creciendo. Mi cabeza dando vueltas sobre sí misma.

Supongo que todo eso fue como un relato. Hubo un momento en el que algo hizo click en mi sistema neuronal, me dejó en un estado de suspensión, y fue como si fuese real, inevitablemente real por unos segundos, como ver imágenes de archivo o como si directamente estuviese pasando en ese momento. Como si efectivamente todo fuese a pasar así y no pudiera evitarlo y fuese a la vez trágico y conmovedor, un sueño bucólico y una pesadilla metidos dentro de una trituradora. El click se deshizo. Sólo fue una historia, yo un personaje y tú otro. Pero que consiguieras eso, llevándome de la mano... no deseaba otra cosa, y no me importaba perder la vida en un remolino. Por un momento. Y luego no,  y luego sí, y luego definitivamente no, nunca iba a pasar, así que me enfadé con mis neuronas y mis hormonas. Quedé desolado, y luego me dormí.

Maníaco 1

Apunta alto
Dispara tus balas
Hasta que las muescas de percutor
Digan basta.

Eso decía mi padre. Sí, mi padre intentaba escribir poemas, a pesar de no haber tocado un libro en su vida. No, qué va. Quería empezar así esta historia, no sé a qué vendría, pero no, mi padre nunca hubiese dicho una tontería así. No sé por qué viene a mí cabeza ahora mismo, en una clase de cómic. De cómic. Un revólver, cómic. No es tan ilógico. Pero quería seguir con ello. El profesor ha pasado un corto de dibujos animados. Y vaya, qué risitas sueltan todos.

Tengo dos teorías:

Efectivamente, ríen con sinceridad. El estado grupal incrementa la suspensión de la incredulidad, y el cine se vuelve verdaderamente cine. Como niños grandes ilusionados, con envidiable actitud de admiración, ríen con la ridiculez de cada gag y cada patada en el culo.

O por contra, es una risa inconscientemente nerviosa, la necesidad de reír por rellenar el hueco social. Corresponde a esa misma tensión, el nerviosismo palpable en las casas en las que el televisior se deja siempre encendido, para que hable un poco por todos, para que parezca que el día está siendo un día en el que está pasando algo verdaderamente.

Pienso con temor, en esos días en los que mientras intento dormir suenan dos televisores o más, en la posibilidad de que en algún momento actúen como dos chirriantes megáfonos de publicidad, trabajando simultáneamente, cosa que ocurrirá inevitablemente en algún momento de la noche, sin que nadie parezca molestarse. Una televisión con el volumen alto no parecía extraño como tercer invitado a una conversación entre marido y mujer.

Yo estudiaba eso, estudiaba el ruido.

Últimamente le doy tantas vueltas a una idea algo tonta. Tonta por irrealizable e idealizadora. Pienso que ojalá hubiese coincidido temporalmente con mi padre de otra manera. Que tal vez si le hubiese dado a leer un poco de Hemingway, al cual yo mismo no llego de a abrazar, y cuya elección sería incapaz de justificar, mi padre se hubiese sentido menos solo. Y esa incomprensible pena en su rostro tal vez hubiera suspirado, melancólicamente aliviado. Pero siendo un niño, qué va a entenderse de un hombre que dice, sentado y lacrimoso: "No lloro de pena, lloro de impotencia" ¿Qué conservaba yo de aquello, de aquello que fue todo menos eso? Una pensión a media vida.

El aula está por debajo del nivel del suelo, si alzas la vista puedes ver las piernas de la gente que pasa por la acera.  Cuando llueve mucho, pienso  que el agua entrará y que ese subterráneo se llenará como una pecera, todos flotando. Dentro de un año, la pecera se vaciará, yo no seré más que un pequeño recuerdo en las cabecitas de gente que tendrán, probablemente, carreras buenas, decentes, brillantes.

