El niño hace las preguntas que duelen al hombre adulto
Con una voz aguda y de simpleza.
¿Por qué no ponen más asientos en los trenes?
Mientras juega a pisar la línea amarilla.
El niño quiere acostarse tarde y vivir en el parque
pero sus padres tienen trabajos importantes
que sujetan los pechos del mundo.
Y duermen, seguros, en ladrillos.
En escuela sólo enseñan tonterías.
Los inventos son ahora ingeniería.
El joven tiene asuntos pendientes
Para con la madre naturaleza
y la cabeza de sus semejantes.
Por suerte hay tiempo.
Pero el joven se da cuenta
Del trabajo que requiere
Decir cosas
Y pensarlas.
Los hombres son ahora
Piedra
y tiza.
--
Bienvenidos al principio de algo.
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lunes, 25 de octubre de 2010
miércoles, 13 de octubre de 2010
Gofre
Me detuve delante de aquella tienda, dulces Nora. Sobre el cristal se exhibía un pequeño cartel. Gofres 1,20€. En A-4 impreso y una foto ruda, cruel ilusión la de los primerizos comerciantes. Jamás entendí cómo sobrevivía ese tipo de tiendas, vendiendo cosas de cinco y diez céntimos. Bollicaos y demás, ya...pero no sé. Con los años las ves cerrar, cambiar de dueños...
En el bolsillo tenía 1,45€ en cuatro monedas, y aunque hacía un tiempo ya que no apreciaba el dulce, la barriga me empezaba a doler. Había pasado dos horas con ese absurdo amigo y tener que pensar respuestas a todo me bajaba el azúcar. Sí, esto. Claro, aquello. Uno de los 5 artes de las geishas, decían.
Entré y vi que la tienda era bastante pequeña, tenía a ambos lados los pequeños cofres transparentes con chucherías de colores, y en una vitrina dulces elaborados a mano que eran más caros. Detrás del mostrador había una chica muy guapa con aspecto nórdico, y el que debía ser su novio o marido sentado a un lado, leyendo una revista. Estaba todo cachas.
Al preguntar a qué se refería el cartel, me enseñó un gofre precintado y me explicó que lo metía al microondas y luego le echaba el chocolate. Me vi decepcionado, porque esperaba que fuese natural. Tenía una voz muy dulce, y se le notaba el acento. Yo no sabía que decir.
- Te lo pongo? -preguntó.
Era un asco y casi ni tenía ganas, pero por alguna extraña razón le dije que sí, que bien. El microondas sonaba y ella canturreaba unas notas, mientras yo miraba un poco alrededor. Hacía años que no tomaba chucherías porque no me gustaba la idea de tener ese plástico en la boca. Podía hacer una excepción con la mora, porque me pierde la mora, pero jamás de los jamases un chicle. Me pareció que un momento me había mirado fugazmente. El microondas pitó y la chica sacó el gofre con una servilleta, para ponerlo en el mostrador. Al lado dejó el sobre con chocolate.
- Te caliento más? - Preguntó en su mejorable español. Se había apoyado en el mostrador y los brazos le entreapretaban los pechos. Noté mi cerebro cortocicuitarse como una placa con chips. Su novio sentado al lado, rubio también. COmo en, en...no sé. Russian teen couple hot sex. Qué me pasa.
- No, no hace falta - dije con la sonrisa de modestia.
- Te pongo el chocolate?
Me costaba entender las preguntas, como la escena de Humbert en el hotel, o cuando los nacionales me pillaron con aquello. El más joven era un cabrón. No importa. Dejé las monedas, cogí el gofre con las servilleta y la bolsita de chocolate encima y salí a la calle.
Era un día cálido para ser Octubre. Hacía días que sentía el rededor acelerado, la existencia entumecida. Tal vez me había pasado. Desde cervantes, que muchos escriben así. Y antes imagino, si no de dónde sale toda esa mitología. Hay quién dice que C. era más libre en prisión vomitando el Quijote que el resto de España. No no, españa no, castilla? Lo diría algún gilipollas. Repartí el chocolate descompensadamente, para luego apañarlo según mordía. ¿Eso estaba mal? Gerundio de posterioridad. Ah no. Para luego. Un cuadrado con un poco de chocolate. Dos vacíos más uno con mucho.
