El cuerpo de nuestro único buen amigo, si es que eso existía para nosotros, yacía inerte al otro lado del cristal. Dani y yo lo mirábamos inexpresivamente, tal vez esperando encontrar unas palabras. Sólo se escuchaba el ventilador en la esquina, emitiendo un ruído monóntono y que casi no aliviaba en aquel horrible agosto. Di un pequeño sorbo al vaso de plástico, arrugando las cejas. El café estaba demasiado caliente, aún.
- Es curioso que haya sido el primero en saltar. - dije, liberado tras tanto tiempo pensándolo. La respuesta se demoró, pero fue certera:
- Das muchas cosas por sentado.
- La eme con la a; ma, querido. Ni a los veinte, vaya.
Dani miró hacia la puerta, diez metros más allá. Sillas vacías a los lados, sólo. No va a venir nadie. Nadie más en el velatorio, siquiera la madre que, puede, estuviese por llegar. Es lo que tiene. Pero el entierro se llenará, eso sí. Al ser pequeña, era fácil llenar la iglesia de gente que ni lo saludaba por la calle, y a la madre luego lo siento, lo que haga falta, todo mierda.
Tenía las plantas de los zapatos todas destrozadas, debería comprar otras. Claro, está el concepto de fracaso. Fracaso en la vida; nosotros tres. Menos social de lo que algunos dirían, porque la vida un año y otro y otro...y no será por no intentarlo. Pero aún con todo éxito, para algunos.
- Veinticinco mil algemesinenses le han rajado los antebrazos.
- Qué dramático eres, Víctor.
Inadaptabilidad, desidia, remolinos a la nada.
- Y tantos otros cómplices. O mi culpa también. Qué puñetas, mi culpa.
- Déjalo. - me dijo, sin entender yo si había molestia en ello. Yo no hablaba por sentirme mal, o culpable, simplemente entendía necesario buscar razones. Aunque no sirviera para nada, encontrar el problema de la gente, así, como gran idea.
Nos quedamos callados un rato y miré el café. La funeraria era de un hermano de mi abuelo. El asunto familiar. De cobardes. Matar suicidarse papá mamá. Acelerador. Papá. Recordaba a papá con los ojos llorosos, sentado con un vaso de ginebra en la mano, apoyándose en las rodillas y explicándome: No lloro de pena, lloro de rabia, de impotencia. Fracaso en la vida. Concepto. Conceptual. Y le he dado algunas vueltas todo este tiempo, creo que almenos he conseguido una certera interpretación de lo que quería decir. Pero a saber.
- ¿Tenemos que ir mañana a eso? - preguntaba Dani, refiriéndose al entierro.
- Yo no pienso ir.
- ¿Y qué le dirás cuando te pregunte la madre, si te la encuentras?
- Que no me gustan estas cosas. Y qué coño, es verdad, a esto hemos venido porque querías tú.
- Era lo que teniamos que hacer,¿no?
- Supongo.
Me acercaba de nuevo el vaso a los labios, pero al darme cuenta de aquello me apresuré en el trago y dije en voz baja:
- Mierda, Dani. Mierda, mierda.
- ¿Qué pasa?
La madre de Roger se acercaba desde el otro lado de la calle hacia la puerta del velatorio. No tenía ningunas ganas de verla y tener que hablar con ella como si... como si algo.
- Rápido, vamos al váter. - le apresuraba.
- ¿Cómo que al váter? - para entonces él ya la había visto y sabía que me refería a ella.
- Sé que tú tienes hasta menos ganas que yo de hablar, así que métete y calla.
Le metí dentro cogiéndole la muñeca para luego entrar yo. Cerré la puerta silenciosamente. Estaba seguro de que no nos había visto, aunque por poco. Jamás he tenido vista para eso de los metros cuadrados, pero aquello qué serían, ¿siete, ocho? Tenía sus vateres de pared y encerrados, sus espejos y picas, lavamanos secamanos.
- Y ahora cómo salimos. Es decir, cuándo. - me inquiría él.
- Se fumará un cigarro y luego se irá, como hacía en su casa. - expliqué con cierto cinismo.
- No creo que pase así.
- No me líes ahora, Dani.
Estábamos encerrados. En el techo había una rejilla de ventilación; huir como en las películas de espías. No creo. Le di un sorbo al café, pero ahora que se había enfríado, descubría lo insulso que era. Agh. Esa máquina sólo tenía hasta nivel 4 de azúcar, maldito montón de chatarra. No tenía ganas de más y aún estaba por la mitad, por lo que lo eché en una pica. Debía estar atascada porque el líquido marrón se quedó ahí. Al intentar echar algo de agua sólo conseguí duplicar el volumen y que perdiera un poco de tono. Da igual.
Entonces me encontré con el espejo, inquisitorial. Los ascensores de los hospitales no tienen espejos; piensan en todo, los cabrones. Pero ahí me veía, con el pelo deshecho y el vaso de no-café en la mano. Y esos ojos. Era un oficinista amargado. Ya lo era, en potencia como decían algunos de estas cosas. Casi podía verme la corbata azul deshilachada apareciendo por arte de magia. Qué asco todo. Cuando la botella se vacía, no vale ya nada.
Habían pasado cinco minutos en los que no nos decidíamos por nada. Dani sacó su funda de harmónica del bolsillo y la abrió. Dentro llevaba uno de sus porros hechos de casa.
- Dios, ¿tiene que ser ahora? - le dije.
- Tranquilo, sólo huele a tabaco.
- Pero si alguien te ve eso...
- ¿Y si nos metemos ahí? - dijo señalando los cubículos con váteres.
- ¿Juntos?
Observé para intentar agudizar el ingenio. McGyver, películas de espías. Las puertas tenían el bajo de las puertas abierto, estúpida tradición de discoteca. Sólo que sin cosas escritas, sería grotesco ahí.