Mira tus pies.
Mira tus cordones despasados
Siente la holgura
De tu zapato.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Anhelo

Sentado una de las mesas, tiene la cinta de casette entre las manos, dando sobre ella golpecitos con uno y otro de los bordes, rítmicamente, para tratar de calmarse. Un reloj publicitario colgaba de una pared, que movía su enorme aguja sin hacer ruido. El hueco de la pared tras la barra que no cubría la enorme maquina de café, era un trozo de espejo que reflejaba tras él el tren en uno de los andenes de la estación. Llevaba medio minuto ya sentado y estaba inquieto porque pronto la camarera saldría de la barra para preguntarle si quería tomar algo. Pero allí sería más fácil. Por eso le convenía ir ya.

Se aproximó al mostrador a pasos colgantes, llegó hasta allí, quedándose de pie al lado de un taburete, y con la mirada medio agachada se quedó unos segundos parado. Tamborileó los dedos de la mano con la que no sujetaba el casette (con las falanges más exteriores agarrando un borde y la parte baja de la palma el otro, ejerciendo una ligera fuerza por los nervios).

- Hay una cosa.... Bien.

Ella no vería el cassette, se dio cuenta, hasta que no levantase el brazo, puesto que el mostrador de cristal, encima de la barra, bloqueaba su visión. Se sintió abrumado por la cantidad de cosas en las que tenía que pensar cuando ni tan sólo lo había dicho aún. Pensando en los segundos que había gastado ya, levantó la mano con la cinta impulsivamente.

- Hay una canción que me gustaría... poner aquí. Bueno, sería un favor. Ponerla en el hilo musical. Sé que es..bien, raro. Si no quieres no pasa nada. O puedes escucharla antes si quieres también.

- Vaya. - contestó ella, emitiendo una risa de desconcierto. No sé qué decirte. Aunque quisiera, hace tiempo que ya no tenemos un equipo con casette. De hecho tampoco lee CD's, lo tengo que traer con un pen.

- Yo lo había grabado con... mi grabadora, qué tonto, debería...debería haberlo pensado, sí.

- ¿Es una canción entonces? Yo no te diría que no pero... Vaya, no sé. ¿Qué canción es? ¿Por qué quieres ponerla?

- Sí, es una canción. Piano y voz.

No se atrevió a decir más. La camarera se giró sin decir nada para atender la silbante máquina de café. Aquí tienes, dijo, poniéndole un café al hombre sentado en otro taburete. Mira hacia atrás, al interior de la estación.

- Si me hubieras dicho esto un día con mucha gente igual te habría despachado de malas formas, la verdad. Aunque por lo que dices, tu plan tiene más lógica si hubiera un poco más de gente. Pero no te he visto nunca aquí, has venido sin más.

- Sí, lo sé, es un poco raro. Perdona no te he pedido nada para comer, qué mal. Puedes ponerme lo que quieras. Aunque no tengo mucha hambre.

- No hombre, no voy a hacerte comer si no tienes hambre. No te preocupes.

- Gracias.

- No soy de esas personas amargadas al menos, en cualquier otro bar una perra de esas te hubiera mandado a la mierda de primeras, tuvieran un buen o mal día. La idea del casette es rara de cojones, de todas maneras.

- Pareces hablar bien con la gente, imagino que serás una buena camarera.

- Me lo tomaré como un halago, - dijo ella riendo - aunque ser algo más que una camarera tampoco estaría mal. Pero como nunca he sabido qué estudiar ni qué hacer... Había pensado biología, pero tampoco me gusta tanto tanto.

Ella cogió un trapo y se puso a limpiar el mostrador, y luego un par de mesas. Él se sentía algo molesto a causa de las interrupciones. Jamás se lo hubiera dicho.

- Lo que habías dicho del pen... ¿Traes tú la música? - preguntó él.

- A veces sí hago alguna lista. Pero he de pensar, ya sabes, que no desentone mucho y todo. Así que lo hago alguna vez cada mil. Suelo poner la radio.

-¿Te gusta lo que suena ahora?

- Y... ¿crees que lo he traído yo?

Él sonrió y dijo que no con la cabeza, acompañado de un susurro.

- A mí tampoco me gusta mucho, pero es lo que echan en la radio. Lo pongo bajito y ya está. Ahora que lo pienso, puedes buscar la canción en internet, ¿no? - preguntó Ah, no, espera. - dijo entonces, modulando su voz alegremente- Claro, ahora lo entiendo, ahora lo entiendo. ¡La cantas tú! Mmm. Empiezo a dudar de si la pondría. - Dijo, riendo.
Él se quedó callado.