Y según caía el dulce vi a aquellos dos jóvenes sentados en el banco. Con manga larga cuando aún hacía calor, y ella unas bonitas gafas rojas. Una mujer gorda con un pantalón de extrachándal pasaba a mi derecha, mientras que unos pasos atrás un viejo con gabardina aceleraba el paso. Míralos ellos, qué bien todo. Bienamente, buenamente. Mi respiración aún estaba agitada.
Aunque no tenía ninguna razón para pensarlo, su cuchicheo alegre y la mirada pasando de una persona a otra y a mí, me hizo creer que jugaban a reírse de las personas que pasaban, como en Annie Hall. Por qué no iban a haberla visto. Ahora muchos leen, y ven pelis y todo eso. Todo subculturales ellos, que se conocen y todo, si hay suerte.
Di un mordisco en una punta al gofre. Sabía a plastico recalentado. Nisiquiera tenía ganas de eso. Asco de vida. Me di cuenta de lo gilipollas que resultaba para cualquiera que me viese, fijándome en eso. El concepto de. Gilipollas. Estaban en un apartado parque, tan bonito. Debían tener dos años menos que yo. Seguro que paseaban por la noche y luego tralarí tralará. Eran ellos, y a parte, la ciudad.
El mundo está lleno de terceros en discordia. Y lo que me fastidia no es su desgracia, sino la necedad ególatra de los otros dos. Sam, ese negrito sonriente de Casablanca, tocaba As time goes by al piano mientras que Boggart y la rubia enblanquinegrecida hacían como que sus vidas nos importan dos leches. Porque los negros no lloran, no follan. Los negritos sonríen y tocan el piano. O te cultivan algodón, si no saben. Bueno, en esas pelis nadie folla. ¿Le practicaría Lauren Bacall sexo oral? Dios, vale, vale, ya.
Me sentía absurdo al masticar, hasta por el simple hecho de caminar. Sentía una fuerte verguenza, infantil e indescriptible; me sentí aliviado cuando giré la esquina. Aún habiéndolos pasado, se me quedaba en la cabeza la imagen de esos dos. Eran una bonita pareja. Tiré el medio gofre que quedaba a la primera papelera que vi. Pensaba en ir un poco más lejos para llegar a donde las bicis comunitarias y volver a casa con una, pero se me habían quitado las ganas y me di la vuelta para llegar a pie.
--
De mayor quiero ser Hal Hartley.
Formspring
En el bolsillo tenía 1,45€ en cuatro monedas, y aunque hacía un tiempo ya que no apreciaba el dulce, la barriga me empezaba a doler. Había pasado dos horas con ese absurdo amigo y tener que pensar respuestas a todo me bajaba el azúcar. Sí, esto. Claro, aquello. Uno de los 5 artes de las geishas, decían.
Entré y vi que la tienda era bastante pequeña, tenía a ambos lados los pequeños cofres transparentes con chucherías de colores, y en una vitrina dulces elaborados a mano que eran más caros. Detrás del mostrador había una chica muy guapa con aspecto nórdico, y el que debía ser su novio o marido sentado a un lado, leyendo una revista. Estaba todo cachas.
Al preguntar a qué se refería el cartel, me enseñó un gofre precintado y me explicó que lo metía al microondas y luego le echaba el chocolate. Me vi decepcionado, porque esperaba que fuese natural. Tenía una voz muy dulce, y se le notaba el acento. Yo no sabía que decir.
- Te lo pongo? -preguntó.
Era un asco y casi ni tenía ganas, pero por alguna extraña razón le dije que sí, que bien. El microondas sonaba y ella canturreaba unas notas, mientras yo miraba un poco alrededor. Hacía años que no tomaba chucherías porque no me gustaba la idea de tener ese plástico en la boca. Podía hacer una excepción con la mora, porque me pierde la mora, pero jamás de los jamases un chicle. Me pareció que un momento me había mirado fugazmente. El microondas pitó y la chica sacó el gofre con una servilleta, para ponerlo en el mostrador. Al lado dejó el sobre con chocolate.