- Podemos...podemos fumar pasándonoslo por debajo de las puertas. Así si entra alguien, con que le demos una patada hacia atrás o lo tiremos al retrete, basta.
- Mmm, está bien. Y si entra alguien, ¿salimos o nos quedamos?
- Vaya, no sé. Creo que mejor quedarse.
- Sí.
Había tres, así que me metí en el de la derecha para poder pasar y recibirlo desde la derecha, una tonta preferencia que tenía. El chasquido del mechero varias veces.
Pfff. Esperé pacientemente buscando formas en el mármol, pero me di cuenta de que todas las baldosas eran la misma. Dani exhaló una tercera vez y me lo pasó.
Di una calada todo lo grande que pude. Aún con ello, jamás tenía la sensación de llenarme los pulmones; no tenía esa horrible densidad del humo del tabaco. Era una sensación muy agradable, la de inspirar así, sujetando aquello con la mano. Me preguntaba cuántas cosas y de qué tipo podían cambiar a la larga, aunque fuera en mi cabeza.
- ¿Cómo estás colocado?
- Nada, aún.
- Digo de posición.
- Ah.- comprendió- Sentado, tú?
- Sentado también.
- Ya lo tienes mucho rato.
- Vale, vale.
Pasé el cigarro por debajo de la puerta, dejándolo en el suelo en el espacio entre ambos. Un lugar claustrofóbico este. La Sonata para piano de Chopin. Y el Jazz y todo lo demás. Ya podría quedarme yo el piano, porque desde luego el hermano no lo piensa tocar.
- El otro día me di cuenta de que People are strange va sobre las drogas, es decir, sobre ir drogado.¿No te lo parece? - pregunté, dejando implícito cómo llegué a descubrirlo.
- No lo sé. Tienes que probar a escuchar Not to touch the earth. Bueno, el otro día escuché un disco entero, fue impresionante.
Faces get ugly, when you're alone...
El cigarro apareció de nuevo bajo la puerta. Al recogerlo me vi los brazos, ya desde principios de la adolescencia venosos como los de mi padre. El eterno retorno. Según días parecían geniales, y otros, esqueléticos. Puede que fuera la iluminación, o un trastorno bipolar. Ahora eran mitad y mitad.
- ¿Cuántas has recuperado, Dani?
- No me presenté a los exámenes.
Con el silencio se escuchaba el fluir del agua por las cañerías. Música de cañerías, aquella chica me dijo que lo leyera, no lo hice. Qué guapa era. Pero eran relatos.
- Te podría haber presentado, al menos.
- Ya. -dijo, conciso. -¿Notas algo?
- Aún no.
- Tengo ganas de escuchar música, ¿vamos a tu casa?
- Sí, mejor, antes de que empiece a querer abrazar coches en marcha.
Entreabrimos la puerta para ver si alguien podía vernos hasta la salida. No había nadie. Puede que la madre estuviera en el despacho de mi tío abuelo. O sería el hijo del tío abuelo, que ese caso sería tío..hermano? Cómo puñetas se llamaba. Da igual. Pudimos salir afuera con tranquilidad, dónde dos mujeres mayores cotorreaban, con un carro de la compra reposando al lado como una mascota.
- La señora Encarna dice que vio al hijo de Paqui con esos chicos del parque.
- Aay, eso que parecía un chico bien.
- Pudiendo ser abogado como el padre, y quién te ha visto quién te ve, se ha puesto dónde...
- Se ha echado a perder. Pero mi nieto ahora...
Dos mujeres putrefactas chasqueaban lenguas ensalivadas, metiéndome el sonido en la cabeza. Tcc, tcc, tcc. Sonaban como cucarachas; así encogidas casi lo eran. Como si engullendo el aire que intentaba respirar. Tcc, tcc. Dani y yo cruzamos en rojo cuando dejaron de venir coches de cerca, y nos fuimos a mi casa antes de que se pusiera el sol.
---
Probando un poco con esto del monólogo interno, que mola mucho. Y ya empiezo con personal jokes que nadie pillará en la vida. Nah, pero de momento soy bueno /para con el alumno/, como decía mi profesor de matemáticas. Maldito Joyce.
Not to touch the Earth - The Doors
Música bien alta, por favor.
Formspring
viernes, 24 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Laisser d'écrire
Mediafire
Una historia de 20 páginas, por si alguien tenía curiosidad. Lo escribí hará medio año. Ya sé que hay trozos de diálogo tontísimos, y que en general es absurdamente autocompasivo. No lo tengáis muy en cuenta.
Formspring
Una historia de 20 páginas, por si alguien tenía curiosidad. Lo escribí hará medio año. Ya sé que hay trozos de diálogo tontísimos, y que en general es absurdamente autocompasivo. No lo tengáis muy en cuenta.
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lunes, 30 de agosto de 2010
Bar
Daughty. El apellido era algo así. Marlene teclea en el buscador de Youtube nombres al azar, exprimiendo su cabeza. ¿Doroughty? Dios, ha de ser algo así, a lo mejor ni siquiera empezaba por D.
Me di un respiro y fui hasta la cocina. En la nevera no dan nada. El tacto gélido de los pies por el pasillo. La luz encendida, por manía, al llegar a medio pasillo y luego apagarla y dar un salto hasta la puerta de la habitación. En camisa y braguitas, como decía él que le gustaba.
Él dijo muchas cosas. Había salido del bar y estaba ahí sentado en el banco, ya sonándome haberlo visto antes dentro. Qué iba pasadísimo era un hecho visible. Se sujetaba el pelo con una mano y hasta le costaba respirar, pero seguía hablando. Estoy convencida de que si me hubiera ido de su lado, hubiera seguido hablando al asfalto. Vale que con el alcohol el tiempo se diluye, pero pudieron ser fácilmente una o dos horas. La noche de verano olía a plástico fundido.
El apellido que dijo tenía un toque irlandés. ¿Y si empieza por o’?