- Oye, es broma. Si es muy importante esa versión tuya, hay sitios donde te lo pasan a CD. Igual es un poco caro, pero tampoco creo que demasiado.

- Se perdería calidad.

- Noo. No es que lo pongan y lo graben, lo hacen directamente.

- No sé.

Ella se giró, agitándosele la coleta, y entró en lo que parecía ser el almacén. Salió con un par de bandejas, con bollos y bocadillos, que colocó cuidadosamente en el mostrador de cristal.

- Cuando no sé de qué hablar siempre me pongo a hablar de mi último sueño, pero es demasiado fácil, no me gusta.

- Qué más da. Es gracioso, a veces me parece que mientras sueño ya sé el significado de lo que estoy soñando.

Volvió a mirar atrás hacia le estación un momento. Miró el reloj nerviosamente, eran las siete y media pasadas. Un tren salió de la estación y las ventanas vibraron fuertemente. Ella percibió un gesto extraño en su cara, entonces pareció mirarse las manos extendidas y luego empezó también a palparse los brazos.

- Puedo... ir al baño? - preguntó.

- Claro, pero tengo que darte la llave.

Él levantó la mano, después de que ella hubiera dejado la llave sobre el mostrador dejando la mano reposar allí un lánguido segundo. Entró en el baño, llevándose consigo la cinta.

La camarera permaneció en su sitio, el hombre permaneció en su sitio, el reloj permaneció en su sitio. Por descontado, lo hicieron también el mostrador, las mesas y los cristales.
Cuando salió, ella hablaba con el hombre del taburete. La última palabra fue “raro”, lo que al joven le pareció sospechoso y le inquietó enormemente.

- Perdón, dijo. Entonces hubo un silencio cuya duración pareció meditar (o tal vez pensaba en otra cosa). - Perdón.

- Oye, ¿te pasa algo?

- ¿Sabes? Un día vi a un hombre en el tren leyendo una revista sobre trenes. Leí un trozo desde donde estaba yo. Comentaba algo sobre el tapizado de los asientos. Me hizo un poco de gracia.

Ella rió y no preguntó nada más. ¿Alargaría su mano hacia el si no fuera por el mostrador de bollos? ¿Le gustaría que le tocase los pechos más que cuando lo hiciese otro chico? Parecía tener unos pechos preciosos. Claro que le pasaba algo.

- Habías dicho que era piano y voz. Claro, cuando lo has dicho pensaba que decías una canción de la radio. Vaya, qué bonito.

Ella tenía una de las voces más bonitas que había escuchado. Aguda y dulce. Incluso comparada con voces líricas. Pensó que ella sería una alto maravillosa, aunque no se atrevió a decírselo.

- Está en alemán. Es de Schumann. Bueno, el poema es de Heine.

- A mí me haría falta aprender un poco de alemán. Ya sabes, por probar a irme. Tal vez lo haga, pero
tendría que encontrar tiempo.

- Eso estaría bien. Aprendí un poco de alemán leyendo poemas. ¿Quieres... que te escriba la letra?

- Eso seria maravilloso.

El joven sacó una pequeña libreta de su bolsillo y le pidió un bolígrafo. Ella lo suspendió en el aire delante de él, por encima del mostrador. Lo cogió de su mano, fue el único momento en el que levantó la vista, y la vio sonreír. Empezó a escribir la letra. Ella, aprovechando esos momentos, entró en la despensa para sacar un par de bandejas con bollos y bocadillos. Cuando terminó de colocarlas en el mostrador, el ya había terminado de escribir los dos párrafos, arrancó la hoja y la sujetó con el casette.

- Ah, y en fin, no me había contestado. ¿Por qué querías que la pusiera?¿Sólo para que la escuchemos tres personas?

El se quedó callado. Saboreando su silencio, se dio cuenta de que no era un silencio del tipo que esperaba. En el vibraba una inquietud muy ligera. Se sintió animado, más en control de quién era él y lo que hacía, entendió que eso debía ser, no podría ser otra cosa, confianza.