- Te caliento más? - Preguntó en su mejorable español. Se había apoyado en el mostrador y los brazos le entreapretaban los pechos. Noté mi cerebro cortocicuitarse como una placa con chips. Su novio sentado al lado, rubio también. COmo en, en...no sé. Russian teen couple hot sex. Qué me pasa.
- No, no hace falta - dije con la sonrisa de modestia.
- Te pongo el chocolate?
Me costaba entender las preguntas, como la escena de Humbert en el hotel, o cuando los nacionales me pillaron con aquello. El más joven era un cabrón. No importa. Dejé las monedas, cogí el gofre con las servilleta y la bolsita de chocolate encima y salí a la calle.
Era un día cálido para ser Octubre. Hacía días que sentía el rededor acelerado, la existencia entumecida. Tal vez me había pasado. Desde cervantes, que muchos escriben así. Y antes imagino, si no de dónde sale toda esa mitología. Hay quién dice que C. era más libre en prisión vomitando el Quijote que el resto de España. No no, españa no, castilla? Lo diría algún gilipollas. Repartí el chocolate descompensadamente, para luego apañarlo según mordía. ¿Eso estaba mal? Gerundio de posterioridad. Ah no. Para luego. Un cuadrado con un poco de chocolate. Dos vacíos más uno con mucho.
Y según caía el dulce vi a aquellos dos jóvenes sentados en el banco. Con manga larga cuando aún hacía calor, y ella unas bonitas gafas rojas. Una mujer gorda con un pantalón de extrachándal pasaba a mi derecha, mientras que unos pasos atrás un viejo con gabardina aceleraba el paso. Míralos ellos, qué bien todo. Bienamente, buenamente. Mi respiración aún estaba agitada.
Aunque no tenía ninguna razón para pensarlo, su cuchicheo alegre y la mirada pasando de una persona a otra y a mí, me hizo creer que jugaban a reírse de las personas que pasaban, como en Annie Hall. Por qué no iban a haberla visto. Ahora muchos leen, y ven pelis y todo eso. Todo subculturales ellos, que se conocen y todo, si hay suerte.
Di un mordisco en una punta al gofre. Sabía a plastico recalentado. Nisiquiera tenía ganas de eso. Asco de vida. Me di cuenta de lo gilipollas que resultaba para cualquiera que me viese, fijándome en eso. El concepto de. Gilipollas. Estaban en un apartado parque, tan bonito. Debían tener dos años menos que yo. Seguro que paseaban por la noche y luego tralarí tralará. Eran ellos, y a parte, la ciudad.
El mundo está lleno de terceros en discordia. Y lo que me fastidia no es su desgracia, sino la necedad ególatra de los otros dos. Sam, ese negrito sonriente de Casablanca, tocaba As time goes by al piano mientras que Boggart y la rubia enblanquinegrecida hacían como que sus vidas nos importan dos leches. Porque los negros no lloran, no follan. Los negritos sonríen y tocan el piano. O te cultivan algodón, si no saben. Bueno, en esas pelis nadie folla. ¿Le practicaría Lauren Bacall sexo oral? Dios, vale, vale, ya.
Me sentía absurdo al masticar, hasta por el simple hecho de caminar. Sentía una fuerte verguenza, infantil e indescriptible; me sentí aliviado cuando giré la esquina. Aún habiéndolos pasado, se me quedaba en la cabeza la imagen de esos dos. Eran una bonita pareja. Tiré el medio gofre que quedaba a la primera papelera que vi. Pensaba en ir un poco más lejos para llegar a donde las bicis comunitarias y volver a casa con una, pero se me habían quitado las ganas y me di la vuelta para llegar a pie.
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De mayor quiero ser Hal Hartley.
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lunes, 4 de octubre de 2010
Infantiloide quién.
Lo que me gusta del invierno
es dejar que entre el frío
y taparme con las mantas.
Ya escribo como ella;
ahora quiero 1200 seguidores.
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At the chime of a city clock - Lisa Hannigan (Nick Drake)
es dejar que entre el frío
y taparme con las mantas.