No no, pero sabía que me senté allí, porque se puso a hablarme con consciencia de ello. Claro, al rato fue cuando dijo lo de la ropa. Dijo muchas cosas. Hablaba sobretodo de cosas de los días en la facultad, pero de forma bastante inconexa. Mencionaba mucho el césped. Hubo un rato que habló de olores, y luego de música. Y de los días, ahí era cuando más costaba entenderlo. No daba pena y eso, a su vez, la daba.
Hablaba tanto y yo escuchando, que al final me daban ganas de que me besara. Tanto que no atendí a nada de lo que decía sobre aquel músico inglés que decía que era tan bonito y quería que escuchase. Y mira que insistió mucho. Ahora que no lo vuelvo a ver, lo único que deseo es recordar el nombre del músico, pero es que ni eso.
Hasta se me subió la libido, joder, mil cosas pero en realidad no lo escuchaba. Maldita estúpida. Ya que no lo hice me gustaría escuchar lo único que podía asociar con él. Escuchar la música y pensar: al menos existe. Sí, existe y es una razón para soñar.
¿Ceg…hty? Si funcionara lo de las sugerencias siquiera, maldita sea.
El chico dijo, ya hacía el final:
Cuando buscas una actriz que haya salido tan bonita en una peli, no la encontrarás más bonita que en ésta. Nunca. Nunca.
Luego dijo nunca como siete veces más. Fue rarísimo. Entonces cogí el metro y volví a casa. No sé por qué no le pedí el número ni nada. Ese fue un gran error ¿pero mejor no darle muchas vueltas, verdad? Voy a dormir, a lo mejor mañana recuerdo el nombre y puedo escucharlo tumbada en la cama, para la noche siguiente tal vez sí, soñar.
Nice dream - Radiohead
o en acústico
Formspring
Me di un respiro y fui hasta la cocina. En la nevera no dan nada. El tacto gélido de los pies por el pasillo. La luz encendida, por manía, al llegar a medio pasillo y luego apagarla y dar un salto hasta la puerta de la habitación. En camisa y braguitas, como decía él que le gustaba.
Él dijo muchas cosas. Había salido del bar y estaba ahí sentado en el banco, ya sonándome haberlo visto antes dentro. Qué iba pasadísimo era un hecho visible. Se sujetaba el pelo con una mano y hasta le costaba respirar, pero seguía hablando. Estoy convencida de que si me hubiera ido de su lado, hubiera seguido hablando al asfalto. Vale que con el alcohol el tiempo se diluye, pero pudieron ser fácilmente una o dos horas. La noche de verano olía a plástico fundido.
El apellido que dijo tenía un toque irlandés. ¿Y si empieza por o’?
No no, pero sabía que me senté allí, porque se puso a hablarme con consciencia de ello. Claro, al rato fue cuando dijo lo de la ropa. Dijo muchas cosas. Hablaba sobretodo de cosas de los días en la facultad, pero de forma bastante inconexa. Mencionaba mucho el césped. Hubo un rato que habló de olores, y luego de música. Y de los días, ahí era cuando más costaba entenderlo. No daba pena y eso, a su vez, la daba.
Hablaba tanto y yo escuchando, que al final me daban ganas de que me besara. Tanto que no atendí a nada de lo que decía sobre aquel músico inglés que decía que era tan bonito y quería que escuchase. Y mira que insistió mucho. Ahora que no lo vuelvo a ver, lo único que deseo es recordar el nombre del músico, pero es que ni eso.
Hasta se me subió la libido, joder, mil cosas pero en realidad no lo escuchaba. Maldita estúpida. Ya que no lo hice me gustaría escuchar lo único que podía asociar con él. Escuchar la música y pensar: al menos existe. Sí, existe y es una razón para soñar.
¿Ceg…hty? Si funcionara lo de las sugerencias siquiera, maldita sea.
El chico dijo, ya hacía el final:
Cuando buscas una actriz que haya salido tan bonita en una peli, no la encontrarás más bonita que en ésta. Nunca. Nunca.
Luego dijo nunca como siete veces más. Fue rarísimo. Entonces cogí el metro y volví a casa. No sé por qué no le pedí el número ni nada. Ese fue un gran error ¿pero mejor no darle muchas vueltas, verdad? Voy a dormir, a lo mejor mañana recuerdo el nombre y puedo escucharlo tumbada en la cama, para la noche siguiente tal vez sí, soñar.
Nice dream - Radiohead
o en acústico
Formspring
domingo, 15 de agosto de 2010
It's complicated
Hola, gente extraña. Quiero avisaros de que, aunque no sé cuántas hojas tendrá esta historia, no saldré del cuarto durante toda ella. Ni dentro ni fuera del papel. Tampoco será una historia al uso. Me gusta jugar con la mente de las personas. Me gusta estrujarla, entenderla. La de los demás y la mía, también.
He traído un cuchillo al lado de mi cama. O el personaje lo ha hecho. Si queréis, el personaje ha traído dos, uno de sierra y otro afilado. Yo no soportaría cortarme con el de sierra, porque me imagino el sonido que hace, aunque yo no lo oiga, y es algo grotesco.
En esencia quiero entender. Entender a la gente que sabe de esto más que yo. Que mira a la cara a un ser incorpóreo. Podéis dejar de leer, no pretendo entreteneros.
Tranquilos, la semana que viene tendréis otro relato, si es eso.
Tengo sueño, tengo ganas de vomitar. Las uñas y los nudillos me saben mejor que nunca. Creeréis que todo me lo estoy inventando. Y a su vez, lateralmente os corroe un ¿pero va a…? No lo sé hijo, no lo sé. Yo sólo quiero entender. ¿Sabéis cómo le llamaba Hitchcock a ese tipo de suspense? Felicidades si lo sabéis, porque yo no me acuerdo.