Entonces, entonces, contestó:

- ¿Sabes lo que me gustaría hacer? ¿Lo que de veras me gustaría hacer? Poner la cinta en la estación. Que toda la gente estuviera moviéndose aquí y allá... Me gusta imaginar que se parasen, y que al principio fuera de la sorpresa si, pero que entonces de verdad se parasen por eso. Que vieran que es más bonito de lo que creían que podía ser una música. Que alguien pensara que no importa perder el tren por escucharla. Que todo se detuviera, como si fuera un sueño.

- Mari cóbrame – dijo el hombre desde su taburete.
La camarera estaba pensativa.

- Ma-ri – la llamó, con tono más severo.

Ella se fue hacia el hueco frente al hombre, precisamente al lado de la caja registradora. El chico se incorporó un poco hacia atrás, y las patas del taburete hicieron un sonido chirriante. ¿Les sonreiría a todos? Hacía también un estúpido ventilador que no hacía falta, no hacía tanto calor. ¿Por qué no le había preguntado por la traducción cuando ha visto que estaba en alemán? ¿Por qué NADIE podía pararse a escuchar DOS minutos?

- Amigo. - dijo rudamente el hombre a su lado. - Eh, amigo.

Dejó con un golpe sobre el vidrio del mostrador el casette y la hoja y se levantó airoso. Salió por la puerta que daba a la calle sin mirar a nadie, y la puerta se cerró sola tras de él.

- Si lo pusieran por los altavoces de la estación también se escucharía algo distorsionado -murmuró ella. - Aunque sería más bonito así supongo.

La joven camarera permanecía en su sitio. El hombre, permaneció en su sitio, el reloj, permaneció en su sitio. Por descontado, lo hicieron también el mostrador, las mesas y los cristales. La estación permanecía en su sitio.



Im wunderschönen Monat Mai,
Als alle Knospen sprangen,
Da ist in meinem Herzen
Die Liebe aufgegangen.

Im wunderschönen Monat Mai,
Als alle Vögel sangen,
Da hab' ich ihr gestanden
Mein Sehnen und Verlangen.


En el maravilloso mes de mayo,
cuando todos los capullos se abrían,
fue entonces cuando en mi corazón
nació el amor. 

En el maravilloso mes de mayo,
cuando todas las aves cantaban, 
yo le confesé a ella
mis anhelos y deseos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Motivación

Se calentaba Gabriel unos canelones envasados al microondas, cuando escuchó que alguien llamaba a su puerta. Tres montones de platos sucios se amontonaban sobre la mesa, y uno se había caído al suelo el día anterior y permanecía en varios pedazos en el suelo, esperando a ser recogido. El reloj de la cocina marcaba las 11.50, pero llevaba en esa hora unas cuantas semanas.  Por la luz del sol sabía que eran las 5 o las 6. “¿No era domingo? Joder.” - masculló. Salió de la cocina y entrecerró la puerta para evitar que se viese desde la entrada todo el desorden. Fue hacia la puerta imaginando quién era, y efectivamente, al abrirla, saludó a la mujer y la niña que esperaban allí.

- Hola. – las saludó Gabriel
- Te traigo a la chiquilla. – dijo la mujer, quien hizo una mueca, que hizo poco esfuerzo por disimular, al ver sus mangas largas en pleno mayo, sabiendo qué ocultaban.

Él soltó un bostezo apagado. La niña, que estaba a su lado, llevaba el uniforme de la escuela, que incluía unos mocasines negros en cuyo brillo se fijó Gabriel.

- Ya. Hola Ester – dijo agachándose hasta estar al nivel de la niña, subiéndose las gafas.
- Hola.
- Es lo único que te falla, decir hola y adiós.
- Pero si te he dicho hola! – protestó ella.
- Pero el otro día no dijiste ninguno de los dos.
- Es que… hay una chica de mi clase que no dice nunca hola y adiós.
- Pero si tú intentas decirlo, siempre harás el día de alguien un poco mejor.

Ella dijo que sí con la cabeza y Gabriel volvió a erguirse para hablar con la madre, que le observaba la escena con una fría sonrisa. El timbre del microondas sonó y se hizo un incómodo silencio, durante el cual ella intentó asomar la cabeza con pretendida discreción para averiguar el estado de la casa.