Ya escribo como ella;
ahora quiero 1200 seguidores.
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At the chime of a city clock - Lisa Hannigan (Nick Drake)
viernes, 24 de septiembre de 2010
Extraño adiós
El cuerpo de nuestro único buen amigo, si es que eso existía para nosotros, yacía inerte al otro lado del cristal. Dani y yo lo mirábamos inexpresivamente, tal vez esperando encontrar unas palabras. Sólo se escuchaba el ventilador en la esquina, emitiendo un ruído monóntono y que casi no aliviaba en aquel horrible agosto. Di un pequeño sorbo al vaso de plástico, arrugando las cejas. El café estaba demasiado caliente, aún.
- Es curioso que haya sido el primero en saltar. - dije, liberado tras tanto tiempo pensándolo. La respuesta se demoró, pero fue certera:
- Das muchas cosas por sentado.
- La eme con la a; ma, querido. Ni a los veinte, vaya.
Dani miró hacia la puerta, diez metros más allá. Sillas vacías a los lados, sólo. No va a venir nadie. Nadie más en el velatorio, siquiera la madre que, puede, estuviese por llegar. Es lo que tiene. Pero el entierro se llenará, eso sí. Al ser pequeña, era fácil llenar la iglesia de gente que ni lo saludaba por la calle, y a la madre luego lo siento, lo que haga falta, todo mierda.
Tenía las plantas de los zapatos todas destrozadas, debería comprar otras. Claro, está el concepto de fracaso. Fracaso en la vida; nosotros tres. Menos social de lo que algunos dirían, porque la vida un año y otro y otro...y no será por no intentarlo. Pero aún con todo éxito, para algunos.
- Veinticinco mil algemesinenses le han rajado los antebrazos.
- Qué dramático eres, Víctor.
Inadaptabilidad, desidia, remolinos a la nada.
- Y tantos otros cómplices. O mi culpa también. Qué puñetas, mi culpa.
- Déjalo. - me dijo, sin entender yo si había molestia en ello. Yo no hablaba por sentirme mal, o culpable, simplemente entendía necesario buscar razones. Aunque no sirviera para nada, encontrar el problema de la gente, así, como gran idea.
Nos quedamos callados un rato y miré el café. La funeraria era de un hermano de mi abuelo. El asunto familiar. De cobardes. Matar suicidarse papá mamá. Acelerador. Papá. Recordaba a papá con los ojos llorosos, sentado con un vaso de ginebra en la mano, apoyándose en las rodillas y explicándome: No lloro de pena, lloro de rabia, de impotencia. Fracaso en la vida. Concepto. Conceptual. Y le he dado algunas vueltas todo este tiempo, creo que almenos he conseguido una certera interpretación de lo que quería decir. Pero a saber.
- ¿Tenemos que ir mañana a eso? - preguntaba Dani, refiriéndose al entierro.
- Yo no pienso ir.
- ¿Y qué le dirás cuando te pregunte la madre, si te la encuentras?
- Que no me gustan estas cosas. Y qué coño, es verdad, a esto hemos venido porque querías tú.
- Era lo que teniamos que hacer,¿no?
- Supongo.
Me acercaba de nuevo el vaso a los labios, pero al darme cuenta de aquello me apresuré en el trago y dije en voz baja:
- Mierda, Dani. Mierda, mierda.
- ¿Qué pasa?
La madre de Roger se acercaba desde el otro lado de la calle hacia la puerta del velatorio. No tenía ningunas ganas de verla y tener que hablar con ella como si... como si algo.
- Rápido, vamos al váter. - le apresuraba.
- ¿Cómo que al váter? - para entonces él ya la había visto y sabía que me refería a ella.
- Sé que tú tienes hasta menos ganas que yo de hablar, así que métete y calla.
Le metí dentro cogiéndole la muñeca para luego entrar yo. Cerré la puerta silenciosamente. Estaba seguro de que no nos había visto, aunque por poco. Jamás he tenido vista para eso de los metros cuadrados, pero aquello qué serían, ¿siete, ocho? Tenía sus vateres de pared y encerrados, sus espejos y picas, lavamanos secamanos.