Dicen que todo escritor tiene bastante de loco. Oh no, no no no, olvidad eso. Lo que hacía falta, que ahora lo chafe todo con… No no, olvidadlo, de veras. Estoy escribiendo continuamente. Hace un rato que el salvapantallas ha saltado y la cama huele a sudor, de todos los días que he dormido sin sábanas. Y el cuchillo sigue ahí.
Las paredes están pintadas de gris carcelario, pero eso no os importa una mierda. Vosotros también queréis entender, pero no de la misma manera que yo quiero. Yo quiero sumergirme. Porque ya es hora, ¿no? Hora de decidirse. Hay un mundo más aquí, y un mundo más allí, aunque en realidad son el mismo.
Hay mosquitos aplastados en las paredes, que han muerto por mi culpa. Hay gente que se droga metiéndose una puta aguja en el antebrazo. Y que luego hace música. Para cuando creáis saber de qué va la cosa, yo me iré de nuevo. Tic, tac, tic, tac, Alicia. Hoy es la noche en la que hay que decidirse ¿Quién vas a ser? ¿Dónde vas a vivir? Sería muy cruel amar a personas en el otro lado cuando ya es tarde para mudarse.
Sí, me voy a hacer sangre en el antebrazo. Por qué, no sé. Nunca he sido mucho de razones. Sólo sé que estoy siendo más sincero que nunca. Como un suicida sentado en el saliente de una construcción.
No me veo bien las venas, intentaré hacerlo donde menos se noten. ¿Bastará con rascar la piel, o habrá que pinchar? Sé que es desagradable, podéis dejar de leer. Esto es sólo el principio. Sólo quiero entender.
No puedo, es demasiado intenso. Probablemente no estoy haciendo ni la mitad de fuerza necesaria. La zona se ha puesto roja. Qué curioso, me estoy acordando de aquel texto que recordaba al ruso que mientras su barco o submarino se hundía, dedicó sus últimos momentos a escribir unas pocas líneas acerca de cómo era aquello. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Dios, he sentido algo extrañísimo, como un torrente que ha ido de la zona al codo. A lo mejor me he hecho sangre dentro. Los cojones. No sé por qué estoy escribiendo todo esto, ni tú tampoco por qué lo lees. ¿Es absurdo, verdad? Seguramente te sorprenda que siga y siga durante líneas, y no más que a mí, te lo aseguro. Voy a volver a intentarlo. Dios. Le debo esto al mundo. Oigo la televisión del comedor. No ese mundo; todo eso es mierda. Si bebiera todo esto sería más fácil. Me refiero a un mundo que me invitó, que me ha dado cosas, y al que yo no le he dado nada, aún.
Lo he intentado, he dicho hola mientras lo hacía y me he reído como un loco. Me he parecido un loco. Van Gogh estaba loco, se supone. Puta.
¿Cómo es, rajar la piel? Ahora os lo digo. Antes me paso la mano por la nariz y me subo las gafas, como un cirujano. Venga, cállate.
Deberíamos estar acercándonos. ¿Qué diferencia hay entre cortar y rasgar la piel? Ninguna, sólo ruido.
Ya. Dios, ya. Joder. Sale. Como al final de La bruja de Blair, ¿eh? Sí joder. Precioso.
¿Queréis que os diga la verdad? Lo he hecho con unas tijeras pequeñas, no con un cuchillo. ¿Y ahora la verdad verdad? No he podido. Nunca ha habido un cuchillo. Pero vosotros no queréis la verdad. No os importa, en absoluto, la verdad. Esto es mentira. Todo es mentira.
---
Perdón si a alguien no le ha gustado. Hubiera puesto una advertencia de que era ficticio al principio, pero me gusta el buen terror. Es lo único que he escrito del tirón en mi vida, creo.
Estoy bien, tranquis.
Still alive - Jonathan Coulton
http://www.formspring.me/victorbite
He traído un cuchillo al lado de mi cama. O el personaje lo ha hecho. Si queréis, el personaje ha traído dos, uno de sierra y otro afilado. Yo no soportaría cortarme con el de sierra, porque me imagino el sonido que hace, aunque yo no lo oiga, y es algo grotesco.
En esencia quiero entender. Entender a la gente que sabe de esto más que yo. Que mira a la cara a un ser incorpóreo. Podéis dejar de leer, no pretendo entreteneros.
Tranquilos, la semana que viene tendréis otro relato, si es eso.
Tengo sueño, tengo ganas de vomitar. Las uñas y los nudillos me saben mejor que nunca. Creeréis que todo me lo estoy inventando. Y a su vez, lateralmente os corroe un ¿pero va a…? No lo sé hijo, no lo sé. Yo sólo quiero entender. ¿Sabéis cómo le llamaba Hitchcock a ese tipo de suspense? Felicidades si lo sabéis, porque yo no me acuerdo.
Dicen que todo escritor tiene bastante de loco. Oh no, no no no, olvidad eso. Lo que hacía falta, que ahora lo chafe todo con… No no, olvidadlo, de veras. Estoy escribiendo continuamente. Hace un rato que el salvapantallas ha saltado y la cama huele a sudor, de todos los días que he dormido sin sábanas. Y el cuchillo sigue ahí.
Las paredes están pintadas de gris carcelario, pero eso no os importa una mierda. Vosotros también queréis entender, pero no de la misma manera que yo quiero. Yo quiero sumergirme. Porque ya es hora, ¿no? Hora de decidirse. Hay un mundo más aquí, y un mundo más allí, aunque en realidad son el mismo.
Hay mosquitos aplastados en las paredes, que han muerto por mi culpa. Hay gente que se droga metiéndose una puta aguja en el antebrazo. Y que luego hace música. Para cuando creáis saber de qué va la cosa, yo me iré de nuevo. Tic, tac, tic, tac, Alicia. Hoy es la noche en la que hay que decidirse ¿Quién vas a ser? ¿Dónde vas a vivir? Sería muy cruel amar a personas en el otro lado cuando ya es tarde para mudarse.