- ¿A qué hora vendrás a por ella? ¿Como el otro día?
- A las 7, sí.
- Está bien, tendremos tiempo, imagino – dijo – pasa Elena, pasa.
La niña pasó hacia adentro.

- ¿Te has tomado las pastillas hoy?
- Sí – contestó él, secamente.
- Lo hago por tu madre, me insistió mucho con que te buscara algo.  Con todo lo que le hiciste sufrir, no eres ni para ir a verla ni nada. – dijo, tras lo que se dio la vuelta un momento para darle al botón del ascensor, que había cogido otro vecino. - En vez de salir y buscar algo. Mi hijo se ha ido a Londres a trabajar en un hospital, le puso ganas y ahí está. Pero claro, esto es más fácil.

Mantuvieron un silencio mientras llegaba el ascensor, en el cual la mujer volvió a estirar el cuello para ver el interior.

- ¿No piensas decir nada?
Él levantó los hombros, mientras pensaba varias contestaciones que no le merecían la pena. El ascensor llegó y ella se metió en él sin decir nada.

“Pelmaza”, dijo Gabriel tras cerrar la puerta.

Gabriel volvió a la cocina y sacó los canelones del microondas. Toda la cocina olía a ellos. Los pinchó con un tenedor y se fue para el salón, tras subirse las gafas. La chiquilla se estaba quitando la mochila contra el sofá. Mientras tanto, fue hacia su habitación y se tomó dos pastillas del frasco del segundo cajón de la mesita. Pensaba en qué tema de conversación darle a la niña antes de empezar a hacer deberes. No tenía ganas de ponerse a hacer con ella sumas o los típicos ejercicios.

La niña ya había venido un día la semana anterior, en el cual repasaron unos deberes de inglés, comprensión de un texto en lengua y matemáticas. No le había parecido especialmente despierta. Tenía una importante dificultad a la hora de enfrentarse a razonamientos lógicos. Pero le había dado una fuerte sensación de que no era algo innato, sino que simplemente no habían sabido enseñarle bien, ya no conceptos, sino relaciones entre ellos.

- Ay, no veo nada. – dijo la niña, refiriéndose a la oscuridad del comedor, en el que estaban las persianas bajadas.

- Sí, perdona, ahora abro. ¿Qué deberes tienes hoy?
- No tengo.
- ¿Cómo que no tienes? – preguntó él. Levantó la persiana y la habitación y sus muebles, la mayoría viejos y en un digno estado, pudieron al fin verse bien.
- Pues porque la profesora se ha puesto malita, y ha venido un chico alto que nos ha puesto deberes pero para clase, no para casa.
- Ah, ya veo, ya veo.  – sonriendo ligeramente.
- ¿Y por qué hace tu madre que vengas, entonces?
La niña subió los hombros.

- ¿Cómo llevas las sumas llevando?
- Bien.
- ¿Y leer?
- Bien.

Gabriel se rascó la cabeza.
- ¿Has dado ya las tildes?
-¿Qué son tildes?

Buscó por su estantería hasta encontrar un título en el cual hubiese una tilde, y señaló donde estaba, encima de una a. Sonrió para si mismo, además, pues se decía desde hacía ya años que quería releerlo porque la había leído una sola vez, a los 15 años, y no lo recordaba casi. Se había hecho muchas veces el recordatorio, en tardes o semanas enteras en las que había terminado por no hacer nada.

- Ah, los acentos, sí lo he dado.
- Vaya, pues déjame pensar.

Gabriel sentía que no era una tarde en la que tuviera ganas de pensar o resultar ingenioso de ninguna manera. En ese momento sólo tenía ganas de meterse en la cama. Quería que fuera ya invierno, dejar abierto para que entrase el frío y taparse con mil mantas y no salir para comer ni para nada. El verano (casi verano, entonces) tenía ese humillante empuje hacia lo agitado. Pero entonces tuvo una idea que le dio energías.

- A no ser… ¿Has dado música clásica en la escuela?
- Sí, Mozart. 
- ¿Y te gusta?
Ella encogió los hombros.