- Y ahora cómo salimos. Es decir, cuándo. - me inquiría él.
- Se fumará un cigarro y luego se irá, como hacía en su casa. - expliqué con cierto cinismo.
- No creo que pase así.
- No me líes ahora, Dani.
Estábamos encerrados. En el techo había una rejilla de ventilación; huir como en las películas de espías. No creo. Le di un sorbo al café, pero ahora que se había enfríado, descubría lo insulso que era. Agh. Esa máquina sólo tenía hasta nivel 4 de azúcar, maldito montón de chatarra. No tenía ganas de más y aún estaba por la mitad, por lo que lo eché en una pica. Debía estar atascada porque el líquido marrón se quedó ahí. Al intentar echar algo de agua sólo conseguí duplicar el volumen y que perdiera un poco de tono. Da igual.
Entonces me encontré con el espejo, inquisitorial. Los ascensores de los hospitales no tienen espejos; piensan en todo, los cabrones. Pero ahí me veía, con el pelo deshecho y el vaso de no-café en la mano. Y esos ojos. Era un oficinista amargado. Ya lo era, en potencia como decían algunos de estas cosas. Casi podía verme la corbata azul deshilachada apareciendo por arte de magia. Qué asco todo. Cuando la botella se vacía, no vale ya nada.
Habían pasado cinco minutos en los que no nos decidíamos por nada. Dani sacó su funda de harmónica del bolsillo y la abrió. Dentro llevaba uno de sus porros hechos de casa.
- Dios, ¿tiene que ser ahora? - le dije.
- Tranquilo, sólo huele a tabaco.
- Pero si alguien te ve eso...
- ¿Y si nos metemos ahí? - dijo señalando los cubículos con váteres.
- ¿Juntos?
Observé para intentar agudizar el ingenio. McGyver, películas de espías. Las puertas tenían el bajo de las puertas abierto, estúpida tradición de discoteca. Sólo que sin cosas escritas, sería grotesco ahí.
- Podemos...podemos fumar pasándonoslo por debajo de las puertas. Así si entra alguien, con que le demos una patada hacia atrás o lo tiremos al retrete, basta.
- Mmm, está bien. Y si entra alguien, ¿salimos o nos quedamos?
- Vaya, no sé. Creo que mejor quedarse.
- Sí.
Había tres, así que me metí en el de la derecha para poder pasar y recibirlo desde la derecha, una tonta preferencia que tenía. El chasquido del mechero varias veces.
Pfff. Esperé pacientemente buscando formas en el mármol, pero me di cuenta de que todas las baldosas eran la misma. Dani exhaló una tercera vez y me lo pasó.
Di una calada todo lo grande que pude. Aún con ello, jamás tenía la sensación de llenarme los pulmones; no tenía esa horrible densidad del humo del tabaco. Era una sensación muy agradable, la de inspirar así, sujetando aquello con la mano. Me preguntaba cuántas cosas y de qué tipo podían cambiar a la larga, aunque fuera en mi cabeza.
- ¿Cómo estás colocado?
- Nada, aún.
- Digo de posición.
- Ah.- comprendió- Sentado, tú?
- Sentado también.
- Ya lo tienes mucho rato.
- Vale, vale.
Pasé el cigarro por debajo de la puerta, dejándolo en el suelo en el espacio entre ambos. Un lugar claustrofóbico este. La Sonata para piano de Chopin. Y el Jazz y todo lo demás. Ya podría quedarme yo el piano, porque desde luego el hermano no lo piensa tocar.
- El otro día me di cuenta de que People are strange va sobre las drogas, es decir, sobre ir drogado.¿No te lo parece? - pregunté, dejando implícito cómo llegué a descubrirlo.
- No lo sé. Tienes que probar a escuchar Not to touch the earth. Bueno, el otro día escuché un disco entero, fue impresionante.
Faces get ugly, when you're alone...
El cigarro apareció de nuevo bajo la puerta. Al recogerlo me vi los brazos, ya desde principios de la adolescencia venosos como los de mi padre. El eterno retorno. Según días parecían geniales, y otros, esqueléticos. Puede que fuera la iluminación, o un trastorno bipolar. Ahora eran mitad y mitad.