Sí, me voy a hacer sangre en el antebrazo. Por qué, no sé. Nunca he sido mucho de razones. Sólo sé que estoy siendo más sincero que nunca. Como un suicida sentado en el saliente de una construcción.
No me veo bien las venas, intentaré hacerlo donde menos se noten. ¿Bastará con rascar la piel, o habrá que pinchar? Sé que es desagradable, podéis dejar de leer. Esto es sólo el principio. Sólo quiero entender.
No puedo, es demasiado intenso. Probablemente no estoy haciendo ni la mitad de fuerza necesaria. La zona se ha puesto roja. Qué curioso, me estoy acordando de aquel texto que recordaba al ruso que mientras su barco o submarino se hundía, dedicó sus últimos momentos a escribir unas pocas líneas acerca de cómo era aquello. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Dios, he sentido algo extrañísimo, como un torrente que ha ido de la zona al codo. A lo mejor me he hecho sangre dentro. Los cojones. No sé por qué estoy escribiendo todo esto, ni tú tampoco por qué lo lees. ¿Es absurdo, verdad? Seguramente te sorprenda que siga y siga durante líneas, y no más que a mí, te lo aseguro. Voy a volver a intentarlo. Dios. Le debo esto al mundo. Oigo la televisión del comedor. No ese mundo; todo eso es mierda. Si bebiera todo esto sería más fácil. Me refiero a un mundo que me invitó, que me ha dado cosas, y al que yo no le he dado nada, aún.
Lo he intentado, he dicho hola mientras lo hacía y me he reído como un loco. Me he parecido un loco. Van Gogh estaba loco, se supone. Puta.
¿Cómo es, rajar la piel? Ahora os lo digo. Antes me paso la mano por la nariz y me subo las gafas, como un cirujano. Venga, cállate.
Deberíamos estar acercándonos. ¿Qué diferencia hay entre cortar y rasgar la piel? Ninguna, sólo ruido.
Ya. Dios, ya. Joder. Sale. Como al final de La bruja de Blair, ¿eh? Sí joder. Precioso.
¿Queréis que os diga la verdad? Lo he hecho con unas tijeras pequeñas, no con un cuchillo. ¿Y ahora la verdad verdad? No he podido. Nunca ha habido un cuchillo. Pero vosotros no queréis la verdad. No os importa, en absoluto, la verdad. Esto es mentira. Todo es mentira.
---
Perdón si a alguien no le ha gustado. Hubiera puesto una advertencia de que era ficticio al principio, pero me gusta el buen terror. Es lo único que he escrito del tirón en mi vida, creo.
Estoy bien, tranquis.
Still alive - Jonathan Coulton
http://www.formspring.me/victorbite
martes, 3 de agosto de 2010
Ahora o nunca
Siempre quise saber cómo eran las escenas en los andenes décadas atrás, el aire de nostalgia del hollín en el aire y el traqueteo en las maderas. Hombres de traje y mujeres rosadas. Ahora resulta lejano, en comparación al proletariado andante y el do-mi-sol imperante antes de cada anuncio. Ahora querréis que os diga quién soy yo, de dónde vengo, y todas esas chorradas al estilo catcher in the rye.
Por el cúmulo de fracasos, hormonas y demás me fugaba de casa en el momento justo en el que debía hacerlo, y ella venía conmigo. Habiendo planeado que no habría plan, simplemente puse mis cosas en la funda de una guitarra, cogí el dinero y me fui como si un día normal. A ella sí la dejaban ir de viaje, pero para no levantar sospechas nos encontramos aquel extraño jueves en la estación.
Me esperaba tan apacible, sentada en su maleta roja con las piernas cruzadas bajo la falda y frotándose un codo en el momento en que entré. Sonriente al verme, todo se ensordecía y desdibujaba al caminar hacía ella. Al quedar aún un rato le dije si quería ir a comer algo, pero como tampoco íbamos tan sobrados de tiempo fuimos a comprar algo a una máquina. Le pregunté si quería algo de chocolate y me dijo que bien. Saqué una tableta y rompí un cuadradito para ponérselo con la punta de los dedos en los labios. Sonrió, y cuando dejó de hacerlo preguntó:
- ¿Al final has dejado la nota?
- No. Ya veré, llamaré o algo. – Ya la había advertido de que no me gustaba que hablásemos del tema de cómo me las apañaría, a no ser que fuera necesario un plan.
- Tenías que haberla escrito, luego no te saldrán las palabras. – decía, reprochadora.
- Pues las diré rápido y colgaré.
- Eso es completamente ilógico.
- Va a resultar cruel lo haga como lo haga.
- Apúntate las ideas en un papel. Si vas a darles un susto, al menos…
- Apuntar las ideas dices, luego el frívolo soy yo.
A ser sincero lo había intentado, pero acababa sintiéndome estúpido al escribir toda aquella parafernalia acerca de sentimientos y de metas en la vida, sin saber ni yo a dónde quería ir a parar, y más aun al hacerlo en valenciano.
- ¿Estás seguro de que quieres hacerlo así? A lo mejor si lo hablas te dejan irte.
- ¿Deja eso, quieres? No tiene nada que ver. Además lo hago por mí. –empezaba a presagiar entonces el descarrilamiento del diálogo, si ella hurgaba.
- ¿El qué haces por ti?
- Otra vez no, por favor…
- No puedo entenderte.
- Algún día me saldrán las palabras.
- ¿Estás seguro?
- Claro.-respondí, sin saber si se refería a la última frase o a la situación en general.