- Mmm, si quieres puedo ponerte un poco de música en vez de hacer deberes. Pero espera que dé un par de bocados. No me gusta comer mientras suena música, ¿sabes? Es como una falta de respeto.

Dio un par de pequeños tenedorazos. Buscó algún disco entre su colección, repasándolos con el dedo. Sintió que era una decisión importante. ¿Qué piezas podía enseñarle? Tuvo una sensación curiosa; de repente, de la supuesta biblioteca musical de su cabeza, sólo le venían un par que pudieran, tal vez, gustarle. Sólo le venían las que había escuchado en el último año, pues en realidad los discos andaban algo escondidos. Y las piezas que pensaba, ni siquiera las sentía adecuadas para ese momento. Tenía que haber alguna que pudiera sorprenderla mucho. ¿La sinfonía número 40? Era demasiado típica.

- ¿Qué autores has dado en la escuela?
- ¿Autores?
- Compositores de música, digo.
- Ah, Mozart!
- ¿Y alguno más?
Ella se encogió de hombros.

Imaginaba la mente de los niños como una cámara con una lente que lo distorsionara todo de manera especial. Imaginaba el impacto de los estímulos en ellos. Un sonido como una substancia fluida, como al apreciar la materialidad de un río que discurre y ver sus pequeños remolinos y texturas. Imaginaba su sorpresa inocente ante lo inesperado.

No había pensado con detenimiento qué pieza poner pero estaba impaciente por ver su reacción. Obviamente no podía ser una pieza que requiriese de demasiado análisis, pero podría intentar...sí, explicarle alguna cosa, claro. Sonrió con la idea. Cogió el concierto para clarinete y lo puso en el reproductor.
Empezaron a sonar los violines. Él veces se había puesto a explicar cosas de las piezas, solo, echado en la cama o sentado, imaginando que se lo explicaba a alguien. Ella estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos bajo el mentón.

- Ves, es muy bonito como entran las flautas en esta parte, escúchalo. – dijo, animado.
- Tú ves Dora la exploradora?
- Shh, escucha.

Las flautas sonaron y él miraba la cara de la niña. No parecía haber demasiada sorpresa en ella. Pensó que tal vez había escogido una versión demasiado lenta, aunque sin duda así era mejor, pero tal vez para ella... Era un trozo que le había provocado unas pequeñas lágrimas inconscientes, hacía años. No había ningún retoque necesario, lo ponía, y la música estaba ahí, daba igual la versión. Dejó la musica un poco más, decidió esperar a la repetición del fragmento tras una frase secundaria. Tal vez la recapitulación le afectaría más. Pensó en el volumen también. Hacía unos años, le parecía que siempre encontraba el punto justo, místico, en el cual debía dejar el volumen en cada momento, ni demasiado fuerte ni demasiado flojito. El año anterior había pasado a ponerla fuerte, hastas sentir las vibraciones en la piel. A veces a las 8 de la mañana, o a las 10 de la noche. Y entonces desde aquello la ponía más bajita aunque últimamente ya no se la ponía mucho. La pieza terminó, ella tenía las manos bajo el mentón, los codos sobre el regazo.

- ¿Te ha gustado?
Ella negó con la cabeza.

- Vaya, pues no sé. - dijo. El reloj sonaba en la cocina. Ester se quedó mirando el ya casi inexistente humo que se elevaba desde los canelones, luego miró alrededor.
- Quiero tocar el piano. - dijo ella señalando un teclado que había en un rincón, con la pieza aún por terminar, exactamente en el minuto dos.
- Es un teclado, no un piano. Pero está bien, claro.

Muchos padres apuntan a sus hijos en el conservatorio cuando son pequeños. A piano o a violín. Casi todos terminan odiándolo. Es importante el principio, las primeras veces que contactan con la música. Es difícil también saber que instrumento coger. Puedes darle una flauta, y amar el violoncello y no saberlo. Ellos no lo saben.

Está un poco desafinado- dijo. - Eso significa que algunas notas no suenan exactamente como deberían- continuó un poco después, mientras la niña jugaba a subirse a la banqueta como si fuese algo imposible por la altura.