- ¿Cuántas has recuperado, Dani?
- No me presenté a los exámenes.
Con el silencio se escuchaba el fluir del agua por las cañerías. Música de cañerías, aquella chica me dijo que lo leyera, no lo hice. Qué guapa era. Pero eran relatos.
- Te podría haber presentado, al menos.
- Ya. -dijo, conciso. -¿Notas algo?
- Aún no.
- Tengo ganas de escuchar música, ¿vamos a tu casa?
- Sí, mejor, antes de que empiece a querer abrazar coches en marcha.
Entreabrimos la puerta para ver si alguien podía vernos hasta la salida. No había nadie. Puede que la madre estuviera en el despacho de mi tío abuelo. O sería el hijo del tío abuelo, que ese caso sería tío..hermano? Cómo puñetas se llamaba. Da igual. Pudimos salir afuera con tranquilidad, dónde dos mujeres mayores cotorreaban, con un carro de la compra reposando al lado como una mascota.
- La señora Encarna dice que vio al hijo de Paqui con esos chicos del parque.
- Aay, eso que parecía un chico bien.
- Pudiendo ser abogado como el padre, y quién te ha visto quién te ve, se ha puesto dónde...
- Se ha echado a perder. Pero mi nieto ahora...
Dos mujeres putrefactas chasqueaban lenguas ensalivadas, metiéndome el sonido en la cabeza. Tcc, tcc, tcc. Sonaban como cucarachas; así encogidas casi lo eran. Como si engullendo el aire que intentaba respirar. Tcc, tcc. Dani y yo cruzamos en rojo cuando dejaron de venir coches de cerca, y nos fuimos a mi casa antes de que se pusiera el sol.
---
Probando un poco con esto del monólogo interno, que mola mucho. Y ya empiezo con personal jokes que nadie pillará en la vida. Nah, pero de momento soy bueno /para con el alumno/, como decía mi profesor de matemáticas. Maldito Joyce.
Not to touch the Earth - The Doors
Música bien alta, por favor.
Formspring
- Es curioso que haya sido el primero en saltar. - dije, liberado tras tanto tiempo pensándolo. La respuesta se demoró, pero fue certera:
- Das muchas cosas por sentado.
- La eme con la a; ma, querido. Ni a los veinte, vaya.
Dani miró hacia la puerta, diez metros más allá. Sillas vacías a los lados, sólo. No va a venir nadie. Nadie más en el velatorio, siquiera la madre que, puede, estuviese por llegar. Es lo que tiene. Pero el entierro se llenará, eso sí. Al ser pequeña, era fácil llenar la iglesia de gente que ni lo saludaba por la calle, y a la madre luego lo siento, lo que haga falta, todo mierda.
Tenía las plantas de los zapatos todas destrozadas, debería comprar otras. Claro, está el concepto de fracaso. Fracaso en la vida; nosotros tres. Menos social de lo que algunos dirían, porque la vida un año y otro y otro...y no será por no intentarlo. Pero aún con todo éxito, para algunos.
- Veinticinco mil algemesinenses le han rajado los antebrazos.
- Qué dramático eres, Víctor.
Inadaptabilidad, desidia, remolinos a la nada.
- Y tantos otros cómplices. O mi culpa también. Qué puñetas, mi culpa.
- Déjalo. - me dijo, sin entender yo si había molestia en ello. Yo no hablaba por sentirme mal, o culpable, simplemente entendía necesario buscar razones. Aunque no sirviera para nada, encontrar el problema de la gente, así, como gran idea.
Nos quedamos callados un rato y miré el café. La funeraria era de un hermano de mi abuelo. El asunto familiar. De cobardes. Matar suicidarse papá mamá. Acelerador. Papá. Recordaba a papá con los ojos llorosos, sentado con un vaso de ginebra en la mano, apoyándose en las rodillas y explicándome: No lloro de pena, lloro de rabia, de impotencia. Fracaso en la vida. Concepto. Conceptual. Y le he dado algunas vueltas todo este tiempo, creo que almenos he conseguido una certera interpretación de lo que quería decir. Pero a saber.