Era agotador intentarlo en vano, no había palabras para explicarlo. La idea de huir siempre había estado ahí, en mi cabeza. Como en aquella historia que escribía de pequeño, soñando que algún día me descolgaría por la ventana de mi habitación de primer piso. En silencio pensé en el tono en el que dijo las últimas frases, con una mirada de entre compasión y desconcierto. Salimos afuera buscando el aire fresco. Gente aquí y allá, un hombre repartía periódicos gratuitos con su carrito al lado y los auriculares puestos. Sería algo importante, a la fuerza tenía que salir algo. Me llené de una renovadora sensación. Entrelacé una mano con la suya y luego la otra y hice que empezáramos a bailar. Gente gris pasaba por nuestro lado.
- Dice mi amiga Lu que estás loco.-soltó animada.
- ¿Y tú qué opinas al respecto?
- Que no sabe lo que se pierde.
- Lo tomaré como un bien, querida.
Imitó mi última frase exagerando mis maneras cómicamente, moviendo la cabeza. Arqueé las cejas y miré hacía un lado, y fue entonces cuando me di cuenta de que hay naranjas esculpidas en la estación de Valencia. Jamás me había dado cuenta, si acaso del relieve decorado, pero ahí estaban; de color naranja con el fondo verde, realmente bonito. Parece que cuando intentas arrapar los últimos retazos de algo, sin querer te llevas trozos grandes, sorprendentes.
- Tenemos que visitar algún bar en el que lean relatos o algo eh, me haría ilusión. Aquí nunca pondrán uno. Bueno sí, aquel de las gordas bailando, qué traumático.
- Deja de escribir un poco, por dios, piensa cosas bonitas por hacer.
- En el tren haremos una lista de cosas que hacer en un papel. Tengo las libretas ahí dentro. – dije refiriéndome a la funda de la guitarra.
- Sí, lo que sea. Deberíamos ir yendo al andén.
Me dio mi billete. Siempre guardaba todas las cosas porque era mejor así, yo no quería admitir que las perdía, pero digamos que a menudo desaparecían aunque las llevara en mis bolsillos o así. Las personas seguían andando apresuradas. Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera… Odiaba ese tipo de películas que intentaban abrir la cabeza a una vida mediocre, pues las veía simplistas y algo forzadas, pero quién iba a negar que en su simplismo tuvieran razón. A todos nos gustaría aferrarnos con fuerza a la vida si supiéramos cómo, ¿verdad? Aprender a escapar. No queremos ser una de esas personas que mira la tele, va a votar y tiene unos hijos que le odian.
- Ojalá pudiéramos escapar de lo que nos espera. Como Edipo.
- Edipo no escapó.
- Ya, bueno, pero me he acordado de él. Un gran tío.
- Sabes…- se la veía pensar las palabras concretas.- Sé qué es lo que pretendes. Que todo en la vida sea como en tus historias. Y a la larga las palabras son palabras, sólo.
- Me tienes calado. – sonreí.
- Algún día te darás cuenta. – dijo dándome un apretón en la zona entre el cuello y el hombro.
La funda parecía pesar más de lo normal, me hacía el andar pesado. Ah claro, por las libretas y la camisa. Era difícil que cupiese, pero ahí estaba todo embutido. Elegí ir ligero como de costumbre, seguramente para terminar racaneando cosas a los demás, lo cual espero no se tomaran a mal. Llegamos al andén justo al lado de los lavabos, lo cual me ponía un poco más nervioso porque veía a la gente entrar y salir. Caminé en círculos con las manos en los bolsillos.
- ¿Nervioso? – preguntó pasada la quinta vuelta.
- No. - contesté, y sin querer se me fue de agudo. Ella sonrió.
- Obviando eso, las piernas te tiemblan.
- Oh, ya que estás por qué no me haces el psicoanálisis entero.
- No he dicho nada, tonto.
Me puso entonces la mano sobre el corazón, que batía furioso. Me miró a los ojos para hacerme entender, y sin más, preguntó:
- ¿Para qué?
Me libró de contestar el anuncio por megafonía, que fue el estallido de algo mucho peor, o cuanto menos, más confuso.
Tren destino Madrid, vía 3.
- Lo siento, no puedo ir. – Dijo rápidamente, con una extraña expresión en la cara.
- De qué estas hablando. – Creía haberla entendido mal.
-No puedo ir, tú mismo lo has dicho. Si has de sacar algo de todo esto que sea sin mí. Esto será algo importante, algún día.
- Pe…pero…era un decir.- estaba asustado- Me habías dicho que vendrías. Tienes las maletas, ¿por qué dices eso ahora?
Notaba el sudor en mis manos, y la garganta reseca de repente.
-Un par de semanas no son tanto. Si no quieres hacerlo no pasa nada. Pero tienes que darte cuenta. Si de verdad quieres hacerlo, con todo lo que me dijiste, podrás irte sin mí.
- No, no. A ver…
- Sí.
Sentimos un silencio muy confuso, o al menos por mi parte, pensando muchas cosas a la vez, pensando variantes a contrarreloj como en una partida de ajedrez.
- ¿Y lo de nuestra noche?
Se rió al oírme, no era mi intención pero más tarde comprendí que había sonado algo estúpido, dada la situación. Decía tantas tonterías; ella siempre había sido más cautelosa y racional.
- Ya habrá tiempo para todo, amor.
Dejé la funda en el suelo y me lancé a abrazarla. Su oreja estaba helada, o su pendiente, no sé. Me sentí anestesiado allí. Así. Sonó la voz: tren destino Madrid, salida inmediata.
- Se va a ir tu tren. – Dijo sin despegarse de mí.
Intenté decir algo, pero sólo pude balbucear.
- No puedo, no puedo.
- Sí que puedes.
Al separarnos solté el aire y moví las manos fuertemente para ganar determinación. Empújame al abismo y di que me amas. Me senté sobre el escalón de la puerta del tren. Esperaría así, mirándola. Tramaba algo, seguro que en el último momento se metería en el vagón. Dos chicas estaban sentadas en unos asientos próximos, y parecían observar divertidas la escena. A ser sincero creo que ella disfrutaba un poco más con el pequeño público, de su enredo.