La forma en la que la tratase era primordial, Gabriel lo sabía. Sabía que podía sacar algo de ella. No se la veía muy despierta, pero... le podría enseñar, claro, era una chica con energías, eso sin duda. Si le iba contando curiosidad, podría hacer que se interesase. Con la pieza de antes, debía haber escogido mal la pieza, o el momento... Los adultos no saben explicar cosas a los niños, cuando sólo hace falta un poco de empatía, saber que una cabeza puede funcionar de otra manera. Diferente, no peor.

- Mira, hagamos una cosa. Yo toco estos dos acordes - se los mostró - y cuando toque el tercero...¿Puedes hacer así con estos dos dedos?  - preguntó Gabriel, tintineando los dedos índice y corazón. La niña se movía constantemente sobre su asiento,  moviendo sus piernas. Tocó botones e hizo que el teclado sonara a otros instrumentos.

-  ¿Tú sabes hacer esto? – le preguntó ella, pasando la mano por encima de todo el teclado, de las más agudas a las más graves.
- Sí, querida, sé hacerlo. ¿Pero y lo que te he dicho?
- ¿El qué?

Gabriel resopló, y volvió a tintinear los dedos entre dos teclas. Luego le cogió la muñeca suavemente y le puso la mano en esas mismas teclas.

- Entonces, yo toco estos dos, y con este...- le señaló el lugar donde estaban las notas que ya le había dicho antes. Hizo falta que se lo volviese a repetir. Hicieron otro intento y ella lo hizo al fin. A Gabriel ese cambio de acorde le gustaba mucho hacía tiempo."Sólo una vez, metido en el lugar adecuado, puede hacerte llorar" decía. Ahora lo escuchaba casi como quien escucha un ruido.

Ella no dijo nada. Gabriel estaba nervioso. Vio un mechero encima de la mesa y pensó en fumar, pero decidió no hacerlo por si se enteraba la madre. Más que por perder el trabajo, no quería escucharla soltándole todo el rollo, y luego también su propia madre.

- Puedes tocar un rato tú sola, o los dos si quieres.
- No, quiero jugar con el ordenador.

Se quedó tocando un rato el cambio de acorde, a ella la dejó de banda por un momento porque le apetecía pensar en aquello, abstraerse. Ni siquiera a él le gustaba ese cambio de acorde, desde hacía ya tiempo. Se preguntó qué sentido tenía querer enseñar a sentir algo que ni siquiera uno mismo tiene.

Ella se puso a caminar con los dedos por encima del teclado.

- Ya sé, te pondré Jazz. Si no te gusta el jazz, ya nos tiramos por un puente.
- No, déjame estar con el ordenador.
- Espera, espera, te pongo esta pieza cortita de minuto y medio, y si no te gusta puedes estar con él.

Gabriel intentó cambiar de discos rápidamente. Se sentía notablemente más nervioso que antes, pero también estaba convencido de que aquello iba a gustarle a la niña. Ella jugaba a enredarse el pelo con los dedos. No sabía qué disco coger. No le iba a gustar nada. Puso una pieza. Sonó intrascendentemente.

- ¿Puedo estar ya en el ordenador?
Él se quedó en silencio unos segundos, hasta decir en voz baja, derrotado:
- Sí, claro.
La niña corrió hacia él y enchufó el botón de la torre, sentada desde la silla.
- Oye - le dijo Gabriel- si te pregunta tu madre, di que hemos practicado restas, estás ya con eso, no?
- Sí.

Después de enchufarle el ordenador y ponerle alguna cosa de internet, se fue hacia la ventana y allí se encendió un cigarrillo. Cómo podía ser un niño tan inconsciente de una tristeza tan manifiesta y visible. Miró hacia la calle, el pavimento, los coches, y pensó cíclicamente que el mundo le decepcionaba y que el mundo no valía nada. Jugó a aplastar coches con el dedo. Que nadie merecía la pena, él el primero. Tintineó los dedos en el alféizar. Giró la cabeza para mirar a la niña, con la miraba pegada a la pantalla, la cara iluminada fríamente, la falda le caía a los lados de la silla.

- No se me ocurre nada más - murmuró, mientras cerraba la tapa del piano.



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