- ¿Tenemos que ir mañana a eso? - preguntaba Dani, refiriéndose al entierro.
- Yo no pienso ir.
- ¿Y qué le dirás cuando te pregunte la madre, si te la encuentras?
- Que no me gustan estas cosas. Y qué coño, es verdad, a esto hemos venido porque querías tú.
- Era lo que teniamos que hacer,¿no?
- Supongo.
Me acercaba de nuevo el vaso a los labios, pero al darme cuenta de aquello me apresuré en el trago y dije en voz baja:
- Mierda, Dani. Mierda, mierda.
- ¿Qué pasa?
La madre de Roger se acercaba desde el otro lado de la calle hacia la puerta del velatorio. No tenía ningunas ganas de verla y tener que hablar con ella como si... como si algo.
- Rápido, vamos al váter. - le apresuraba.
- ¿Cómo que al váter? - para entonces él ya la había visto y sabía que me refería a ella.
- Sé que tú tienes hasta menos ganas que yo de hablar, así que métete y calla.
Le metí dentro cogiéndole la muñeca para luego entrar yo. Cerré la puerta silenciosamente. Estaba seguro de que no nos había visto, aunque por poco. Jamás he tenido vista para eso de los metros cuadrados, pero aquello qué serían, ¿siete, ocho? Tenía sus vateres de pared y encerrados, sus espejos y picas, lavamanos secamanos.
- Y ahora cómo salimos. Es decir, cuándo. - me inquiría él.
- Se fumará un cigarro y luego se irá, como hacía en su casa. - expliqué con cierto cinismo.
- No creo que pase así.
- No me líes ahora, Dani.
Estábamos encerrados. En el techo había una rejilla de ventilación; huir como en las películas de espías. No creo. Le di un sorbo al café, pero ahora que se había enfríado, descubría lo insulso que era. Agh. Esa máquina sólo tenía hasta nivel 4 de azúcar, maldito montón de chatarra. No tenía ganas de más y aún estaba por la mitad, por lo que lo eché en una pica. Debía estar atascada porque el líquido marrón se quedó ahí. Al intentar echar algo de agua sólo conseguí duplicar el volumen y que perdiera un poco de tono. Da igual.
Entonces me encontré con el espejo, inquisitorial. Los ascensores de los hospitales no tienen espejos; piensan en todo, los cabrones. Pero ahí me veía, con el pelo deshecho y el vaso de no-café en la mano. Y esos ojos. Era un oficinista amargado. Ya lo era, en potencia como decían algunos de estas cosas. Casi podía verme la corbata azul deshilachada apareciendo por arte de magia. Qué asco todo. Cuando la botella se vacía, no vale ya nada.
Habían pasado cinco minutos en los que no nos decidíamos por nada. Dani sacó su funda de harmónica del bolsillo y la abrió. Dentro llevaba uno de sus porros hechos de casa.
- Dios, ¿tiene que ser ahora? - le dije.
- Tranquilo, sólo huele a tabaco.
- Pero si alguien te ve eso...
- ¿Y si nos metemos ahí? - dijo señalando los cubículos con váteres.
- ¿Juntos?
Observé para intentar agudizar el ingenio. McGyver, películas de espías. Las puertas tenían el bajo de las puertas abierto, estúpida tradición de discoteca. Sólo que sin cosas escritas, sería grotesco ahí.
- Podemos...podemos fumar pasándonoslo por debajo de las puertas. Así si entra alguien, con que le demos una patada hacia atrás o lo tiremos al retrete, basta.
- Mmm, está bien. Y si entra alguien, ¿salimos o nos quedamos?
- Vaya, no sé. Creo que mejor quedarse.
- Sí.
Había tres, así que me metí en el de la derecha para poder pasar y recibirlo desde la derecha, una tonta preferencia que tenía. El chasquido del mechero varias veces.
Pfff. Esperé pacientemente buscando formas en el mármol, pero me di cuenta de que todas las baldosas eran la misma. Dani exhaló una tercera vez y me lo pasó.