-Y dices que tú no me entiendes a mí. – le reproché con aires de despreocupación.
-Tú no te entiendes a ti. – decía, señalando con el dedo.
- Quiero que vengas.
- Quieres muchas cosas, sólo tienes que ordenarlas.
- Mírala, que literaria ella.
- Bueno – sonrió – siempre puedes quedarte.
- Ni de coña.
Era absurdo. Por qué había traído las maletas, porque aquella escenografía, por qué todo. Cuando sonaron los pitidos intermitentes, fui cuidadoso con que las puertas no me pillasen los pies, y estás se cerraron como la imagen se reducía a un punto, en las televisiones antiguas.
Y ya no había nada más que hacer. Al fin podía dejar temblar la pierna libremente, un momento antes tenía que apagarlo para disimular. Me deslicé a través del vagón para buscar unos asientos dobles en los que poder acomodarme y dejar la funda de la guitarra. Por el cristal podía apreciar el movimiento de la ciudad. Éramos muchas personas en muy poco espacio, es lógico que nos pueda sentar mal. Entonces sentí la pierna vibrar. Me estaban llamando, o me enviaban un mensaje, no sé. Lo cogí. Era un mensaje suyo. A pesar de su sencillez, no lo entendí ni a la primera ni a la segunda, pero al leerlo por tercera vez entendí lo que pasaba por su cabeza, y me dejó con la cara de gilipollas del que de repente sonríe mientras está llorando. Decía
Cogeré el próximo tren. Te quiero.
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Casi vomito después de haber escrito esto pero bueno. Lo de siempre, perdón por tener que leer tanto y una canción.
Only ones who know - Artic Monkeys
Por el cúmulo de fracasos, hormonas y demás me fugaba de casa en el momento justo en el que debía hacerlo, y ella venía conmigo. Habiendo planeado que no habría plan, simplemente puse mis cosas en la funda de una guitarra, cogí el dinero y me fui como si un día normal. A ella sí la dejaban ir de viaje, pero para no levantar sospechas nos encontramos aquel extraño jueves en la estación.
Me esperaba tan apacible, sentada en su maleta roja con las piernas cruzadas bajo la falda y frotándose un codo en el momento en que entré. Sonriente al verme, todo se ensordecía y desdibujaba al caminar hacía ella. Al quedar aún un rato le dije si quería ir a comer algo, pero como tampoco íbamos tan sobrados de tiempo fuimos a comprar algo a una máquina. Le pregunté si quería algo de chocolate y me dijo que bien. Saqué una tableta y rompí un cuadradito para ponérselo con la punta de los dedos en los labios. Sonrió, y cuando dejó de hacerlo preguntó:
- ¿Al final has dejado la nota?
- No. Ya veré, llamaré o algo. – Ya la había advertido de que no me gustaba que hablásemos del tema de cómo me las apañaría, a no ser que fuera necesario un plan.
- Tenías que haberla escrito, luego no te saldrán las palabras. – decía, reprochadora.
- Pues las diré rápido y colgaré.
- Eso es completamente ilógico.
- Va a resultar cruel lo haga como lo haga.
- Apúntate las ideas en un papel. Si vas a darles un susto, al menos…
- Apuntar las ideas dices, luego el frívolo soy yo.
A ser sincero lo había intentado, pero acababa sintiéndome estúpido al escribir toda aquella parafernalia acerca de sentimientos y de metas en la vida, sin saber ni yo a dónde quería ir a parar, y más aun al hacerlo en valenciano.
- ¿Estás seguro de que quieres hacerlo así? A lo mejor si lo hablas te dejan irte.
- ¿Deja eso, quieres? No tiene nada que ver. Además lo hago por mí. –empezaba a presagiar entonces el descarrilamiento del diálogo, si ella hurgaba.
- ¿El qué haces por ti?
- Otra vez no, por favor…
- No puedo entenderte.
- Algún día me saldrán las palabras.
- ¿Estás seguro?
- Claro.-respondí, sin saber si se refería a la última frase o a la situación en general.
Era agotador intentarlo en vano, no había palabras para explicarlo. La idea de huir siempre había estado ahí, en mi cabeza. Como en aquella historia que escribía de pequeño, soñando que algún día me descolgaría por la ventana de mi habitación de primer piso. En silencio pensé en el tono en el que dijo las últimas frases, con una mirada de entre compasión y desconcierto. Salimos afuera buscando el aire fresco. Gente aquí y allá, un hombre repartía periódicos gratuitos con su carrito al lado y los auriculares puestos. Sería algo importante, a la fuerza tenía que salir algo. Me llené de una renovadora sensación. Entrelacé una mano con la suya y luego la otra y hice que empezáramos a bailar. Gente gris pasaba por nuestro lado.
- Dice mi amiga Lu que estás loco.-soltó animada.
- ¿Y tú qué opinas al respecto?
- Que no sabe lo que se pierde.
- Lo tomaré como un bien, querida.
Imitó mi última frase exagerando mis maneras cómicamente, moviendo la cabeza. Arqueé las cejas y miré hacía un lado, y fue entonces cuando me di cuenta de que hay naranjas esculpidas en la estación de Valencia. Jamás me había dado cuenta, si acaso del relieve decorado, pero ahí estaban; de color naranja con el fondo verde, realmente bonito. Parece que cuando intentas arrapar los últimos retazos de algo, sin querer te llevas trozos grandes, sorprendentes.
- Tenemos que visitar algún bar en el que lean relatos o algo eh, me haría ilusión. Aquí nunca pondrán uno. Bueno sí, aquel de las gordas bailando, qué traumático.
- Deja de escribir un poco, por dios, piensa cosas bonitas por hacer.
- En el tren haremos una lista de cosas que hacer en un papel. Tengo las libretas ahí dentro. – dije refiriéndome a la funda de la guitarra.
- Sí, lo que sea. Deberíamos ir yendo al andén.