Di una calada todo lo grande que pude. Aún con ello, jamás tenía la sensación de llenarme los pulmones; no tenía esa horrible densidad del humo del tabaco. Era una sensación muy agradable, la de inspirar así, sujetando aquello con la mano. Me preguntaba cuántas cosas y de qué tipo podían cambiar a la larga, aunque fuera en mi cabeza.
- ¿Cómo estás colocado?
- Nada, aún.
- Digo de posición.
- Ah.- comprendió- Sentado, tú?
- Sentado también.
- Ya lo tienes mucho rato.
- Vale, vale.
Pasé el cigarro por debajo de la puerta, dejándolo en el suelo en el espacio entre ambos. Un lugar claustrofóbico este. La Sonata para piano de Chopin. Y el Jazz y todo lo demás. Ya podría quedarme yo el piano, porque desde luego el hermano no lo piensa tocar.
- El otro día me di cuenta de que People are strange va sobre las drogas, es decir, sobre ir drogado.¿No te lo parece? - pregunté, dejando implícito cómo llegué a descubrirlo.
- No lo sé. Tienes que probar a escuchar Not to touch the earth. Bueno, el otro día escuché un disco entero, fue impresionante.
Faces get ugly, when you're alone...
El cigarro apareció de nuevo bajo la puerta. Al recogerlo me vi los brazos, ya desde principios de la adolescencia venosos como los de mi padre. El eterno retorno. Según días parecían geniales, y otros, esqueléticos. Puede que fuera la iluminación, o un trastorno bipolar. Ahora eran mitad y mitad.
- ¿Cuántas has recuperado, Dani?
- No me presenté a los exámenes.
Con el silencio se escuchaba el fluir del agua por las cañerías. Música de cañerías, aquella chica me dijo que lo leyera, no lo hice. Qué guapa era. Pero eran relatos.
- Te podría haber presentado, al menos.
- Ya. -dijo, conciso. -¿Notas algo?
- Aún no.
- Tengo ganas de escuchar música, ¿vamos a tu casa?
- Sí, mejor, antes de que empiece a querer abrazar coches en marcha.
Entreabrimos la puerta para ver si alguien podía vernos hasta la salida. No había nadie. Puede que la madre estuviera en el despacho de mi tío abuelo. O sería el hijo del tío abuelo, que ese caso sería tío..hermano? Cómo puñetas se llamaba. Da igual. Pudimos salir afuera con tranquilidad, dónde dos mujeres mayores cotorreaban, con un carro de la compra reposando al lado como una mascota.
- La señora Encarna dice que vio al hijo de Paqui con esos chicos del parque.
- Aay, eso que parecía un chico bien.
- Pudiendo ser abogado como el padre, y quién te ha visto quién te ve, se ha puesto dónde...
- Se ha echado a perder. Pero mi nieto ahora...
Dos mujeres putrefactas chasqueaban lenguas ensalivadas, metiéndome el sonido en la cabeza. Tcc, tcc, tcc. Sonaban como cucarachas; así encogidas casi lo eran. Como si engullendo el aire que intentaba respirar. Tcc, tcc. Dani y yo cruzamos en rojo cuando dejaron de venir coches de cerca, y nos fuimos a mi casa antes de que se pusiera el sol.
---
Probando un poco con esto del monólogo interno, que mola mucho. Y ya empiezo con personal jokes que nadie pillará en la vida. Nah, pero de momento soy bueno /para con el alumno/, como decía mi profesor de matemáticas. Maldito Joyce.
Not to touch the Earth - The Doors
Música bien alta, por favor.
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miércoles, 8 de septiembre de 2010
Laisser d'écrire
Mediafire
Una historia de 20 páginas, por si alguien tenía curiosidad. Lo escribí hará medio año. Ya sé que hay trozos de diálogo tontísimos, y que en general es absurdamente autocompasivo. No lo tengáis muy en cuenta.
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Una historia de 20 páginas, por si alguien tenía curiosidad. Lo escribí hará medio año. Ya sé que hay trozos de diálogo tontísimos, y que en general es absurdamente autocompasivo. No lo tengáis muy en cuenta.
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