Me dio mi billete. Siempre guardaba todas las cosas porque era mejor así, yo no quería admitir que las perdía, pero digamos que a menudo desaparecían aunque las llevara en mis bolsillos o así. Las personas seguían andando apresuradas. Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera… Odiaba ese tipo de películas que intentaban abrir la cabeza a una vida mediocre, pues las veía simplistas y algo forzadas, pero quién iba a negar que en su simplismo tuvieran razón. A todos nos gustaría aferrarnos con fuerza a la vida si supiéramos cómo, ¿verdad? Aprender a escapar. No queremos ser una de esas personas que mira la tele, va a votar y tiene unos hijos que le odian.
- Ojalá pudiéramos escapar de lo que nos espera. Como Edipo.
- Edipo no escapó.
- Ya, bueno, pero me he acordado de él. Un gran tío.
- Sabes…- se la veía pensar las palabras concretas.- Sé qué es lo que pretendes. Que todo en la vida sea como en tus historias. Y a la larga las palabras son palabras, sólo.
- Me tienes calado. – sonreí.
- Algún día te darás cuenta. – dijo dándome un apretón en la zona entre el cuello y el hombro.
La funda parecía pesar más de lo normal, me hacía el andar pesado. Ah claro, por las libretas y la camisa. Era difícil que cupiese, pero ahí estaba todo embutido. Elegí ir ligero como de costumbre, seguramente para terminar racaneando cosas a los demás, lo cual espero no se tomaran a mal. Llegamos al andén justo al lado de los lavabos, lo cual me ponía un poco más nervioso porque veía a la gente entrar y salir. Caminé en círculos con las manos en los bolsillos.
- ¿Nervioso? – preguntó pasada la quinta vuelta.
- No. - contesté, y sin querer se me fue de agudo. Ella sonrió.
- Obviando eso, las piernas te tiemblan.
- Oh, ya que estás por qué no me haces el psicoanálisis entero.
- No he dicho nada, tonto.
Me puso entonces la mano sobre el corazón, que batía furioso. Me miró a los ojos para hacerme entender, y sin más, preguntó:
- ¿Para qué?
Me libró de contestar el anuncio por megafonía, que fue el estallido de algo mucho peor, o cuanto menos, más confuso.
Tren destino Madrid, vía 3.
- Lo siento, no puedo ir. – Dijo rápidamente, con una extraña expresión en la cara.
- De qué estas hablando. – Creía haberla entendido mal.
-No puedo ir, tú mismo lo has dicho. Si has de sacar algo de todo esto que sea sin mí. Esto será algo importante, algún día.
- Pe…pero…era un decir.- estaba asustado- Me habías dicho que vendrías. Tienes las maletas, ¿por qué dices eso ahora?
Notaba el sudor en mis manos, y la garganta reseca de repente.
-Un par de semanas no son tanto. Si no quieres hacerlo no pasa nada. Pero tienes que darte cuenta. Si de verdad quieres hacerlo, con todo lo que me dijiste, podrás irte sin mí.
- No, no. A ver…
- Sí.
Sentimos un silencio muy confuso, o al menos por mi parte, pensando muchas cosas a la vez, pensando variantes a contrarreloj como en una partida de ajedrez.
- ¿Y lo de nuestra noche?
Se rió al oírme, no era mi intención pero más tarde comprendí que había sonado algo estúpido, dada la situación. Decía tantas tonterías; ella siempre había sido más cautelosa y racional.
- Ya habrá tiempo para todo, amor.
Dejé la funda en el suelo y me lancé a abrazarla. Su oreja estaba helada, o su pendiente, no sé. Me sentí anestesiado allí. Así. Sonó la voz: tren destino Madrid, salida inmediata.
- Se va a ir tu tren. – Dijo sin despegarse de mí.
Intenté decir algo, pero sólo pude balbucear.
- No puedo, no puedo.
- Sí que puedes.
Al separarnos solté el aire y moví las manos fuertemente para ganar determinación. Empújame al abismo y di que me amas. Me senté sobre el escalón de la puerta del tren. Esperaría así, mirándola. Tramaba algo, seguro que en el último momento se metería en el vagón. Dos chicas estaban sentadas en unos asientos próximos, y parecían observar divertidas la escena. A ser sincero creo que ella disfrutaba un poco más con el pequeño público, de su enredo.
-Y dices que tú no me entiendes a mí. – le reproché con aires de despreocupación.
-Tú no te entiendes a ti. – decía, señalando con el dedo.
- Quiero que vengas.
- Quieres muchas cosas, sólo tienes que ordenarlas.
- Mírala, que literaria ella.
- Bueno – sonrió – siempre puedes quedarte.
- Ni de coña.
Era absurdo. Por qué había traído las maletas, porque aquella escenografía, por qué todo. Cuando sonaron los pitidos intermitentes, fui cuidadoso con que las puertas no me pillasen los pies, y estás se cerraron como la imagen se reducía a un punto, en las televisiones antiguas.
Y ya no había nada más que hacer. Al fin podía dejar temblar la pierna libremente, un momento antes tenía que apagarlo para disimular. Me deslicé a través del vagón para buscar unos asientos dobles en los que poder acomodarme y dejar la funda de la guitarra. Por el cristal podía apreciar el movimiento de la ciudad. Éramos muchas personas en muy poco espacio, es lógico que nos pueda sentar mal. Entonces sentí la pierna vibrar. Me estaban llamando, o me enviaban un mensaje, no sé. Lo cogí. Era un mensaje suyo. A pesar de su sencillez, no lo entendí ni a la primera ni a la segunda, pero al leerlo por tercera vez entendí lo que pasaba por su cabeza, y me dejó con la cara de gilipollas del que de repente sonríe mientras está llorando. Decía
Cogeré el próximo tren. Te quiero.
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Casi vomito después de haber escrito esto pero bueno. Lo de siempre, perdón por tener que leer tanto y una canción.
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